domingo, 13 de julio de 2014

Bigi, José Luis

Nació en Córdoba en 1947. Estudió bioquímica, arquitectura, cine, teatro y letras, obteniendo finalmente la licenciatura de letras modernas en la facultad de Filosofía y Humanidades de la UNC. Ha estrenado los siguientes dramas: “Mi querido ataúd”, en el Teatro Comedia en 1980; “Una historia cotidiana”y “Periplo”, en Teatro Abierto Córdoba en 1983. Obtuvo varias distinciones en Córdoba.
Actualmente continúa con la actividad narrativa y de dramaturgia; es Jefe del Dpto.
de Letras, Teatro y Cine de la Municipalidad de Córdoba y profesor de Teatro y Literatura en el instituto secundario Dr. Manuel Lucero de Alta Córdoba.
Publicaciones: El muladar (1987); Un guacho apellidado Paz (1990); el libro de cuentos “De Luisito, Arminda, Ceferino y otro”s, y ha estrenado las obras de teatro “Mi querido ataúd”, “Periplo”, “Las cosas por su nombre” y “Las monedas son cuadradas”.

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UN GUACHO APELLIDADO PAZ

Alción editora, Córdoba, 1990.

Una mañana de primavera

Lobo, el más anciano de los hijos del difunto Bobby, lo abandonó para irse
tras el olor a una perra en celo.
-Perro’mierda –dijo sin llorar-, te creía un amigo.
Para sacudirse la tristeza repartió brutales puntapiés a los otros que, aún sin
comprender la ira, permanecieron a su lado con el rabo entre las patas.
-No seái animal, gritó Clarita emergiendo de entre los trapos para escupir-,
que los vai a matar.
-El Lobo no está; se ha ido.
-¿Y diái con eso? ¿Qué la culpa la tiene los otros?
- Sí; y no me hablé que no ando con gana de que mi hablen.


El día que nació Leopoldo

La madre se vio obligada, por razones de trabajo, a regalarlo. Lo adoptó una
vieja babosa que cuando despertaba, lo hacía para volver a emborracharse. Así fue
creciendo.
Guacho –como lo llamaban en el vecindario-, vivió entre babas y bebidas
hasta que, teniendo ocho años, la encontró rígida y con la boca abierta. “La Nonita
murió ahogada con la espuma de su propia baba por dormir d’espalada al Diablo”,
aseguró la Erminia. Y todos aceptaron el veredicto porque la vieja Erminia era la
única que sabía cuando las embarazadas iban a parir mellizos o sietemesinos o no
parían. Con su mezcla de yuyos, sus buches de gallinas coloradas y batarazas y la
varilla de mimbre que heredó de su abuela Raquel, las desembarazaba.
-Nonita, no te murái –repetía Leopoldo entre un llanto y el otro-, no te murái
que te quiero mucho.
El rancho se llenó de curiosos y curiosas, alguna de las cuales, estrujándolo
con todas sus fuerzas contra el pecho para demostrarle la congoja, le lloraban al
oído: “Lo siento mucho Guachito. Era muy buena la finada Nonita, una verdadera
santa. ¡Que Dios la tenga en su Gloria!”.
Doña Genara era la única de las mujeres que lloraba con lágrimas y en
silencio. Las otras lo hacían emitiendo un quejido uniforme y seco.
A la hora de mayor calor la casilla estaba repleta de comadres vestidas de
negro que rezaban sin intervalos.
-Por los siglo’e los siglos…-decía la Erminia.
-Amén –respondía el coro-, amén, amén.
El aire de la villa estaba más duro que de costumbre. Al calor y a la humedad
insoportable de la hora, se había sumado el: “Dijo l’Erminia que la Nonita se atoró
con l’espuma de su baba por darle l’espalda al Diablo”, que todos repetían.
De cada puerta, de cada esquina y de cada ventana, emergían los amén.
Lastimeros unos, indiferentes los más, pero todos en la misma dirección.
Las siete mujeres más ancianas, rodeando a la muerta, no rezaban. Por ser las
más viejas les correspondía llorar las veintitantas horas del velatorio, y en eso
estaban cuando llegó la cuadrilla del sepelio municipal.
-Despejen, despejen –ordenó autoritariamente por costumbre el encargado de
la cuadrilla-, despejen que no vamos a perder toda la mañana oyendo viejas lloronas.
¡Por una borracha!.
-¡Es la Nonita! –gritó Guachito.
-¡Es la Nonita! –murmuró el encargado antes de dar la orden de ponerla en el
ataúd.
Mientras los soldadores de la cuadrilla sellaban el cajón de zinc, Leopoldo,
desde la puerta, repetía: “Nunca, nunca, nunca…”.
-¡Nunca qué Liopoldito? –interrogó doña Genara apoyando la cabeza contra
su vientre para acariciarlo-
-No viá querer nunca, nunca.


Genara también murió de tuberculosis

En un principio las vecinas se ocuparon de alimentarlo y lavarle la ropa, pero
duró poco.
-Andá y trabajá si querés comer, vago mugroso –le decían en el vecindario-,
o te creí que llueve del cielo.
-Viejas cagonas… Y tacañas, qu’es pior –les contestaba pasando frente a sus
casas cada vez que iba a los barrios a mendigar: “No tiene algo que me dé doña. Un
pan, un peso, una manzana?”.
Así vivió, dueño de su casilla, hasta que una familia del mismo pueblo que
Nonita y Genara, se arrebató. “Se los presto aquí para que vivan porque no tiene
casa y de noche hace mucho frío pa las criaturita y son recién llegados del pago de
Achiras de donde vino la Nonita, que si no, no les prestaba nada”. Les había dicho
dos meses atrás.
Lentamente empezaba Leopoldo su camino. Evitar a los hombres que
aprendió a rechazar cuando, a los once años, un vecino, borracho, lo invitó a su casa.
“Para matar el frío de la noche con ginebra”, le había dicho.
Mientras el hombre lo babosea, Guachito conoció el asco sintiendo esa saliva
melosa de aguardiente que le llenaba la boca.
-Maricón –gritó varias veces mientras se zafaba-, gorriado y puto!
Corrió buscando la luz de la esquina para no tener miedo. Y únicamente
cuando llegó al farol que está en medio de la calle, se sintió seguro y se detuvo.
Entonces brotó el llanto jadeante del pánico.
Ciego por las lágrimas oyó al borracho que, llorando como si él también
tuviera once años, repetía: “Pibito, vení, te quiero”.
Caminó buscando las luces y masticando aquel “te quiero” que le latía en los
oídos. Caminó hasta que, doblando una esquina, se encontró de frente con el sol rojo
de la mañana que le pegó un puñetazo en los ojos, tan irritados los tenía de llorar.
En los hilos del teléfono, un grupo de gorriones aleteaba festejando la llegada
de la vida.
-¡No viá querer nunca, nunca! –dijo. Y se durmió sobre la vereda.
-¡Levantate, loco; que si te chapan, te cagan!.


Los viernes eran buenos

Para los negocios. Toda la ciudad parecía desprenderse de diarios y revistas. Y ese
viernes de diciembre el Pelado de San Vicente había decidido, además, aumentar el
precio que pagaba por la mercadería.
Guachito pudo comprar entonces un vaquero y un par de mocasines a la
moda. Los compró en San Vicente mismo porque la impaciencia no le permitía
llegar al “turquerío” del centro. Y estrenando, se sintió dueño de la noche.
Paseaba sus quince años por plazas y peatonales para mostrarse, para que le
vieran “la pinta”, hasta que las ampollas que lenta pero implacablemente le habían
brotado en los talones, le hicieron tomar conciencia de lo vacío que tenía el
estómago; y sintió hambre.
-¡Moso; dos picante, un tinto seco y una crú!
Masticaba muy lentamente, demorándose cuanto podía par aprovechar todo
el sabor.
Comiendo, su atención se concentraba en la comida, y por eso fijaba la
mirada en el infinito. Para no distraerse.
Claudio y Dolores, que ocupaban la mesa del frente creyeron que Leopoldo
los miraba porque mantenía la cabeza inmóvil. Era una pareja de estudiantes de
psicología que pasaba los días en los bares y pizzerías observando masticar, reír y
fumar a la gente. “Son actitudes delatatorias de la conducta que conllevan rasgos
característicos de la personalidad”, afirmaban en un trabajo monográfico que estaban
elaborando. Y Gaucho los había impresionado.
-Che, chango, vení…
Guacho no les hizo caso porque comía y porque nunca le habían dicho
“chango”. A pesar de sus quince años, le costaba acostumbrarse a que lo llamaran
Leopoldo. “Guacho Paz”, decía cuando se presentaba. Para él era la calle más linda
de la ciudad, “y la má importante porqu’e avenida y é general”.
-A vos te digo, chango, vení.
- ¿Querés fumar?
Entonces aceptó porque había terminado de comer y porque siempre acepta
todo lo que le ofrecían. Y aprovechó para hacerse pagar otro vino y el café.
-Han de ser como catorce o a lo má dieciocho. No mi acuerdo.
-Pero son cuatro años fundamentales en el desarrollo de la personalidad.
-¿Y diái con eso?
-Necesitamos que hagás memoria. Tenés que acordarte.
-Por favor, chango, necesitamos saber lo mas aproximativa o azarísticamente
posible, cuándo naciste, porque es nuestra intención utilizarte como apoyatura
demostrativa de introextroyección. ¡Acordate!.
-¿Me dai otro pucho?
-Tomá la etiqueta si querés, pero hacé memoria chango… ¡Acordáte!
-¿Qué no sabí decir otra cosa vo? ¡Cómo querí que me acuerde si nunca lo he
sabido!
-Tratá de averiguarlo para mañana –dijo Dolores-. Te espero a cenar en casa,
a las veinte… a las ocho de la noche.
Y traelos a tus padres –agregó Claudio empujándose los lentes con el índice,
gesto que repetía cuando lo invadía la pasión intelectual.
-Tai loco vo –dijo Leopoldo divertido-, no ví que soy guacho. Aunque a
veces me dicen Liopoldo.
Le, Leopoldo. No Liopoldo…
-¡Pa lo que sirve! –dijo levantándose-, y gracias por los puchos.
Saludó con la mano haciendo la venia y se fue contento porque había
“remediao” los cigarrillos para el trasnoche y porque ya tenía dos amigos “ricos e
importantes”.
(…)
La cena estaba caliente.
Exquisita.
-¿Tiene un platito que me preste pa convidarle ñoqui al Bobbito?
-Has volcado, por la carencia, todo tu afecto en ese animal, ¿verdad?
-¿Has visto que bonito qu’e? ¡El también la quiere de veras y con sinceridá!.
-Sos amoroso Leopoldo. Genial. ¿Preferís whisky o cognac? –preguntó
acariciándole la cabeza.
-Cualquier cosa, lo que tenga.
-Tengo ambas.
-Entonces lo que usted tome.
Rieron una misma carcajada mezclando los alientos. Voluntad, mano, pie,
sudor y sexo. Se confundieron, Un silencio, Otro trago, Dos cigarrillos. Se
confundieron.
-Sabe –dijo Leopoldo con esa necesidad de decir cosas que inevitablemente
lo invadía cada vez que era dichoso-, hoy he conocido a mis padres. A los do –
agregó perdiendo repentinamente la dicha. Y se enojó consigo mismo por malograr
el momento.
-Me imagino que estarás feliz, dijo Dolores.
-Y como no viá estar feliz si estoy con usté… ¡y así!
-Por tus padres, digo.
-No m’importa –dijo poniéndose duro-, yo soy el Guacho Paz.
-Eso era antes. Ahora tendrás un nombre y un apellido reales, no el producto
que tu fantasía elaboró de sustituto.
-Aunque me digan Leopoldo Agüero Aguirre, yo igual sigo siendo el Guacho
Paz, el hijo legítimo del general.
-Deberás haber sufrido mucho la horfandad…
-Noooo, lo que pasa es que me llamo Guacho de veras y mi papá es el Paz
qu’é general en l’avenida ancha, la que se cruza con la Colón, pero pal lado del río
¿se ubica?
-¿Tenés ganas de contarme cómo te esteraste de tus padres?
-Ganas no tengo, pero se lo viá contar igual porque veo que usté l’interesa y
porque é fácil. Fácil y divertido. Veníamo con el Bobby del abasto, de ver qué se
cocinaba hoy por esos lado. Ahí siempre se cocinan cosa, ¿vió? Veníamo, como le
dije, y mi papá estaba en el caballo, como está siempre a l’hora que yo paso por ahí,
que no quiere ni mirarme. ¡Ha visto que siempre está mirando p’arriba! Pero hoy día
me llamó, me dijo: “Venga m’hijo p’acá que y’es hora qu’empecemo a tratarno”. Y
fui. Le mostré el cachorro y el general se puso requete contento. Dice qu’es mejor el
Bobby qu’el Cholo, porqu’el Cholo é una bosta. Y usté perdone que yo diga esa
palabra, pero é la pura verdad. El Cholo es eso, una bosta. No é un amigo, é un
falluto. Y vivámo casa de por medio cuando yo estaba con la Nonita y también
después, hasta qu’esos otro ladino me l’afanaron a la casa que yo tenía que me
l’había dejado la Nonita. Con el Cholo andábamo siempre junto, todo el día. Una
vez, hasta de viaje nos fuimo junto. Fue cuando la Nonita me mandó al pueblo de
Achira a que le averiguara de una hermana d’ella y se la trajera a la ciudá, aquí, que
aquí hay má trabajo que allá en Achira que no hay nada. Entonce yo le dije
“acompañame”, y él me acompañó. La Nonita me había dao para ir y volver yo solo.
¿Qué hacemo?, le pregunté al Cholo porqu’éramo amigo. Y nos fuimos en ómnibu
desde la terminal. ¡Casi nos acabamo un paquete de “Chester” a l’ida! –recordó con
alegría-. Y fuimo de puro vicio porque l’hermana de la Nonita que habíamo ido a
buscar, se había muerto el año ante. Pero no íbamo a volverno, que un viaje así no se
hace todo los día, ¿no te parece?, Nos quedamo cuatro día.
-Qué imaginación tan poderosa tenés. Hacés realidad un deseo; lo
transformás en vivencia al canalizarlo por vía de la fantasía!.
-¡No! Le juro por la Nonita, qu’é lo que yo más quiero, que lo que l’he dicho
é la verdá verdadera.
-Me hablaste de muchas cosas, pero no me contaste de tus padres. ¿Te
molesta hablarme de ellos?
-Ya se han muerto, los do. Y hace mucho tiempo.
-Dijiste, sin embargo, que tu padre te había llamado para iniciar una relación
pater-filius, un trato.
-Si, algo así me dijo. Pero no l’entendí mucho porque no quería bajarse del
caballo.
-¡Sos amoroso, divino! –exclamó ella mientras le dibujaba un laberinto
imaginario por el pecho con el pulpejo de los cinco dedos; un laberinto que se cerró
en los vellos del bajovientre-, ¡Sos genial!
Rieron una misma carcajada. Se confundieron.
Con la primera luz que lanza el sol para anunciar que ha despertado,
Leopoldo vió, bordeando el parque de la casa de Dolores, los muros que se
incrustaban en el cielo hiriéndolo con una cresta de vidrios movidos.
(…)

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PAYORENGO

Publicado en la Voz del Interior. Lunes 27 de marzo 2006.

¿Por qué no hizo los deberes?
–Es que...
Payito, como lo apodaban sus amigos porque era excesivamente rubio, le contó el
partido que habían perdido el día anterior, que estaban nerviosos, que debían ganar,
que era muy importante para la clasificación en el Interbarrial y que el Mocho no
había jugado porque la madre lo había puesto en penitencia.
–También, ¿cómo se le ocurre, digo yo, no comer el mondongo? Si sabe que es el
único goleador que tenemos en Alberdi... ¡A cero! ¿Se da cuenta señorita?
¡Perdimos dos a cero con los de Yapeyú que ni patear saben! ¡Ni uno solo pudimos
hacerles!
Sentados en el cordón de la vereda con los ojos brillosos y sin hablar, purgaron el
dolor de la derrota compartiendo una gaseosa de dos litros y, bastantes horas más
tarde, se saludaron cargando únicamente los dolores musculares del cansancio.
–Y cuando llegué a mi casa, mi mamá me obligó a bañarme y también a lavarme la
cabeza con champú. La verdad, señorita, es que me olvidé y tampoco tenía ganas de
hacer los deberes, ¡estaba muerto! Además, pasaban en directo el duelo cordobés.
¡Qué partidazo nos mandamos, verdad! Las gallinas cacareaban, ¡se comieron cuatro
pepas! ¿Usted lo vio por la tele o fue a la cancha, señorita?
–Se queda sin recreo y escribe mil veces en el cuaderno “Debo hacer los deberes de
mi escuela” y mañana lo trae firmado por su padre.
El padre lo reprendió con siete sermones y un cinturón, repitiendo al compás del
cuero: “y entendé que tu obligación es estudiar, no vagar”. Y con el último de los
sermones arrojó la pelota a la estufa de leña.
Payito, como lo apodaban sus amigos porque era excesivamente rubio, miraba las
llamas azules, amarillas y rojas que iban devorando su pelota, que la iban reduciendo
hasta convertirla en un simple puñado de cenizas. En ese momento no pensaba,
sentía.
Permaneció sentado penetrando el fuego sin un gesto, ni para secarse alguna lágrima
que, de tanto en tanto, lloraba. Y cuando la última brasa se hubo apagado, recogió
las cenizas informes y las guardó en una bolsita de plástico que ató con siete nudos y
envolvió en papel para regalo. Y después de apagar el velador, dialogó con el
cadáver de su infancia hasta que el sueño lo venció.
Al día siguiente se levantó alegre, como todos los días. Desayunó su tazón de café
con leche, recogió los útiles de la escuela, guardó el paquete de cenizas en el bolsillo
del guardapolvo y, con un beso cariñoso,se despidió de su madre.
–¿Qué llevás en el bolsillo, Jorgito?
–Un regalo.
–Que Dios te bendiga.
–Chau mamita.
Payito, como lo apodaban sus amigos porque era excesivamente rubio, caminó las
mismas veredas de todos los días, de cada mañana, hasta que, llegando al puente
Avellaneda, transpiró. Y cuando estuvo a la orilla del río, por impulso, se descalzó.
Miró el cauce con los troncos y las bolsas de basura que arrastraba la creciente. De
repente, y obedeciendo aquí también a un impulso, gritó “adiós” en silencio y, con
los ojos abiertos, despidió para siempre la ceniza que se ahogó en un enorme
remanso.
Esa mañana llegó tarde a la escuela y, después de entregar a la maestra los deberes y
las hojas con los mil “Debo hacer los deberes de mi escuela” firmadas por su padre,
se sentó sin saludar.
Terminó el bachillerato con medalla de oro; abandonó el acto de promoción y corrió
a inscribirse en abogacía.
En el aula magna de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, el rector preguntó:
–Jorge Luis Centeno, ¿jura usted por Dios, la Patria y los Santos Evangelios
practicar con Honor el ejercicio de la Justicia?
–¿Usted también juega fútbol, rector?
Y cuando los recién egresados hubieron jurado, el Aula Magna se llenó de aplausos,
besos, felicitaciones y llantos emocionados de madres, novias y abogados, pero todo
quedaba atrás para Payo, como lo apodaban sus amigos porque era excesivamente
rubio, que corría rápido porque debía llegar a su casa rápido para cambiarse de ropa
rápido y terminar el almuerzo homenaje rápido para regalarles rápido el diploma a
sus padres.
Se entrenaba todos los días desde las ocho, y por las tardes otras cuatro horas de
gimnasia. Habían pasado solamente siete meses desde aquel día en que preguntara
“¿Usted también juega fútbol, rector?”, cuando leyó su nombre en la pizarra del
vestuario.
–Sí, te puse titular, ¡y para enfrentar a Unión San Vicente!, pensalo.
–Gracias..., muchas gracias, señor Héctor.
El árbitro, con un silbato, inició el partido. Los equipos se enfrentaron. Payo, como
lo apodaban sus amigos porque era excesivamente rubio, lloraba avanzando con la
pelota. Corría asustado hacia el medio campo enemigo dudando entre el pase y el
gol cuando sintió un fuerte golpe en el tobillo. Cayó rodando por el pasto, por el
barro. Lo sacaron en camilla.
Herido y embarrado, oyó el silbato que ordenaba continuar la acción. Vio llamas
azules, amarillas y rojas que lo iban devorando hasta convertirlo, a él mismo, en un
simple puñado de cenizas. En ese momento no sentía, pensaba.
Rengo, como lo apodaban sus amigos desde que abandonara el hospital, se levantó
temprano y alegre, como todos los días.
–¿Qué llevás en ese paquete, Jorge?
–Un regalo.
–Que Dios te bendiga.
–Chau, mamá.
Payorengo caminó las mismas veredas de todos los días, de cada mañana, hasta que,
llegando al estudio jurídico, transpiró. Y cuando hubo apoyado la cabeza contra el
respaldar del sillón de cuero, gritó “adiós” en silencio y, con los ojos abiertos,
encendió, con el mismo fósforo, el cigarrillo y la mecha ahogándose para siempre en
un enorme remanso de escombros.

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