miércoles, 16 de agosto de 2017

Fernando Zabala

Nació en la ciudad de Río Tercero, provincia de Córdoba. Es docente y dramaturgo. Curso la licenciatura en Teatro en la Universidad Nacional de Córdoba y es egresado como actor de la escuela de Teatro de Manuel González Gil.
Tiene más de diez obras teatrales de su repertorio estrenadas en Argentina y el exterior.
Es fundador del grupo de teatro independiente Teatro Teatro de la ciudad de Córdoba.
Edito tres libros con Editorial Dunken que fueron presentados en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires: Teatro Escogido, Teatro Escogido II, Teatro Escogido III.
Entre las obras más destacadas en festivales y menciones especiales se encuentran: Como un aire de ilusión, Vocacional Sampacho, Hay que dejarlo jugar, Se despide el campeón y Silogringo.

Mail: fer_z300@outlook.com.ar
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SUBMARINO

Obra premiada en el IV Encuentro de Teatro y Humor Breve del Teatro Fray Mocho, Buenos Aires, 2009.

Obra de Teatro de Una sola Escena y un Acto único.

Personajes:
CAPITAN
LOBIS EL MARINERO
JUSTINIANO EL PESCADOR

(Interior de un mini submarino con tres ventanas redondeadas por donde se ven peces y algas flotando, también una mesita con un fax, hay un escritorio y un sillón, un cuadro de Marylin Monrroe con un traje de baño, con los colores de la bandera de Estados Unidos)
JUSTINIANO EL PESCADOR: ¡Pronto señor! observe por la ventana.
(Los tres vuelven cada uno a una ventana a observar por el vidrio)
LOBIS EL MARINERO: Están arrojando un cadáver al río señor.
JUSTINIANO EL PESCADOR: Deberíamos avisar a Prefectura.
CAPITAN: Nadie dará aviso a ninguna entidad desconocida a esta flota, nosotros tenemos una misión mucho más trascendental que buscar míseros cadáveres en los ríos.
LOBIS EL MARINERO: Pero señor, se puede tratar de criminales.
CAPITAN: Nosotros no buscamos criminales, tenemos un objetivo mucho mayor que ese.
(Los tres dejan de observar por la ventana)
JUSTINIANO EL PESCADOR: Por lo menos deberíamos alertar a la guardia costera, digo.
CAPITAN: (Furioso) ¿No se da cuenta que nos pueden delatar? Estamos en una operación de extremo cuidado y usted solo se ocupa de traernos más problemas, vaya y siga haciendo su gran pesca, pescador.
JUSTINIANO EL PESCADOR: Si señor.
(JUSTINIANO EL PESCADOR se retira con su cañita de pescar)
CAPITAN: El gobierno Argentino está preocupado, me lo manifestó el canciller.
LOBIS EL MARINERO: Entiendo señor.
CAPITAN: Le digo más, ese cuerpo debe ser un muñeco que han arrojado algunos grupos infiltrados para despistarnos, para perdernos… deberíamos seguir ese barco.
LOBIS EL MARINERO: Pero señor, es un barco de carga, debe llevar madera muy seguramente.
CAPITAN: Con más razón, a lo mejor han secuestrado ese barco y lo que han hecho es arrojar al capitán al agua, debemos seguirlo, rápido encienda los motores.
LOBIS EL MARINERO: Si señor.
(LOBIS EL MARINERO tiene un control remoto con dos palancas y una antena larguísima, enciende los motores y se siente un ruido como de un lavarropas)
CAPITAN: Muy bien… me basto leer a Julio Verne para darme cuenta que tendría una odisea mayor a la suya. Digame Lobis si usted no se siente maravillado e inspirado con aquel viaje submarino.
LOBIS EL MARINERO: Si señor… disculpe que lo interrumpa, pero… ¿para que el gobierno se pone en alerta ante una flota Norteamericana si hace meses que se encuentran en el río?
CAPITAN: Porque el gobierno peca de ingenuo, Lobis… ahora resulta que las organizaciones más pobres tratan de distraer a la sociedad Argentina para conspirar a favor de los Americanos, hasta con ese dilema tiene que convivir el estado ¿se da cuenta?
LOBIS EL MARINERO: ¿Y si no encontramos nada?
CAPITAN: Mire Lobis, las aguas del Paraná están en la mira de los Estados Unidos, si nosotros descuidamos estos dones de nuestra tierra, no podremos llamarnos patriotas ni aquí, ni en la China ni en ningún lado.
LOBIS EL MARINERO: Pero señor, ellos también nos pueden acusar de invasores, y si no mire como la hormiga Argentina abunda en el mundo, ya lo dijo la Universidad de Girona en España, dicen que se trata de una hormiga criolla, generando problemas en cultivos, en producción de frutos y hasta en los riegos de los campos. Los Norteamericanos pueden estar queriéndose tomar revancha por las hormigas Argentinas.
CAPITAN: Puede ser… pero son hormigas, y las hormigas, simplemente son hormigas.
(Baja rápidamente agitado y gritando JUSTINIANO EL PESCADOR)
JUSTINIANO EL PESCADOR: ¡Pronto! ¡pronto! invasión de mejillones, miren que grande que es este ejemplar… es un cornudo… (Muestra un mejillón gigantesco)
CAPITAN: Más cornudo será usted…
JUSTINIANO EL PESCADOR: Por el mejillón lo decía…
CAPITAN: Ah, cierto… es un molusco enorme, deprisa Lobis tráigame el visor.
(JUSTINIANO EL PESCADOR apoya el mejillón sobre el escritorio, EL CAPITAN lo observa con un visor pequeño)
CAPITAN: Tengo la sensación de que puede llevar una cámara adentro y nos puede estar espiando, rápido cubran su rostro, arrójelo al río Justiniano, deprisa que no se den cuenta que estamos aquí, y hágame un favor, deje de recoger porquerías del rio.
JUSTINIANO EL PESCADOR: (Se tapa el rostro) Si señor.
CAPITAN: Tápele los ojos para que no lo vea.
JUSTINIANO EL PESCADOR: Si señor.
(JUSTINIANO EL PESCADOR, tapa el mejillón, luego el rostro con la otra mano, no se decide, hasta que se lleva contra el pecho el molusco subiendo rápidamente por las escaleras)
CAPITAN: En el mundo cada vez hay más especies invasoras. Seguramente este fenómeno está relacionado con la globalización. Estos animales se pegan en la proa de los barcos, pero estoy seguro que esa especie no era Argentina, al menos parecía bastante desarrollado, a lo mejor sea un mejillón inteligente. Fíjese Lobis, que estos Americanos ponen atención en lo más subjetivo para tratar de pasar desapercibidos ¿se dio cuenta?
LOBIS EL MARINERO: (Va hacia el fax y saca un papel) Señor la asamblea de Gualeguaychu analiza acciones contra la IV Flota dice este mensaje.
CAPITAN: Léamelo por favor.
LOBIS EL MARINERO: Harán una marcha en contra de la IV Flota, dicen que ofrecen un partido de fútbol entre los comerciantes orilleros y la IV Flota de ex pescadores del Paraná, aunque confirman que hicieron trampa y por ello se manifestaran pacíficamente por las calles del pueblo.
CAPITAN: Está bien Lobis, déjelo nomás, le agradezco.
LOBIS EL MARINERO: De nada señor.
(JUSTINIANO EL PESCADOR baja rápidamente las escaleras agitado y gritando)
JUSTINIANO EL PESCADOR: ¡Señor! ¡señor! acabo de ver otro submarino igualito a este pero marrón…
CAPITAN: ¿Y dónde está?
JUSTINIANO EL PESCADOR: En la superficie…
CAPITAN: ¡Rápido, traiga el telescopio Lobis! sabía que se iban a camuflar con el color del agua.
(LOBIS EL MARINERO baja un telescopio desde arriba y se lo entrega al CAPITAN)
CAPITAN: Pueden ser ellos, ahí los veo… no llevan la bandera, eso es extraño, vamos ajustar más el lente… puede ser eso que no me permite ver bien… ahí lo veo mejor, aja.
JUSTINIANO Y LOBIS: ¿Qué?
CAPITAN: No puede ser.
JUSTINIANO Y LOBIS: ¿Qué?
CAPITAN: (Decepcionado se sienta en su escritorio) Suba el telescopio nomas.
LOBIS EL MARINERO: ¿Qué vio señor?
CAPITAN: Lo que vio usted no era un submarino Lobis…
LOBIS EL MARINERO: ¿Y que era?
CAPITAN: Un sorete así de grande.
JUSTINIANO EL PESCADOR: ¡Que bárbaro! ese es el efecto de la distancia, una complejidad de la perspectiva y los puntos de fuga, puedo asegurar que desde el objetivo se dibujaba perfectamente un submarino.
CAPITAN: Suba Justiniano y haga el favor de seguir buscando la cena antes que lo suba yo de una patada en el culo.
(JUSTINIANO EL PESCADOR sube las escaleras)
LOBIS EL MARINERO: No se ponga mal capitán, seguro que encontraremos a los Americanos.
CAPITAN: Se equivoca Lobis, nosotros los encontraremos a ellos en estas aguas marrones.
CAPITAN: Se equivoca Lobis, nosotros los encontraremos primeros a ellos y en menos de lo que se come un dorado.
(JUSTINIANO EL PESCADOR baja rápidamente agitado y gritando)
JUSTINIANO EL PESCADOR: Señor se observa en la superficie que hay una figura rectangular en la que estamos ingresando.
CAPITAN: Subanos a la superficie Lobis, rápido, debe ser una base de los Americanos.
(Se oyen golpes)
JUSTINIANO EL PESCADOR: Nos están atacando capitán.
CAPITAN: Es verdad, son ellos… rápido preparen la máquina de foto para ver en que sitio se encuentran.
(LOBIS EL MARINERO baja el telescopio y observa por el mismo, mientras que JUSTINIANO EL PESCADOR baja una máquina antiquísima de fotos con tres patas)
LOBIS EL MARINERO: Señor, estos son piletones.
CAPITAN: Seguro que lo son… aquí desembarcan los submarinos invasores.
LOBIS EL MARINERO: Señor son piletones de mierda, y los que nos atacan son niños, nos están arrojando piedras.
CAPITAN: No puede ser.
LOBIS EL MARINERO: Señor aquí hay un cartel que dice: Cloacas Cooperativa de Rosario.
CAPITAN: Vámonos rápido… sumerjámonos otra vez Lobis, seguro que es una base nada más que la disimulan… mejor despistarlos y ahorrarnos problemas.
LOBIS EL MARINERO: Si señor.
CAPITAN: Estoy seguro que nos han visto.
LOBIS EL MARINERO: (manejando audazmente el control remoto) No se preocupe señor ya estamos abajo, en el fondo otra vez como siempre.
CAPITAN: Ellos están agazapados con sus portaviones nuclear.
(JUSTINIANO EL PESCADOR baja corriendo las escaleras, está agitado y grita)
JUSTINIANO EL PESCADOR: ¡Señor! ¡señor! hay un líquido azul y amarillo bastante sospechoso.
CAPITAN: Ahí tiene la prueba Lobis, seguramente nos echan alguna sustancia tóxica, química, para hacernos más visibles en el blanco.
(LOBIS EL MARINERO se acerca a una de las ventanas)
LOBIS EL MARINERO: Señor, aquí hay un caño que pierde ese líquido… (abriendo un viejo mapa) y según el mapa y las coordenadas, estaríamos debajo de Botnia, le diría que a simple vista podría ser Fenol, aunque no estoy muy seguro.
CAPITAN: Muy interesante su hallazgo Lobis, hágase químico también, licenciado en toxicología… vamos, ponga en marcha este submarino y deje de hacerse el Einstein.
LOBIS EL MARINERO: Si señor. (Manipula el control remoto)
CAPITAN: Hablar del Imperialismo resulta sencillo para la IV Flota Lobis, los terroristas también podemos ser nosotros, cualquiera sea el pretexto para nadar en aguas que no son suyas y que son ajenas.
LOBIS EL MARINERO: Políticas progresistas señor.
CAPITAN: Las de Estados Unidos si Lobis, las nuestras no lo sé.
LOBIS EL MARINERO: Señor ¿a qué hora vamos a cenar?
CAPITAN: (Observa por la ventana) Mire Lobis, buzos, cantidad de ellos, seguro que son ellos, seguro que son la tropa Americana.
LOBIS EL MARINERO: Señor… tengo que contradecirlo.
CAPITAN: No diga nada, ya lo sé.
LOBIS EL MARINERO: Lo siento señor.
CAPITAN: No lo siente un carajo, usted disfruta sus aciertos (pausa breve) Ahora dígame si son buzos o no.
LOBIS EL MARINERO: No señor, es un cardumen de moncholos.
(De pronto se escucha el fax, sale un papel, el CAPITAN lo lee atentamente unos segundos)
CAPITAN: Estamos en la lona Lobis.
LOBIS EL MARINERO: ¿Qué ocurre Capitán?
CAPITAN: Se nos acabó el tiempo, el gobierno quiere que al menos justifiquemos los costos del submarino con alguna prueba, de que la IV Flota se halla en estas aguas del Paraná.
LOBIS EL MARINERO: No tenemos prueba alguna señor.
CAPITAN: Entonces hay que inventarla… (piensa, luego) ya lo sé. Justiniano venga rápido a mí escritorio.
(Baja las escaleras muy agitado JUSTINIANO EL PESCADOR)
JUSTINIANO EL PESCADOR: Diga señor.
CAPITAN: Preste atención, usted dibuja bien ¿verdad?
JUSTINIANO EL PESCADOR: Si señor.
CAPITAN: Bueno, entonces tomara una botella vieja, y le pondrá un stiquer que diga: USA. Quiero que lo imprima con la impresora de arriba y debe parecer lo más real posible ¿me entendió?
JUSTINIANO EL PESCADOR: Si señor (Sube las escaleras)
CAPITAN: Si vamos a salir por la televisión pública, mejor hacerlo en la mejor forma posible.
(Baja JUSTINIANO EL PESCADOR con la botella que se la entrega al CAPITAN)
JUSTINIANO EL PESCADOR: Listo señor.
CAPITAN: (Tomando la botella) Usa no es con ¨z¨ animal, es con ¨s¨, deje que lo voy a escribir yo nomas.
LOBIS EL MARINERO: Pero debería decir algo más señor.
CAPITAN: ¿Cómo qué?
LOBIS EL MARINERO: No lo sé, a lo mejor alguna referencia que indique que es una botella del ejército Norteamericano, digo.
CAPITAN: Usted tiene razón Lobis, rápido, pensemos en una frase, traiga el diccionario Lobis.
LOBIS EL MARINERO: Si señor… (Le alcanza el diccionario al CAPITAN)
CAPITAN: Busque usted Justiniano.
JUSTINIANO EL PESCADOR: Si señor, bueno, podría ser… digo, me parece (luego de una pausa) ¨United states Made… Made… (se lo ocurre de pronto) Made in Paraná¨.
CAPITAN: ¿Qué significa eso?
JUSTINIANO EL PESCADOR: Estados Unidos Made in Paraná.
CAPITAN: Eso no se lo cree ni una criatura, mejor deme el diccionario que lo busco yo… (quitándole el libro violentamente)
CAPITAN: A ver que encontramos… se me ocurre. (Arrogante y grotesco) ¨Official bottle the fourth American Fleet¨
LOBIS EL MARINERO: ¿Qué significa eso señor?
CAPITAN: (Rostro de sabiduría) Botella oficial de la IV Flota de los Estados Unidos.
JUSTINIANO EL PESCADOR: Esa me parece una excelente frase señor.
CAPITAN: Lo sé, Justiniano, lo sé. Lobis encienda el satélite, y traiga la video cámara, es hora que la Argentina sepa que en estas aguas, hay tres valientes hombres en un submarino animal sprint, al rescate de todo un país.
(JUSTINIANO EL PESCADOR trae una filmadora y la asienta sobre una silla, mientras que LOBIS EL MARINERO le entrega un mini satélite a JUSTINIANO EL PESCADOR, luego corre y se coloca a un lado muy sonriente del CAPITAN)
CAPITAN: Argentinas y Argentinos, hemos hallado en las aguas turbias del Paraná, esta botella oficial de la IV Flota de los Estados Unidos, la hemos encontrado a la deriva, todo esto indicaría que pertenece a los invasores Norteamericanos.
(JUSTINIANO EL PESCADOR apoya el satélite en el suelo y corre a colocarse con la tripulación de manera muy sonriente, luego saca de su bolsillo una banderita Argentina de plástico muy arrugada y la empieza agitar)
LOBIS EL MARINERO: Un saludo para mi novia.
JUSTINIANO EL PESCADOR: Un saludo para todos los que me conocen.
CAPITAN: De esta forma, la flota enviada por el gobierno Argentino, ha cumplido su misión en retornar de su búsqueda más peligrosa. Muchas gracias. Apague la cámara Lobis.
LOBIS EL MARINERO: Si señor (apaga la cámara).
JUSTINIANO EL PESCADOR: (sonriente mirando el cielo) Me siento en el Apolo XI, y somos tres como Aldrin, Armostrong, y Collins. A este submarino también le deberíamos haber puesto un nombre.
LOBIS EL MARINERO: Siento arruinar su momento sagrado Justiniano, pero la diferencia es que ellos andaban en el universo y nosotros en este rio repleto de mierda ¿Por qué no sube a contar las algas del río también?
CAPITAN: (Mira melancólico por una de las tres ventanitas) Se acabó, debemos regresar.
JUSTINIANO EL PESCADOR: Al menos vamos a poder comer el surubí señor.
CAPITAN: Cómaselo usted mejor.
LOBIS EL MARINERO: Señor… no se ponga mal.
CAPITAN: He perdido todas las esperanzas que tenía.
(JUSTINIANO EL PESCADOR baja rápidamente agitado y gritando)
JUSTINIANO EL PESCADOR: Señor, señor, hay alguien que está intentando entrar al submarino, está golpeando la puerta del exterior, voy por la cámara de fotos.
CAPITAN: Sabia que algo tramaban, nos querían despistar y usted Lobis que pensaba que no los encontraríamos, ahí tiene la prueba de mi insistencia.
LOBIS EL MARINERO: No señor, hace años navego estos ríos y los conozco como si fueran la palma de mi mano.
CAPITAN: Mejor ¡cállese! y observe que nos han llevado hacia la costa, seguro que allí nos aguardan escondidos entre esos camalotes, mire como nos rodean, deprisa, dígale a Justiniano que baje y traiga los salvavidas.
(JUSTINIANO EL PESCADOR baja con tres salvavidas de colores amarillo, verde y rosa con cabeza de animalitos, son bastante infantiles, los tres se los colocan)
LOBIS EL MARINERO: Señor, no quiero volver a contradecirlo, pero es una tortuga de cuello alargado la que golpea la puerta con su caparazón, pero eso no es todo, lo peor es que hemos encallado en un estero y los que nos rodean son una veintena de caimanes.
CAPITAN: ¿Eso significaría que estamos rodeados?
LOBIS EL MARINERO: Afirmativo señor.
CAPITAN: ¡Llévenos Lobis! ¡sáquenos de aquí! ¡llévenos al fondo por favor!
LOBIS EL MARINERO: Estamos en el fondo señor, siempre… hemos estado en el fondo.
(Las luces descienden suavemente mientras los tres hombres se miran entre si con los salvavidas de colores en sus cuellos).

TELON FINAL

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lunes, 14 de agosto de 2017

Laura Moreno

Nació en Córdoba Capital. Es docente en actividad y escritora de textos poéticos y narraciones breves. En 2006 ganó el primer premio del XXII Certamen de Poesía al Mar de Conil de la Frontera, España. En 2009 fue una de los 10 finalistas en el certamen de Cuentos 40 Aniversario del Cordobazo en la ciudad de Córdoba, con el cuento “El viaje” publicado en la antología de Cuentos cortos del Cordobazo por la imprenta de Filosofía y Humanidades.
Participó en antologías de autores cordobeses.
Su primera obra individual, Bisagras y escenas finales, es un  libro de cuentos en los que mixtura lo policial, lo terrorífico, lo costumbrista, la leyenda rural familiar.
Actualmente forma parte del colectivo poético-narrativo Aerolástico, integrado por escritores y artistas plásticos que recorren la provincia participando en lecturas, talleres y cafés literarios.


                                                                                             mail: lauram320@hotmail.com 

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Del  libro Bisagras y escenas finales
Cuentos. Lago Editora - Córdoba, Argentina, 2016.

El fiscal es el árbol

Cerca de la entrada sur del Palacio de Justicia baja Ferrucho, el reo del juicio más importante de la semana. Como puede se arrastra fuera de la Van, entre los empujones de los guardias que se ríen. Al cruzar la entrada cae semidesvanecido.
–No, el vértigo es un síndrome. Usted lo que tiene es un cagazo padre –le dijo un médico viejo en la alcaidía.
La sala séptima está repleta, todo fue organizado con la precisión de los ritos que se repiten. Cada actor ocupa su lugar. Los familiares, testigos y observadores esperan el desarrollo de los acontecimientos. Las miradas convergen hacia el banquillo del acusado. La ceremonia comienza.
Ferrucho está atrapado en una telaraña. Siente la viscosidad del aire alrededor suyo. El jurado es esa mirada múltiple que va a devorarlo. Escucha con resignación los argumentos que lo envuelven más y más.
Admira al fiscal. La presentación de cada testimonio, la mirada áspera que proviene de una vida de batallas ganadas, el traje impecable. Pero algo no está definido, lo metálico del hombre, lo inmutable, parece frágil como una muralla con huecos de ventilación, donde puede colarse una granada. Hay algo en la figura del fiscal que no encaja. Tiene una pelusa de algodón entre los omóplatos, en un lugar donde no puede ser alcanzada.
¿Qué es una pelusa? Nada, frente al poder de ese hombre, pero ahí está, esa mota blanca y notable en la oscuridad de la espalda capaz de desafiar al hombre poderoso del recinto.
El acusado frunce el ceño, confundido por la mota de algodón. No le presta atención al testigo que se siente seguro de lo que oyó y vio. Él, que conocía a la víctima, que la seguía con la mirada; él, que creía ver en su sonrisa una invitación; él, que se obsesionó, profanó, mató y huyó. Él, que impune, se atreve a burlase del acusado, presentándose como testigo. El que preparó la representación y de repetirla tantas veces, la convirtió en su verdad.
De pronto, Ferrucho sonríe. El testigo lo ve, por eso deja de hablar. Y se pregunta cómo puede sonreír en un momento como éste, ¿ no se da cuenta de su situación?  Las comisuras de los labios se le estiran hacia abajo en un gesto de desprecio, casi de furia. Los ojos se le empequeñecen, levanta el mentón y se retira hacia atrás en el asiento.
El fiscal nota el quiebre momentáneo del testigo. Otra vez, la segunda, en veinte años. Tiene un presentimiento: algo saldrá mal.
Ferrucho dejó de sonreír, parece estar en calma. El fiscal gira la cabeza buscando la causa del silencio a su alrededor y descubre que el acusado ha cambiado de actitud. Presiente que si no logra retomar el control en el juicio el resultado no va a ser el que espera.
El acusado, entretanto, piensa en la pelusa de algodón como un clavel del aire de los que abundan en los parques, viviendo gracias a los árboles que parasita. Ha visto cómo los destruye poco a poco, cómo seca sus ramas hasta ahogarlos. Tal como la mota prendida al traje, a expensas del dueño, un hombre tan poderoso. El fiscal es el árbol.
Ferrucho entrecruza los dedos y vuelve a sonreír. Un enorme deseo explota en su interior.
La espalda del fiscal es un imán. La mota de algodón sigue prendida a su saco, como una garrapata blanda, pero parece haber crecido un poco. Y desafía a quien la mire.
Ferrucho quiere convertirse en esa pelusa y salvarse de la telaraña. Odia el papel de mosca. El juzgado ya no es real, está viendo una obra de teatro. La sala donde lo juzgan es el escenario. Todos saben su parlamento menos él. El juez es la araña. El público de la sala mira la escena.
El último jurado de la izquierda habla con el hombre de al lado, el de anteojos. Un hilo de sudor desciende por su cuello y la frente le brilla. Ambos miran al fiscal, como queriendo adivinar algo. El tercer jurado junto a ellos, se sorprende ante el murmullo que percibe, los mira sobresaltado y luego clava los ojos en el acusado. El fiscal percibe las señales.
El acusado se acomoda en su asiento para ver mejor la mota de algodón en aquella espalda y tiene ganas de reírse a carcajadas. Sabe que sería perjudicial si lo hiciera, pero está a punto de estallar de cualquier forma. La pelusa lo llama y él está convencido de que hasta lo más pequeño puede superar un gran poder. “Todos tienen sus debilidades”, le parece escuchar aún las palabras de su abogado.
El testigo que lo hundía ahora parece inseguro. Su testimonio está plagado de imprecisiones. Más presiona el fiscal, más inciertas son sus declaraciones. Se le extrañó la mirada, parece ver más allá de las paredes. Entre el jurado de la segunda línea, una mujer de cabello rojo como la víctima, lo observa con insistencia y él lo ha notado.
–No más preguntas Señor Juez.
El testigo respira aliviado, se levanta y escapa de la sala.
El fiscal evalúa la situación. La duda se ha instalado entre los jurados. Hay cabeceos hacia los costados, sobre todo el último jurado de la izquierda en la fila superior que lo mira con insistencia, como si quisiera decirle algo.
Pide un cuarto intermedio. Al volver, Ferrucho declara.
Sube al estrado, esposado. Un guardia lo lleva del antebrazo. Se sienta con tranquilidad y responde a las primeras preguntas. Niega haber participado. Lo mira en forma directa.
El fiscal tiene la frente casi cortada en tres partes por dos arrugas grandes como la falla de San Andrés. Está a punto de dejar de lado su habitual sangre fría para ahorcar al sinvergüenza que niega los hechos. Le da la espalda para buscar entre los papeles las fotos de la mujer asesinada y el informe del forense.
Ferrucho comprueba que la mota de algodón sigue ahí, agazapada, como si estuviera lista para saltar. Ha crecido unos centímetros y en la redondez superior brillan dos ojitos malignos.


Potro negro
Trepaba una de las últimas cuestas con sus perseguidores cada vez más cerca. El potro negro galopaba por la sierra con el viento zumbándole en las orejas. La sangre fluía lenta por el brazo del hombre que cargaba en su recorrido hacia el suelo. El rastro rojo lo perdía. En cada recodo la cabeza bamboleaba hacia atrás y adelante, parecía perder el sentido pero con esfuerzo apenas lograba mantenerse. El ruido de los cascos se perdía en las laderas, multiplicado en el eco. Algunos pájaros miraban, entiesados en sus ramas. Otros, huían en desbande hacia los montes altos.
El potro era oscuro como una noche de invierno. Corría para proteger al hombre medio muerto que llevaba, el último de los calchines, el que había sobrevivido a las enfermedades, al hambre y a la locura de la soledad. Entró en el valle cuando ya anochecía. Cruzó los zarzales para internarse en la corriente del río, con cuidado. Una vez que el agua le llegó a los ijares, se inclinó y dejó caer el cadáver del hombre que se había ido muriendo sin un resuello. Vio cómo se alejaba con la corriente aquel que fuera su mejor amigo, y tal vez presintiendo que se acercaba su propio final, se despidió con un movimiento de los belfos en la superficie.
Regresó por el mismo camino. Cruzó los zarzales y olisqueó hacia la nube de polvo que levantaban sus perseguidores. Luego se precipitó a su encuentro.
Varios jinetes, con las lanzas dispuestas, lo rodearon. El griterío era abrumador y hubiera espantado a cualquiera, pero el potro no se arredró, les hizo frente. Un ulular incesante lo aturdió, giró sobre sí mismo repetidas veces y trató de sobreponerse al ataque, pero lo superaban en número y ferocidad. Se cerraron sobre él con saña, cuando recibió el tercer lanzazo, en el suelo, ya estaba muerto. En su caída arrastró a un hombre y aplastó a otro con su lomo.
Uno de sus atacantes, impresionado por el coraje del potro negro, plasmó la escena, poco después, en una de las cuevas que albergaba a su tribu.
Pasó el tiempo.
La noticia de la antigüedad de la cueva se había dado a conocer en todos los medios de difusión y muchos turistas llegaban al pueblo a diario.
Algo inexplicable molestaba a Pedro Kanki el día que decidió ir.
Los turistas que observaban las pinturas, le cubrían la visual. Esperó. Al quedarse solo el silencio lo inquietó, aunque no más que las imágenes del cielorraso y las paredes de la excavación. Los murales lo sorprendieron, pero hubo uno que lo dejó alelado. En la pared occidental descubrió la imagen de un magnífico potro que luchaba por su vida, rodeado por una turba con sus lanzas, encarnizados, arrinconándolo y manteniéndolo vivo para siempre.
Kanki se sumergió de pronto en una bruma oscura. Se veía a sí mismo herido, a galope tendido, no lejos de donde se encontraba en ese momento. Se abrazaba al cuello del animal y le susurraba que corriera, en un antiguo dialecto. Con el agua helada del río en la espalda pudo, al fin, despedirse del potro.
El guía, extrañado por su inmovilidad, lo tocó en el hombro por tercera vez para advertirle que era hora de irse.

La camioneta está aquí


Antes de la guerra yo era feliz. Aunque me llevaba materias todos los años, tenía amigos, novia y una madre que me reclamaba todos los días que no gastara lo que ganaba en salidas. Todo estaba bien para mí. Por el sorteo, me tocó hacer la colimba en el Ejército, Comando de La Calera.
Ayer, cuando le llevé el mate al oficial en su oficina, escuché que hablaba con alguien. Esperé con la mano en el aire sin decidirme a golpear la puerta, tal vez valiera la pena saber por qué hablaban de nosotros. El suboficial le preguntó qué novedades había del comando, el otro le contestó: –tengo la orden por escrito, mañana hay selección y embarque de cincuenta, la semana que viene irá el resto disponible.
Me quedé helado. Sabía que llegaría el día de ir a combatir, pero en el fondo tenía la esperanza de que todo fuera un error y se solucionara antes. Respiré con dificultad. El mate se enfriaba mientras oía las instrucciones.
–Los dragoneantes van todos, menos Zenáglez. A ese lo necesito acá. Mandá los maricones que nos dieron trabajo cuando entraron, y los más fuertes. Cuando los tengas listos que los recojan y los lleven. El Hércules sale a las nueve. Sin reclamos. A los padres les avisamos la semana que viene. No quiero problemas.
Apenas tengo tiempo. Espero que salgan todos y me cambio la chaquetilla por una más vieja, que guarda mi compañero de litera en el armario. Me queda enorme. José Luis tiene mi edad pero me lleva veinte centímetros, es el más alto. Ojalá resulte.
La camioneta está aquí.
Salgo por la puerta de la cuadra, llego último a la formación y tropiezo con un compañero. El suboficial está descontento, mira a todos con odio, está irreconocible. Saca una lista y empieza a nombrar a los soldados que se separan de la fila y forman junto a la camioneta, de dos en dos.
Nombra a los dragoneantes, todos menos uno, y los sonsos, contentos. No lo puedo creer. Después sigue la lectura. Mis piernas tiemblan, apenas puedo mantenerme de pie. Dice los apellidos del que está al lado mío, del que tengo adelante, del que forma atrás, entre otros. En un momento miro alrededor, estoy solo. No me nombra, todavía. Me castañetean los dientes mientras llevo la cuenta. Son cuarenta y nueve. Quedamos alrededor de veinte en la formación.
El suboficial principal lee mi apellido, García. Un compañero y yo nos miramos. El día que nos presentamos en el batallón ocurrió lo mismo. Esta vez yo no pregunté “¿qué García?”; tampoco nos reímos. Él decide apartarse de nuestra fila y unirse a los otros pibes listos para subirse a la camioneta.
Los elegidos parten con una sonrisa. Los restantes volvemos a la cuadra en silencio.


Negra noche en Costasacate

El río Costasacate no atrae mucho a los turistas. Las playas de arena son escasas porque el río corre por un cañadón antiguo con laderas que caen a pico en algunos recodos cercanos al pueblo, abunda la paja brava y el fondo del río es lodoso. Cerca del puente,  los vecinos del pueblo han instalado dos asadores y tratan de mantener los yuyos a raya, pero en aquella época de los hechos que son dignos de mención, sentían temor y no desmalezaban como hubieran debido. Los peones de la zona no se le acercaban tampoco. Por las noches era peligroso quedarse en el balneario. Cada tanto, alguien de la zona con cara de desesperado contaba un nuevo infortunio: la Lechiguana volvía a manifestarse. Entre los creyentes de los alrededores, era fácil que la bruja consiguiera cierta rendición de conciencia, pero con los de afuera no pasaba lo mismo. Y no era raro que los más jóvenes se rieran cuando alguien les advertía sobre las ánimas del nidal.
–Es así, nomás –rezongaba un paisano viejo– no hay nada peor que los mocosos atrevidos. Si quieren, que se queden, ojalá que la doña les dé un susto para que guarden y repartan –decía mientras se santiguaba. Luego apuraba el caballo y dejaba a los visitantes solos para que enfrenten su destino.
Entre chistes y risas, trago y bocado, llegaba la noche en un ambiente tranquilo hasta que un grito prolongado de mujer los enmudecía. Después, el silencio y la oscuridad. Esperaban el segundo grito, que no se hacía esperar, esta vez más cerca, desde el puente. De presentirla nomás, se despelucaban. Cuando reaccionaban era para correr desesperados chocándose unos con otros, sin vía de escape. La única forma era volver al pueblo por el camino principal, pero la Lechiguana parada en el medio del puente bramaba como un toro desalentando esa idea.
Al día siguiente, cuando el sol dispersaba las sombras, quedaban algunas cosas abandonadas que sus dueños nunca buscarían. Enterado poco después, el sacerdote de Costasacate rezaba un avemaría lamentándose por los imprudentes. Con espíritu científico tomaba nota de las nuevas desapariciones, el hallazgo de las pertenencias, últimas personas que los vieron con vida y demás circunstancias atinentes al suceso. Finalmente dibujaba una marca en el dintel del portal, por cada muerto, aunque había algunos que salvaron el pellejo por pura suerte.
¡Si lo sabrá el Ture! Hace veinte años que mantiene intacto el recuerdo de la lechiguana. Al recordarla con sus amigos en el bar siente que se exorciza.
Cuando Adolfo Turelo era más joven, recorría los pueblos de la zona en el utilitario de su patrón, un rastrojero modelo 70 con caja de madera y motor Indenor. Trabajaba como repartidor de galletitas dulces. Al terminar el recorrido volvía a Costasacate a buscar a los amigos y juntos daban una vuelta por el pueblo en el rastrojero. Pasaban a comprar la bebida, la carne y el carbón para el asado a orillas del río mientras escuchaban un casette de Jorge Cafrune. No iban lejos de las últimas casas, pero se notaba la soledad, que era todo lo que buscaban para sentirse a sus anchas. A cierta hora, levantaban el gallo y volvían al pueblo.
Pero una noche el Ture dejó de lado toda previsión. El patrón le pagó el doble por las altas ventas, y también como soborno para que se deshiciera de dos sacos llenos de mercadería vencida.
Con el bolsillo lleno, el rastrojero a disposición y dos amigos que no le fallaban nunca, enfiló hacia el puente del Costasacate.
 La noche transcurrió como siempre, hasta que uno de los amigos sugirió ahuecar los sacos de mercadería. Diciendo y haciendo, los descargaron del rastrojero y vaciaron el primero, entre bromas y risotadas, en el río. Cuando ya iban por la mitad del segundo, sintieron un viento helado en la nuca y se detuvieron en seco, dándose cuenta que ya era pasada la medianoche. No se escuchaba nada, salvo el sonido del agua.
El Ture corrió hasta el rastrojero y metió medio cuerpo adentro, buscando algo bajo el asiento. De allí sacó un 38 La oscuridad era más profunda que una hora atrás, y los rodeaba. Desde la zona del puente comenzó un grito largo. Las piernas arrancaron vuelo sin darle aviso al cerebro, eran tres liebres en estampida hacia la única salida posible. Tal vez la juventud le haya servido al Ture para distanciarse de la muerte, que se apareció sobre el puente con su enorme figura.
Ya en dirección al pueblo y más enojado consigo mismo por espantarse que por otra cosa, le apuntó al bulto negro y disparó dos veces. Ojalá no lo hubiera hecho. Esa furia gigantesca se puso en movimiento y descontó la distancia que había entre ellos. Corrieron desesperados hacia las casas más cercanas.
Al escuchar los tiros, la gente de la calle ancha se asomó para verque pasaba. Al enterarse que los corría la lechiguana cerraron los postigos dejándolos solos. Nadie la vio pero la oyeron. Hasta el padre Ponce, que estaba a punto de irse a dormir. Vio las caras de susto de los tres que corría hacia él, al grito de “¡ahí viene la Lechiguana!”.
Eso bastó para que el cura saliera chancleteando en pantuflas por las calles de tierra rumbo al río. Cuando la gente vio que se iba sólo a enfrentar aquella pesadilla, dejaron de lado el miedo y salieron. Llegaron cerca del puente, muy juntos y rodearon al cura. Lo que pudieron ver los de adelante fue un pájaro negro sobre el puente. Era horrible, sus ojos lagrimeaban. Lanzó un grito lastimero en dirección al grupo y abrió las alas. Fue entonces que el padre Ponce dijo aquellas palabras que lo hicieron famoso: “vaya a descansar entre los muertos, que no tiene lugar entre los vivos”. El bicho levantó vuelo y ya no se supo más de él.
Tiempo después los amigos del Ture se fueron a vivir a otros pagos tratando de olvidar lo vivido pero sin lograrlo del todo.
El único que ganó con todo esto fue el dueño del bar, don Tomba. Desde que el Ture adoptó la mesa cerca de la ventana como su segundo hogar, aumentó la concurrencia. ¡Cómo agradecerle a doña Lechiguana sin alborotarle el nido!
Eso sí, algunos en el pueblo enciende una vela cada noche a San Miguel mientras desean que el diablo retenga a la bruja en su salamanca hasta el fin de los tiempos.
El padre Ponce se siente satisfecho cuando ve pasar visitantes para disfrutar la noche junto al río. Las marcas en el dintel de la puerta principal del templo siguen siendo las mismas, aunque desgastadas con el tiempo.


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viernes, 11 de agosto de 2017

Martín Pinus

Escritor. Publicista. Docente Universitario.
Ha publicado los libros Adioses, Colillas y Estocadas (Alción Editora - Córdoba, Argentina, 2016); El fin de los ojos (Llanto de mudo ediciones - Córdoba, Argentina, 2015); Una noche sin luz en lo de Malena y otros cuentos peores (Badajoz, España, 2002).
Recibió las importantes distinciones: IV Edición Premios de Cuentos Ilustrados Organizado por la Diputación de Badajoz, España. Primer Premio. Edición del libro (Abril 2001); Concurso Literario de poesía y cuento para autores inéditos 1999. Organizado por la Dirección de Cultura de la Municipalidad de Córdoba, Argentina. (Premio Antología)(Noviembre 1999); Certamen de poesía Hugo Mandón Organizado por la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) Sede Santa Fe. Mención Especial (Noviembre 1999); Certamen Entresiglos Selección de poesías publicadas en la “Antología de Autores Latinoamericanos de Fin de Siglo”, por Pilar Ediçoes (Brasil) y Bianchi Editores (Uruguay) Octubre 1999; Premio “el interior y sus escritores” Selección de poesías publicadas en la Antología “El interior y sus escritores”, en 1999, por la Editorial Nubla, Bs. As., Argentina (Junio 1999) y  premio “Nicolás Guillen” IV Certamen Literario contra la Xenofobia, el Antisemitismo y la Intolerancia. Ayuntamiento Alcalá de Henares, Madrid, España (Diciembre 1998).
Participó de las siguientes antologías: Antología de poesía y cuento, Dirección de Cultura de la Municipalidad de Córdoba, Argentina, 1999;  Antología de autores latinoamericanos de fin de siglo, Pilar Ediçoes (Brasil) y Bianchi Editores (Uruguay), 1999 y  El interior y sus escritores, Editorial Nubla, Bs. As., Argentina.1999.

e-mail: mpinus@hotmail.com
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Del  libro Adioses, colillas y estocadas
Cuentos. Alción Editora - Córdoba, Argentina, 2016.

El cielo como lienzo final
Llegaste hasta la página 73 de El libro de las ilusiones, de Paul Auster. Después la operación, la terapia, los pulmones de mierda y el cajón, que si no me decía el negro Fabián, no me avivaba que una de las manijas me tocaba cargarla a mí.
Tiene un buen final, el libro, te hubiera gustado. Cine mudo. Chaplin. La quimera. Capaz que algún día cuando nadie me vea, te leo en voz alta lo que te faltó, por las dudas. A lo mejor, quién sabe.
Mirá que me gusta escribir a veces, pero la lapicera hoy parece una lombriz y tengo que parar a  cada rato para estrujarme los ojos como si fueran dos trapos.
En el velorio se ocuparon de que no hubiera cruces, cirios ni coronas, quedate tranquilo. Yo estuve un rato y me fui a casa con la excusa de que los chicos habían estado todo el día solos. Qué ganas de salir corriendo atravesando paredes que tenía.
Mucha gente, fue. Y unos personajes que sólo amigos tuyos podían ser. Pantalones manchados, desabotonados, camisas desprendidas, pelos revueltos y miradas perdidas; estuvieron un rato largo frente al cajón modelo París, con gesto serio. Escultores, me dijeron que eran, que habían venido directamente de la clínica o el hospicio donde estaban; si parecía que los hubiera traído Almodóvar en un auto naranja o celeste.
Deberíamos haber puesto Un americano en París, de Gershwin, pero nos acordamos tarde. Mariano llevó el cuadro de la mujer azul y lo puso en el atril, dominando la sala.
Tu hija, la más chica, dice que el sol no brilla igual desde el cinco de mayo, y no es metáfora escolar, si vieras sus ojos grandes con la mirada tibia cuando lo dice, dan ganas de apantallar el sol para que recupere las chispas. Yo a veces la trato mal, pero es para que no se embarre, si vos harías lo mismo.
Luciano está bien, Mariano no sé y a Paula le cuesta un poco más que un poco. La Teté es de roble. Antes de que las llamas morfaran el cajón, te aplaudimos, viejo, de pie, y yo apenas podía lograr que una mano tocara la otra y se me saltaban las lágrimas con una bronca bárbara, como cuando quise escribir el primer borrador de esta despedida.
Llevamos las cenizas a los gigantes y con sólo trepar cien metros de montaña me alcanzó para comprender por qué siempre te sentiste parte de esa maravilla, si dan ganas de ser piedra para vivir esa paz, para alcanzar ese grado de conciencia, ese silencio blanco.
Estiramos el ritual hasta que el agotamiento de las conversaciones y de la comida nos indicó que era hora de pegar la vuelta para buscar el mejor lugar para cerrar el círculo.
Lo encontramos después de unas cuantas curvas, bastante antes del cerro blanco. Se veía todo el valle agreste al frente, las montañas al fondo, el azul arriba. Empezaba a hacer frío. Habíamos quedado divididos en tres grupos cuando Mariano vació la caja, las cenizas se confundieron con las piedras y de la nada apareció ese cóndor gigante, planeando lentamente sobre nuestras cabezas. Adelante estaban Mariano, el Ale Rojas, Bernarda y Paula. Un poco más atrás estaban Ulises y Pericles en mis brazos y la negra Monti a un costado, y más alejados estaban Teté, Delia, Vicky, Martina, Lucía, Luis y Fabián; y empezaste a girar en círculos con esas tremendas alas de puntas salpicadas en blanco, despidiéndote majestuoso, confirmando con tu último dibujo allá arriba, acá adentro, lo que sospeché toda la vida: la poesía existe.


Oscar

Cuando me avisaron me dieron ganas de verte. Me gusta ver los muertos, no lo tomes a mal, si me hubieras conocido bien, sabrías que me gustan los velorios, siempre me gustaron y no por morboso, llamale interés antropológico si querés, estudio del hombre y sus circunstancias.
Pero no pude, esta vez tampoco pude.
Yo que odio llegar tarde a cualquier lado, que a la cremación de mi papá no llegué ni para apretar el botón de la cinta transportadora que lleva el cajón hacia el horno, para tu velorio ni tarde pude llegar, no me diste ni siquiera la oportunidad de verte.
Eso no se le hace a un hijo, por más que sea un hijo ganado de rebote, como las sorpresitas que vienen de regalo en los huevos kinder. Un hijo kinder podríamos decir, inaugurando una nueva categoría. Digo, yo no les haría eso a mis hijos.
¿Qué clase de vergüenza puede conservar uno después de muerto?
¿Se puede tener vergüenza de morir?
¿Es la vergüenza coqueta de ocultar un cuerpo arruinado, o la vergüenza de todo lo que evoca ese cuerpo en los que lo ven por última vez?
¿Por qué no un velorio? ¿Por vergüenza final? Yo, que tengo muchos velorios encima, te puedo decir que la imagen final no cuenta, todos los familiares e invitados llegan frente al cajón con una idea acabada de lo que hay dentro.
Hace más de diez años que no te veía, ¿qué te costaba, a vos que tantos gustos me diste cuando era chico, darme con un gustito final?
Porque mientras duró la cosa, algunos gustos me diste, a eso no lo podemos negar. De lo que no estoy seguro ahora es si no eran también gustos de rebote.
Teníamos esa casa gigantesca en comparación a la casa de donde nosotros veníamos. Tres pisos contra uno, cuando uno es un chico es un gusto: más lugares para esconderse, habitación propia, todo tipo de recovecos. Me llevabas a la cancha, donde te emocionabas con la imagen del Che en rojo y blanco sobre las banderas atadas a los alambrados, me llevabas mandarinas, comprabas coca, y no me exigías que mirara el partido todo el tiempo. Y también estuvieron algunas buenas vacaciones en tu casa del dique, donde con los chicos llenábamos tachos completos con piñas, pescábamos
pejerreyes, explorábamos, y encontrábamos en la costa del lago cosas tan maravillosas como tanza y anzuelos viejos y herrumbrados. Todavía tengo por ahí una foto donde estamos los cuatro jugando al fútbol con la tranquera como arco. Y tengo también ese olor, el olor de la heladera a nafta, querosén o lo que fuera, qué voy a saber qué era a esa edad, y las pileteadas en el tanque australiano, cuando no se soportaba el calor. ¿Cuántos veranos fuimos? ¿Dos, tres, cuatro? Algunas cosas buenas me dejaste. De esas cosas que les gustan a los chicos, vos sabés. Como cuando me tomabas por debajo de los brazos y me usabas de elemento contundente para pegarles a mis hermanos, eran divertidas esas cosas.
Pero también estaba lo otro, claro, no nos podemos olvidar de eso.
Desde obligarnos a dormir la siesta, a no hacer ruido, a acostarnos temprano, hasta las peleas con mamá. Porque de que te gustaba el whisky, los burros, las minas y las apuestas me enteré mucho después. Pero las peleas, los insultos y los golpes a mi mamá los viví.
La memoria, que siempre cuidó mi salud mental, se encargó de esconder muy bien la mayor cantidad de sucesos posible, pero con algunos no pudo. Es que con algunos no se puede.
Ingrata y cretina son dos insultos que me quedaron de aquella época. Cada vez que las escucho ahora, me suenan a palabras setentistas, de la infancia, e inevitablemente las asocio a vos, a mi mamá y a gritos. Mamá ingrata, mamá cretina. Qué culpa tienen las pobres palabras después de todo, de que vos las hayas elegido.
De la vez que mi hermano tuvo que intervenir para que no la mataras a trompadas también me acuerdo más o menos bien. Y de la vez que la empujaste por la escalera también, porque la recibí yo abajo, cuando me topé por primera vez con mis siete, nueve, diez años, con el cuerpo de una persona desmayada. Fue muy extraño, no sabía si estaba dormida, viva o muerta, la situación, el tiempo, los movimientos, todo tenía el color de un ensueño, de un trance.
Después me enteré que tu primera mujer se había suicidado tomando veneno para ratas, porque de esas cosas no se entera uno cuando es chico.
Hace poco también, y de casualidad, me encontré con algunas de mis libretas de la escuela primaria. Libretas y cuadernos de comunicados de tapas celestes. Y vi que todas las notas aparecían firmadas por mi mamá o por mi hermano mayor. Y pensé, por pensar nomás, que si ni siquiera para hacerse cargo de eso sirve un padrastro, entonces para qué.
Pongamos las cosas en claro: lo que le hayas hecho a ella es culpa tuya y de ella, ustedes se eligieron; ahora lo que no comprendo es cómo puede uno borrarse completamente de la vida de un niño.
A ver, a mi papá original lo seguí viendo, desde mis tres años, por lo menos los fines de semana, hasta que murió.
A vos, padre adquirido, te viví, te escuché y te saludé todos los días desde los tres como hasta los nueves, diez, once años, no sé, y después, cuando se pudrió todo, la nada absoluta, ni una carta, ni una llamada de compromiso para un cumpleaños, nada de nada. Ya pedirte que me hubieras saludado para el nacimiento de mis hijos, o que hubieras intentado conocerlos, hasta a mí me parece demasiado.
Los que tenemos hermanos de distintos padres, sabemos que la convivencia es fundamental para la creación de una relación de afecto real. Si eso les pasa a los hermanos, a los hijos, suponía yo que lo mismo les pasaría a los padres, pero tu caso termina con mi teoría, porque si es por convivir, conviví más tiempo con vos que con mi papá original, y, alejado de los dos, cada uno a su tiempo, recibí mucho menos de tu parte que de la de él.
Y si te digo que me dieron ganas de verte, aunque fuera ahora, cuando me enteré, es porque sea como sea en esos años te convertiste en algo para mí. Pero no, ni así, ni en el velorio quisiste que te viera yo ni nadie. Voy a terminar pensando que en realidad nunca me quisiste, je.
Porque en el fondo me moviliza, como niño grande crecido a su pesar, como un aspirante a aquel niño del tambor, el derecho irrefutable que tienen los niños a ser queridos. Pero tampoco puedo ignorar que si bien parte del aprecio se construye, no se puede obligar a nadie a querer a nadie y a pesar de mi egocentrismo actual, también cabe la posibilidad de que yo no haya sido un niño querible, simpático, talentoso o lleno de virtudes, o –porque también existe la afinidad– de que nuestras personalidad no hayan sido compatibles, y hasta la posibilidad de que directamente no te llevaras bien con los niños, ni propios ni ajenos.
Pero  en realidad no importa, de verdad no importa tanto eso a esta altura. Hoy me importa la despedida.
A veces sólo con la comparación se gana claridad.
Cuando murió mi suegro, con quien me unía una relación de admiración y respeto fraternal, en la ceremonia de arrojar sus cenizas a la ladera de una montaña se nos apareció un águila que nos sobrevoló como la mejor alegoría poética que nadie hubiera podido pintar sobre una despedida.
Mi papá original, después de morir, vino a despedirse de mí en un sueño de manera franca y real: se apareció en un espacio blanco indefinible, los dos estábamos ahí, caminó hacia mí envuelto en un profundo silencio, me abrazó como nunca lo había hecho en vida y siguió viaje.
Vos, ni eso pudiste. O ni eso quisiste. Ni siquiera un mísero velorio, Oscar. Ni siquiera te fuiste en serio.


Un cenicero de bronce

A veces me ataca una imagen. Un cenicero de bronce repleto de colillas de cigarrillos Parliament retorcidas, con marcas de lápiz labial fucsia. Eso es casi una figura materna para mí. Noches enteras jugando a la canasta los dos.
Yo era casi un adolescente. Debo haber tenido trece o catorce años, a lo sumo quince. Y el cenicero se vaciaba y se volvía a llenar de puchos. Sonó el teléfono. Atendió mi madre. Era para mí. Miré extrañado. Ella también. Casi nunca recibía llamadas en la semana y menos un fin de semana. Siempre quise que me llamaran o que me visitaran, pero debo admitir que no era muy popular. Era una noche de sábado. Atendí. Un amigo de la secundaria. Me preguntó qué estaba haciendo y qué pensaba hacer. No eran cosas que yo me preguntara habitualmente. Nada, contesté. Me invitaba a salir. Con dos amigas. El chico no era exactamente un amigo. Era un gordito con unos anteojos tremendos, con un nombre muy extraño que no puedo descifrar. A veces mis recuerdos son como esas colillas, retorcidos en distintos rincones de mi cerebro. Me decía que fuera a su casa y que de ahí saldríamos para algún lado, que le prestaban el auto y todo. Éramos compañeros, pero no compartíamos banco ni muchas horas juntos. Conocía su casa, era enorme, con un gran parque y pileta y quedaba en el otro costado de la ciudad. Dudé. Por un momento no supe qué contestar. Yo nunca había salido con él. En realidad nunca salía con amigos. Ni con chicas, todavía. Lo hice esperar en el teléfono mientras me daba vuelta para preguntarle a mi madre. No sé si tuve la precaución de tapar el tubo con la mano para que no se escuchara mi voz mientras preguntaba. Mi madre me miró sorprendida. Me preguntó quién era el chico, no se acordaba de él. Le expliqué. Me preguntó hacia dónde iríamos. Le dije que no sabía, que por ahí. Insistió en conocer el destino. El gordito esperaba del otro lado del teléfono y todo se extendía demasiado. Me volví hacia el teléfono y le pedí precisiones. Un bar cerca de su casa, me dijo. Vamos a ir a una lomitería, le dije a mi madre. Bueno, me dijo, está bien. Estaba tan sorprendida de la situación como yo. Aunque no estoy seguro de que haya sido exactamente eso lo que transmitía su expresión. Nadie aprieta así las mandíbulas por una sorpresa. Le confirmé mi “sí” al gordito. Te esperamos, me dijo. Fui a mi habitación a vestirme más apropiadamente para la ocasión. Probé distintas camisas, pantalones y zapatos. Terminé poniéndome una camisa de mi hermano mayor. No sé por qué uno cree que poniéndose las cosas de los hermanos mayores se vuelve como cree que son ellos, más grandes y seguros. Como los que comían el corazón de sus víctimas para adquirir sus fuerzas. Mientras estaba frente al espejo, volvió a sonar el teléfono. Subí corriendo a atender. Mi madre jugaba un solitario, mirando algo en la televisión. Era nuevamente el gordito. Creo que el nombre empezaba con O. No vamos a poder salir, me dijo, se suspende. No supe qué contestar. Me dio alguna fundamentación vaga, que las chicas no podían o que él se tenía que quedar a cuidar a su hermanita. No importa, dije, no hay problema. Nos despedimos. Un instante antes de colgar, me pareció escuchar risas detrás de su voz.


Coco

Tiene cerca de sesenta años. Le dicen Coco. Nadie sabe cuál es su nombre de verdad. No está ni estuvo casado. No tiene hijos. No tiene pareja. Vive con su madre octogenaria en una casa olvidada de un barrio periférico. Pasa todo el día, todos los días, encerrado en su habitación. Encerrado significa encerrado, con la puerta bajo llave y la ventana que da al patio con los postigos cerrados. Su compañía entre esas cuatro paredes son algunas telarañas grandes y pesadas en las esquinas del techo y las extrañas formas que van tomando las manchas de humedad. No tiene televisor, radio, libros ni revistas. Cada mediodía la madre golpea la puerta de la habitación y le acerca la comida. Coco la acepta y vuelve a cerrar la puerta. Por nada del mundo come arvejas. Durante un tiempo trabajó en la fábrica Fiat, hasta que lo despidieron. Con eso le compraba juguetes a sus sobrinos, autitos, pistas de carrera. Es tartamudo. La piel, tan lejos del sol como Coco del amor, es blanco lechosa. Versión posmoderna masculina de una blancanieves suburbana. Su estatura es normal, promedio, pero parece más alto a causa de su flacura. Es del tipo de los delgados con vientre prominente. Uno de sus ojos es notablemente más pequeño que el otro.
La estrechez o la eternidad de sus días (imposible conocer su interpretación de las horas) se quiebra cada domingo. Coco tiene una actividad, casi un ritual.
Cada domingo, después de desayunar, va al club del barrio. Atraviesa con pereza las cinco cuadras. Sus pasos son largos, pero los movimientos son lentos. Es como si caminara bajo el agua; cuando gira la cabeza, cuando levanta un brazo, cuando apoya un pie, el tiempo se retuerce inquieto. Lleva ropa de los años setenta, camisa de cuello ancho, pantalones angostos, ajustados, un rosario de plástico al cuello. El club es un galpón inmenso, un tinglado, con piso de tierra y mesas y sillas de plástico desperdigadas sin orden. En las paredes hay afiches amarillentos de los cuadros de fútbol locales, de distintas épocas. Al mediodía venden empanadas. Coco llega y sus compañeros de domingo están ocupando una de las mesas, jugando al truco. Podrían estar afuera, en el patio ensombrecido por enormes paraísos, jugando a las bochas; son las dos únicas actividades que dan vida al club el fin de semana. Algunos niños corretean pateando una pelota de plástico a rayas celestes y amarillas, levantando polvo. Por los parlantes destartalados suena a los gritos la voz de un locutor de radio que no se enteró de que lo que tiene enfrente es un micrófono. Coco acerca una silla más a la mesa, saluda y pide un vaso de vino tinto. Apuesto a que a todos nos gustaría ocupar cinco o diez minutos una de esas sillas para saber de qué habla cuando habla, tartamudeando su letargo.


Frustraciones

Roberto Carlos Ultrero, muerto ya hace diez años de un fulminante cáncer de próstata, soñó que un hombre lo tiraba al piso y, con una cuarenta y cinco presionándole la sien, le pedía toda la plata que tuviera encima.
–          Matame –le dijo Roberto–; de todos modos ya estoy muerto y no se puede morir dos veces, así que no creo que pase nada.
El hombre se rió nervioso y presionó aún más el arma sobre la sien de Roberto.
–          Dale nene, dispará o sacame el fierro este de la cabeza, que me hace doler, dijo Roberto.
–          ¿Y cómo te duele si ya estás muerto?, le preguntó el hombre.
–          Me duele porque esto es un sueño, y un sueño puede ser tan real como cualquier recuerdo.
El tipo se limpió la traspiración de la frente con la manga de la camisa y como no entendió muy bien lo que dijo Roberto, amartilló el arma.
–          Dame la plata que tengas encima –repitió.
Roberto, por toda respuesta, resopló como los caballos y en un descuido del hombre, tomó la mano que tenía el arma y comenzaron a forcejear por su posesión. Rodaron por el piso varias veces, se mordieron brazos y orejas y sonó un disparo.
La bala se hundió en el pecho del hombre, que murió en el acto.
Tres noches después, el hombre soñó que nacía, y se despertó sobresaltado.
Lloró desesperadamente, hasta que una enfermera lo vistió y lo calmó. Instantes más tarde, lo colocaron sobre el regazo de su madre, quien por primera vez le dio el pecho. Por lo menos era la primera vez desde que tenía memoria que recordaba que alguien le diera el pecho. Después de atragantarse con leche calentita y llena de todas las proteínas necesarias, se durmió profundamente. Soñó nada, porque con sólo unos minutos de vida, carecía de la materia inconsciente necesaria y de recuerdos de situaciones vistas o pensadas o vividas para soñar. Quizás sólo pudo soñar con el momento del parto o con las manos de la enfermera o con la teta de su madre, pero ni eso soñó, quizá por inexperiencia. Entonces su madre, enternecida, le prestó un sueño. Y el hombre, recién vivido, soñó que la casa de la madre de su madre se llenaba de agua hasta la altura de las mesas, y un perro entraba nadando estilo crol, con distinguidas brazadas. Y una mujer desconocida le alcanzaba una toalla, que al tocar el agua la absorbió toda, transformándose en una gran burbuja de agua que se fue rodando hacia arriba, hacia el cielo, hasta transformarse en luna. Hasta el día de hoy, el miedo más secreto del hombre es que a alguna persona un día se le ocurra estrujar la luna y la humanidad entera muera en la más feroz inundación. Por eso trabaja secretamente con un grupo de gente que se junta los miércoles a poner mano en la confección de una toalla de enormes proporciones. Ya llevan fabricada una superficie como para cubrir a medio Brasil. Para esto tuvieron que desarrollar un ingenioso sistema de ocultamiento toallar. Una de las personas del grupo, con conocimientos de ingeniería, compró palas para la mitad de los integrantes; mientras una mitad cose toallas, la otra mitad cava una superficie tubular, por donde luego van empujando, enrollada, la gran toalla. La tierra que han ido sacando del túnel, ha sido soltada de a poco, a lo distraído, en distintos lugares de la ciudad, que hoy se ha convertido en una formación montañosa en la que la gente común prefiere no vivir por el escaso lugar que ha quedado en las calles para manejarse en sus automóviles particulares. Uno de los últimos en irse de la ciudad fue el diario La Bella Margutta, que en su última edición, en la página destinada a policiales, cronicaba la sorprendente muerte de un hombre a causa de un acceso de tos mientras dormía. Alicio Contreras había estado soñando que comía pescado y se atragantaba con una espina, de la que desgraciadamente no se pudo desprender por más que tosiera y tosiera. A los diez días de muerto, Alicio cruzó su sueño con el sueño de un japonés que en ese instante estaba soñando también con una pelota de vidrio; esto los unió para siempre en ese terreno. Días más tarde, Alicio y el japonés cruzaron sus sueños con el sueño del hombre que en ese momento soñaba con jabones de lavanda. Esto los unió, y mientras soñaban que los jabones aprendían a hablar inglés sin inconvenientes, fueron interceptados por Roberto, que venía de declarar a la policía que un hombre lo había querido matar otra vez para sacarle toda la plata que tenía encima. Cuando Roberto vio al hombre lo sintió conocido, como de alguna vida o muerte anterior, pero por timidez no se lo dijo. La policía había tomado por loco a Roberto, queriéndolo dejar detenido porque ninguna de las partes que presentaba su relato contenía una lógica formal y eso atentaba contra cualquier mente organizada u organización mentada. Roberto maniató a los policías con dos ristras de ajo y se fue riendo hasta la esquina de Rocha y Dardo, donde estaban el hombre y el japonés. Fue entonces cuando el japonés se decidió por fin a contarles a sus amigos sus planes de ser el conquistador del universo del pasado. La fórmula era muy simple: sólo tenía que conseguir soñar que alguna vez había conquistado el universo, y despertarse. Al despertarse y poder contar que había soñado eso, ese sueño alcanzaría carácter de un recuerdo, como cuando uno puede contar a alguien cualquier cosa que recuerde de su pasado. Al quedar empatado sueño con recuerdo, y al ser los dos partes del pasado y no estar registrados más que en el inconsciente del japonés, nadie podría decir que eso no era real.
Dispuesto a cumplir sus maléficos fines, el japonés se acostó en una cama marinera y se durmió en el acto.
Pero por error soñó que estaba despierto, en el patio de la escuela primaria a la que había asistido desde los seis hasta los doce años; la escuela estaba completamente vacía y él estaba en el centro del patio, intentando armar un rompecabezas con la figura de una casa típica en un paisaje de los Alpes Suizos.
Ya había armado el marco, que era todo cielo arriba y todo verde abajo, con segmentos de árboles a los costados. La parte del cielo ocupaba una superficie importante y no tenía nubes, por lo que le demandó demasiado tiempo, ya que la única diferencia entre las decenas de pedacitos celestes que había era el contorno de las fichas. Una vez completo el cielo, se dedicó a la casa, protagonista del rompecabezas, plagada de detalles, todos parecidos y distintos. Terminó de armar la casa y maravillado por la exquisitez de la decoración, aprovechando que la puerta estaba abierta, entró en ella para fisgonear su interior; con tan mala suerte que mientras él estaba ya por la cocina, contemplando ollas de bronce y cucharas de madera, un niño, que había estado observándolo escondido todo el tiempo detrás de una columna del patio de la escuela, fue hacia el rompecabezas y con esa malicia angelical que tienen algunos niños, lo desarmó, se metió todas las piezas en un bolsillo y emprendió el camino de vuelta a su casa, arrojando las piezas una por una a la calle, en distintas direcciones, mientras una sonrisa de hielo le torcía los labios.


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