lunes, 5 de junio de 2017

María Cristina Chiama

Es profesora de Lengua y Literatura y coordinadora de grupos de taller literario.  Ha publicado: Darwin en Plumas al Viento. Brevedades escritas desde la Patagonia 2013; Poemas para afirmar las alas, Dirección de Cultura del Chubut, 1988; Segundo Concurso Regional de Cuento y Poesía, U.N.R.C., Río Cuarto, 2002; Leer da trabajo, Los docentes comparten lecturas. Dirección de Políticas y Proyectos Educativos de la provincia de Córdoba. Año 2006; Antología de poesía. Fundación Victoria Ocampo. Año 2012. CABA; Cuentos Regionales. Chubut, Neuquén, Río Negro, Santa Cruz y Tierra del Fuego. Ediciones Colihue, CABA, 1994; ¿Cómo leemos literatura en el aula?, Editorial Biblos. CABA, 1910; en la Web: Editorial Piso 12, Revista Digital, Certamen de Microrrelatos, “Cuaderno Laprida” de 2016. La aguja del Buffon ediciones. Nouvelles: Celebración de la sangre. Imprecom Editora, 2013, Río Cuarto y Guardia de cenizas, Ediciones Ruinas Circulares 2015. Publicación de microrrelatos en http://www.anthropologies.es, julio 2014. Ha participado como  panelista en el Coloquio Escrituras de mujer, 25 y 26 de septiembre, U.N.R.C y  Encuentro de lectura de microrrelatos en Córdoba breve en 2017.

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De Celebración de la sangre

 Imprecom Editora, 2013, Río Cuarto.

“…Rosario, octubre del  2011,
Durmió en un hostel para sentirse rodeada de gente que está de paso,  recorriendo el país o Latinoamérica tal vez. Sorprendió en el desayuno conversaciones en un portuñol entre dos muchachos que trataban de entenderse para  comentar una película: “El hombre de al lado”. Mientras  exprimía una naranja del litoral, grande y jugosa, en otra mesa de la cocina, recordó los dichos sobre la rivalidad de rosarinos y porteños. En su  caso había sido al revés; el jovencito que la recibió solicitándole los datos, lo hizo de  muy buen talante, es más realizó sugerencias muy prácticas sobre el uso del baño compartido; era porteño, estaba de paso, trabajaba en diferentes lugares para así conocerlos desde adentro y no se sentía maltratado en Rosario. Para nada.
Cuando terminó de exprimir la naranja y mientras bebía su  jugo delicioso, le sucedió algo extraño: recordaba el día de ayer como si hubiera sucedido mucho tiempo atrás y, el día de ayer era el anterior a éste solamente. Se trataba de un martes igual a tantos, sólo que esta vez en vez de ir a su clase de yoga había armado una valija después de encargar el regado de las plantas a su vecina, por las dudas, por si el clima se endurecía en esta época de lluvias. Después salió sin demasiadas exigencias ¿Tanto tiempo había pasado por las emociones de sus huesos en sólo veinticuatro horas? Ah, claro, la subjetividad del tiempo. Había cerrado la casa y mientras la miraba como se lo hace con  un amigo cuando se le da una palmada en la espalda, y no dejó de voltear más de una vez la cabeza para acariciarla a través de la luneta del taxi. Cómo nos cuesta  despedirnos de las cosas que en su inmovilidad terminan por habitarnos.
Al ver que un tercero se unía al comentario sobre la película se inmiscuyó en la conversación. Ellos eran tres: un estudiante que provenía como ella de una ciudad chica de la pampa húmeda, un brasileño de la Universidad de Campinhas, asistente al Congreso de Literatura de la Universidad de Rosario y un colombiano, muy moreno y por ello tan atractivo, tanto que lamentó no ser ya joven. Les dijo que la película era una metáfora de los años 90, que no fueron en este caso, industria argentina, sino  producto de una  feroz globalización del mercado a nivel mundial. ¿Había sido pedante, hubiera sido lo mismo decirles que era una metáfora asombrosa sobre el egoísmo pequeño burgués de cualquier tiempo y cualquier lugar? Al final Aráoz hace de vecino pesado pero el otro y su mujer, son dos forros importantes, parecen personajes dignos de Balzac. Se ahorró nuevas opiniones, creyó percibir que no les gustó mucho la intromisión. ¿Les habría parecido vieja?
Cuando se viaja, la gente siente una especie de extrañamiento: como en el carnaval con permiso para lo que venga; desaparece además la comodidad de lo sabido y consolidado por la rutina. Se perciben las cosas en perspectiva y hasta  se  recuerda sin dolor en muchos casos. En definitiva se vive a fondo cada naranja exprimida o yogur  batido en el desayuno de un hostel en el centro de Rosario.
Le dio pena dejar su mesa al lado de la ventana enmarcada por la Santa Rita del patio, pero sabía que las ciudades no deben mirarse por la ventana de un  hostel y tampoco desde los patios.
En Chile, en Castro en un febrero  muy lluvioso, se había tomado la costumbre de hacer una foto desde la ventana de cada ambiente del hotel, quería atrapar todos los tonos de un faldeo cultivado en forma completa. Esa vez estaba acompañada y se comentó: “Si en Argentina se hiciera lo mismo…” ¿Por qué los argentinos se comparan todo el tiempo durante los viajes y siempre quedan en desventaja, es una costumbre absurda de una rigidez inquisitoria, una ideología manipuladora de la pena ajena. A veces satura el exceso de autocrítica: ¿tendremos alma de monjes capuchinos en eterna penitencia?
Caminó hacia el río; después de recorrer algunas cuadras bajo el sol tímido aún de octubre, su piel se sumía en el día con entera complacencia cuando vio el río Paraná a lo lejos.
Sus pies se aligeraron, recordó las islas del Tigre, ¿por qué en un momento en que hacía un viaje por Rosario recuerda el Tigre? ¿Qué había vivido que hubiera sido tan interesante en el Tigre? Algunas vueltas por la costa iluminada a discreción durante una noche de septiembre hacía muchos  años atrás, con alguien que la deseaba; sí era eso, se había sentido deseada en el Tigre, muy deseada, más que de costumbre, una de las primeras oportunidades en que alguien le sugiriera relaciones sexuales. Se había escandalizado y  enojado muchísimo, en fin, tenía diecisiete años, en vez de haber hecho el amor, arruinó el amor con ese carácter inconfesable de jovencita soberbia que consideraba el sexo como una cosa de otras. Arrepentida de no haber deseado mucho más, piensa en si hubiera sabido en ese tiempo lo que ahora. Pero, no en esa franja de tiempo aún no estaba preparada, como se decía a sí misma. Y pensar que las mujeres eran casadas tan jóvenes en otras épocas. En la zona de la pampa húmeda donde ella vivía se contaban historias muy duras de abuelas y bisabuelas: jovencitas de catorce o quince años traídas desde el Piamonte o de Galicia para acompañar a algún inmigrante que las había elegido, a veces por la aldea, otras por la foto o algún parentesco conveniente, nada menos que para casarlas, manejar la casita y procrearse. Amén de todo ello, esparcían las semillas caminando desganadas detrás de la rastras, envejeciendo en cada madrugada al pie de la vaca que proveía de leche a la familia y allegados. Porque siempre había alguien venido de Italia, algún anarquista refugiado de Galicia o  vascos empecinados, amén de judíos escapados de los pogromos rusos que empezaban a farfullar sobre la revolución. Esas mujeres silenciosas de menarca reciente e hijos creciendo en el vientre, campesinas sacudidas por el viento de agosto, perdida la mirada en una tierra inentendible y extendida vaya a saberse hasta dónde, yendo y viniendo todo el día a merced de un marido que poco entendería de mujeres o que las creería aún más fuerte de lo que eran, ¿llorarían sobre el aljibe, apretando el rosario escondido entre el delantal y la pollera?  Se dice que a veces en la llanura desmesurada, en los andenes abandonados de estaciones como La Cautiva, pueden oírse sus sollozos: han recibido una carta del Caraglio, les avisan que la mamma se murió sin conocer a todos estos nietos, de la tuberculosis de algún sobrino, que algún ejército pasó por las continuas guerras y fusilaron a Nicoletto por rebelde. Mujeres vestidas con prendas amplias y  oscuras, para que no se notaran las formas y tampoco las manchas. Mujeres de a caballo, en misa con mantilla negra los domingos, mujeres cuya lectura, si habían aprendido a leer, era su misal, sus oraciones por los que habían quedado allá a merced de los ejércitos que van y vienen como los odios. Pero también estaba lo otro cerca del Tigre, lo que nunca decía ni se decía a ella misma. Porque no hace bien hablar de ciertas cosas.
Tomó fotos de las Islas desde diferentes puntos de la costanera. Muchos jóvenes pasaban rumbo a algún destino deportivo sumidos en la música de sus auriculares. ¿No somos acaso nosotros una especie de delta también, nos acercamos unos a los otros sin pegarnos, sin demasiada entrega? El que se da es el río, es el único que se abre paso ¿Tenemos también de río o somos sedimento y luego isla? ¿Reflejamos contrastes o matices? Cuando el río crece arrasa con las islas, las desbarata. Guarda la traición dentro de sí, la traición del agua forzada a subir, empujada desde sus orillas perdidas. ¿Y nosotros, por qué traicionamos? Y sí, pensando en la traición, se imponía la historia de MalinalliTenépatl, hace poco debió escribir, sin mucho entusiasmo, un guión sobre ella, conocida como Malinche, entera, entregándose por amor a un conquistador y por resentimiento a los suyos. Malinche, ¡Cuánta fuerza la de tu deseo! ¿Habrá valido la pena tu traición, el amor de Hernán Cortés? Pero claro, ya habías sido antes traicionada: cedida como esclava a un cacique maya después de una guerra entre los mayas de Potonchán y los mexicas de la zona de Xicalango. Malintzin fue parte de un tributo cedido a un cacique, al resultar éste ganador, pues esa era la tradición entonces. Entonces, ¿solamente entonces? Los historiadores hablan del pasado como la conjunción de todos los males desatados. En el siglo XVI las hijas mujeres eran tributos otorgados al vencedor, siendo todavía niñas. Malintzin  hablaba con fluidez su lengua materna y la lengua de sus nuevos amos. Malintzin, Malinche, Doña Marina. La proliferación de nombres como para tabicar el pasado. Del recuerdo poco afectuoso de su guión la sacó la imagen del monumento a la Bandera.
Subir y caminarlo fue una experiencia rara desprovista de emoción y la enojó el despojo en lo que debiera haber sido un solemne acto. Pisar la tierra pisada por Belgrano ¿Hubiera sido también amante de Belgrano en aquella época o habría arruinado el amor como otras tantas veces? ¿Pero qué era el amor en este mundo donde el río traiciona las islas y las envuelve y las desaparece?
 Siempre se había sentido atraída por la imagen de Belgrano, por la fuerza de voluntad para hacer patria a pesar de todo. Belgrano era para ella la patria descalza en Tucumán, Jujuy y Salta. No sabía si eso era bueno o malo, era así. Y en contra de la ferocidad con que se había instalado la globalización, se sentía profundamente argentina se conmoviera o no ante la llama votiva del monumento. ¿Y qué era ser argentina además de cierta emoción durante el Himno, a la hora de izar la bandera o cuando cruzás la frontera y ya no hay mate y entonces hablás del mate como marca de argentinidad? Durante su infancia en la casa paterna y en la escuela primaria, el ser nacional era lo más alto a lo que se podía aspirar; ese ser equivalía a catolicismo, ejército y propiedad muy entrelazados. Sobre todo los dos últimos ingredientes que de modo alguno invalidaban el espíritu cristiano que se proclamaba en primer lugar. En su casa paterna todo era orden, perfecto estado de las cosas, verdades escondidas gritando desde debajo de los zócalos. Pasos adormecidos por la alfombra de la sala, voces apagadas, los infinitos y sucesivos golpes militares, las ausencias del padre, dos colores, azules y colorados, no hija no pasa nada, seguí, seguí durmiendo que papi te cuida mi reina, no ¡qué va a haber fusilados ! ¿Dónde escuchaste eso? ¿Quién te contó esas barbaridades, los soldados no matan, son el reaseguro de la tranquilidad interna…Le hacía bien recordar la casa paterna porque en función de ella había armado su vida posterior y lo que había hecho no le parecía ni ordenado ni exitoso. Al contrario muy accidentado pero tal vez un poco más auténtico. Le costó romper amarras, era más, calcula que terminó de hacerlo el día en que había podido regresar en compañía de su madre, tan tranquilizadora siempre. No, mejor no pensar en ello ahora. Ese día había inaugurado una vida sin bestias para protegerla o castigarla. Ese día que le había costado tanto pero  tanto dolor. Como el desgarramiento y otra vez la sangre; el sangrado violento que  avisa que algo hay en el útero supuestamente vacío.
Al regresar al hostel una buena ducha le refrescó el ánimo y apaciguó la fatiga. En el baño compartido encontró una toallita manchada  con sangre ¿Cuántos años hacía que no las usaba? ¿Cuántos años había pasado con su progesterona en retroceso? ¿Era menos deseable ahora por ello? ¡Cuántas veces siendo joven y no tan joven, maldijo la bendita menstruación! Esta vez sí que se arrepentía y celebraba interiormente el sangrado mensual. Hasta se alegraba de que la jovencita hubiera sido descuidada, casi había olvidado el color y el olor de la sangre. La primera menarca, el flujo anterior y el dolor se le hacían remotos. Había menstruado por primera vez cursando sexto grado, ya hacía frío y el flujo predecesor la sorprendía sin animarse a hablar del hecho con nadie o no tenía a nadie en ese tiempo. Qué curioso, había sido una amiga de la familia quien le contara y hablara sobre los cambios a acontecer en su cuerpo,  durante una jornada de solidaridad con la construcción de la Parroquia Jesús Redentor. Ambos padres, el suyo y el de Susy, como así se llamaba su amiga  mayor, compartían lugares en la comisión de fomento. Susy le contó detalladamente todo lo que ella debía saber o necesitaba al menos. Lo que fue una pena es que Susy muriera muy joven sin engendrar. La vida es así de arbitraria: ella que le había revelado los secretos de la gestación, murió sin gestar. Pero si tampoco ella había…La muerte nunca deja de sostenerse en un territorio de abrumadora arbitrariedad, por una cosa o por la otra no están bien elegidas sus presas. No, nunca. No hay paz posible después de la primera muerte. No hay proximidad que se le parezca a la angustia de que alguien ya no esté o, mejor que esté solo en un cementerio o en cenizas derramadas en algún sitio como el mar, un río o el mismo viento.
A la tardecita salió a caminar nuevamente por la costanera hacia el norte, donde se situaba el Centro Español: lo apacible de la tarde acompañaba. Cuando vio un banco se sentó para retomar la lectura de La loca de la casa, le gustaba mucho este libro de Rosa Montero, hecho de reflexiones e historias breves, fugaces como son en realidad los momentos de la vida, porque sólo hay ahora o presente, vivimos de un pasado en el que escarbamos mucho para diseñar un futuro mejor, superador, al menos lo pregonan así los terapeutas. Ahora de lo que vivimos, en donde vivimos es en un eterno presente.
Leyendo, la deslumbró un párrafo:
“¿cómo nos sentimos de verdad, en lo más hondo, frente a la maternidad y la no maternidad? ¿Qué mitos, qué sueños y qué miedos se ocultan ahí, y cómo podemos expresarlos? Sólo un ejemplo más: la menstruación. Resulta que las mujeres sangramos de modo aparatoso y a veces con dolor todos los meses, y resulta que esa función corporal, tan espectacular y vociferante, está directamente relacionada con la vida y con la muerte, con el paso del tiempo, con el misterio más impenetrable de la existencia…Si los hombres tuvieran el mes, la literatura universal estaría llena de metáforas de sangre.”
¿Metáforas de sangre? ¿Qué serían metáforas de sangre? Por suerte lleva siempre una lapicera y papel en la cartera. Entonces a ensayar ahora mismo metáforas de sangre. Veamos a ver si se puede ser creativa y le viene a la memoria de inmediato: “¡Que no quiero verla! / Dile a la luna que venga, /que no quiero ver / la sangre de Ignacio sobre la arena.  / ¡Que no quiero verla!  No, aquí no hay metáfora, Federico García Lorca nombra la sangre a modo de conjuro, no desea verla. ¿Es la luna la que podría llevarse la sangre de las mujeres también? Pretendió entender que algo suscitaban los dos elementos porque metáfora es unir un elemento con otro no esperable en la relación. Supongamos: “Las estrellas son rondas de niños”. Bien las formas que las estrellas toman, unidas en el cielo, parece que fuera la de las cabecitas alineadas de niños que hacen rondas. De ahí, de ese encuentro inesperado surge la metáfora. Es más, puede ser pura si no se nombran las estrellas y sólo se dice: “El cielo con sus rondas de niños en la noche”.
Pero regresa de inmediato a lo que se genera entre el sangrado mensual y la luna. Sí, el ritmo de los cambios de luna es muy similar al del ciclo menstrual: cada veintiocho días. Entonces ensaya: Sangra la luna/ La vulva es una herida sangrante en cada luna/ La sangre de una mujer es lluvia de luna/ La luna sangra en la vulva de la mujer/ El llanto rojo de la vulva/ El tajo en la luna roja…Se sorprendió de que pudiera encontrar tantas metáforas, no sabía si eran buenas, pero haber, había.
Qué cosa las mujeres, sangran con dolor todos los meses, eso las convierte en territorio para engendrar vida ¿Son poseedoras de un poder oculto desde hace años por algún papado para que no se despabilen y partan el patriarcado en mil pedazos? A esta altura creía que se arruinan o asumen los encuentros amorosos  pero nunca se sangra sin dolor. Se manchan sábanas, polleras, pantalones, sillas, en fin, un enchastre. Ni hablar si  un fibroma se instala en el útero. Entonces el sangrado se convierte en una catarata (otra metáfora) Hasta hay quienes juegan con su sangre durante las relaciones sexuales, a otros les da sencillamente asco, entonces la menstruación es simplemente excusa para justificar un descanso. Se engendra vida gracias a la menstruación que es un nido arrancado a pellizcones y con dolor siempre.”

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In Memoriam
Poema inédito.

Si Gladys pudiera venir a caminar conmigo
por esta calle de eucaliptus,
encuadraría su cámara y haría clic,clic,
la foto entonces inquietaría el olfato de las ramas
porque Gladys era caldero plagado de aromas.
Si paseáramos juntas nuevamente, después del cine,
tomadas del brazo para sentir más una a la otra.
A ver que lo evoco:
es de noche, día de semana
fuimos a ver una de Carlos Saura o
Grupo de familia de Visconti
y después
-aún muy conmovidas-
a cenar al restaurant de la cortada Carabelas,
también ahí encuadraría su máquina
y clic, clic, clic
a  ver si salimos bien  juntas
así, sonriendo,
se sonríe siempre en las fotos
(¿por qué se atrapa el momento que circula sinuoso
en la mirada,
para que algo no se nos escape?)
Si Gladys anduviera conmigo, si regresara
yo sé que conversaríamos a más no poder
de la gente del taller literario en la calle Berutti
¿qué se sabe de Edda, y de la vasca, de Zulma,
de Miguel, uy y el Brato?
Otra vez encuadre y clic, clic, clic clic
para reforzar la toma
¡un abrazo de ambas en esta foto!
Creo que la gente que ilumina a otra gente,
no se cansa de querer nunca,
como cuando se come un helado sin miedo de gastarlo,
porque Gladys era muy graciosa
y así con complicidad de hoguera,
espiábamos la vida,
como luciérnagas encendidas,
la azuzábamos,  en la vida transcurre todo,
y es un poco  eso:
encontrarnos con Gladys en Corrientes
ir al cine, charlar y bromear sobre la película,
hablar siempre de Sicilia,
con nostalgias por lo que nunca se vio,
así era,
traía viejos recuerdos a nuestro mantel lleno de miguitas
que yo empujaba con mi dedo hacia el margen de la mesa,
también se hablaba de la soledad para defraudarla
para que supiera que con nosotras dos no se podía,
nosotras éramos hojas y  no es justo que las hojas mueran en el otoño
sin saber nada de sí mismas.
Si Gladys caminara bajo este aguacero conmigo
cuántos encuadres, cuántos, cuánta risa, clic, clic, clic
ablandaríamos el fondo del aire
nos refugiaríamos en un aperitivo,
seguiría la charla,
si Gladys corriera a mi lado cuando el viento apabulle mi piel
habría  agitación de fiesta,
peregrinos llegando a algún puerto
con bebidas olorosas y fuertes…
Y nuevo encuadre y clic,clic, con Gladys en el taller,
con ella en un bar de madrugada,
en un puesto de flores buscando jazmines
que “es el olor de la ternura”, así decía.
Pero Gladys ya no está,
no responde a ningún conjuro
con la muerte no hay abracadabras que valgan,
no logro el encuadre
esta vez sin clic.


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