domingo, 13 de julio de 2014

Graciela Di Bussolo

Nació en Buenos Aires, en 1954. Vive en Córdoba desde 1990. Es Profesora y Licenciada en Ciencias de la Educación (UNLZ) y docente en Nivel Superior. Coordina Talleres de Escritura Creativa. Publicó, Dice que vive (1998. Ed. Argos); La noche boca abajo (1999.Editorial de la Municipalidad de Córdoba. Tercer Premio Concurso Nacional “Luis de Tejeda”; Donde nadie se atreve (2000.Temuco, Chile. Mención Honrosa Concurso Iberoamericano “Neruda 2000”); Territorio de nadie. (2000. Ediciones Argos, Córdoba); Donde nadie se atreve. 2003. 2ª ed. Narvaja Editor, Córdoba, –con Prólogo de Jorge Boccanera. Su poemario Kavafis fue publicado en idioma griego, en la Antología “Conversando con Kavafis. Antología de poemas kavafianos extranjeros”. Instituto del Idioma griego, Thessalónica, Grecia, 2000.

gdibussolo@hotmail.com
gradibussolo@yahoo.com.ar

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DE LA NOCHE BOCA ABAJO

I.

La mañana
se abría paso en silencio.
Dejaste que soñara caballos azules.
El tiempo parecía otro sueño.
Pero era la hora.

II.

Los cuerpos
asomados al abismo
temblaban sin frío.
El aire latía
demorado en las manos
antes del salto.

III.

El cuerpo, a veces lluvia
deshojada en los dedos
y el abrazo
entre hojas de almendro.
La mirada que caía despacio
las manos ávidas de miel
de piel
las manos esparciéndose.
El rito de la lluvia.
El sabor de la miel.
V.

No me niegues tus manos.
No condenes mi sed a esta espera
repetida
perpetua.
La noche
sigue durmiendo boca abajo.
Toda la sombra
cabe en este hueco.

VIII.

Demasiado triste
hoy
el otoño.
Demasiado gris en la palabra
y el dolor que ya casi no duele
por costumbre quizás
resignación quizás
rebeldía quizás.
Demasiado silencio para tanto pájaro que falta
demasiada penumbra para este mediodía
demasiado tarde para mí
y tan oscuro.

IX.

Obligada a repetir los rituales
atravieso las arrugas del día
con los ojos
las manos
las palabras.
Una mirada
desde el pedestal
cuida que nada cambie.

X.

El día se niega a los ojos.
Mutilada la piel y su memoria
crecen sombras donde hubo caricias.
Siempre
en los atardeceres
envejezco.

XXII.

Cubro esta pesada desnudez
y cada vez tengo más frío
y menos sangre.
Sobre la piel
llevo una ausencia como abrigo.
Cubro el deseo y el horror
con un cilicio.

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DE TERRITORIO DE NADIE

Yo me volqué en tu espuma en aquel tiempo
Rafael Alberti

Desde el brutal abrazo a la plegaria
desde el roce hasta el borde
las manos y los labios
incandescentes
desafiaban la luz.
El dios miraba
pensando en absolvernos.

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Esparcías semillas.
Brotaban nardos
abedules
mandrágoras.
Dibujabas mi espalda.
Jeroglíficos
laberintos
mandalas.
Cerca de la vertiente
yacía el dueño del fuego.

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El crepitar del fuego
el ritual
los acordes.
Sándalo
almizcle
incienso
el lenguaje inventado por la piel
la danza elemental
el derramarse.
Cayó la luz.
El reverbero
fue el final del hechizo.
No basta el sacrificio.

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... el recuerdo duele
dondequiera que uno lo toque.
Yorgos Seferis

El signo

marcó muerte donde fuera sagrario.
No hay conjuro para el cuerpo vencido.
Desmesurada cicatriz
la piel quedó en la piel.
Apenas un tatuaje.

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Entre el fuego y la piedra
la palabra
la sed.
Una fuente escondida
la búsqueda del agua
los rituales.
Y la resurrección del duelo
sin la carne.

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Era la tierra de tu tierra entre mis dedos.
Era la magia.
Eran los barcos
las campanas.
Era el viento un amante que lamía tu casa.
Era invierno.
Era tu ausencia y todas las ausencias.
Isla Negra, Chile, Agosto de 1998

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Desvarío en los ojos y en el sueño.
Busco amparo en la costa
tal vez playa
o puerto.
(Mejor si fuera puerto.)
Siento
el temblor de los pasos sobre el muelle
y la piel encallada
y el eterno desvelo.

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Debí haber partido
a la hora de las migraciones
cuando rondaba un tigre azul en cada vuelo.

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Del húmedo aquelarre de los cuerpos
quedó un breve trazo.
Lenguas en el desierto
apenas estadía.
Anomia de lo ausente
sombra extraña que recorre el espejo
y ronda el solo cuerpo
tan ajeno.

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Moebius
tu piel
siempre tu piel.

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El deseo
mira qué reinado tan triste.
Alberto Girri

Desde la piel hasta la piel
ir
y no quedarse.
Una tormenta de verano
y la lluvia.
El regreso
sucesión de veredas sin esquinas
puertos abandonados.
Y el granizo partiéndome los ojos.

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DONDE NADIE SE ATREVE

I.

Después de las hogueras
y del séptimo círculo
se consumen
condenados al hielo.
Desechos del Andrógino
sin ninguna mitad
ninguna búsqueda.
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II.

Desde el tiempo clausurado
nada regresa.
Un vacío de pájaros
anuncia el triunfo del verdugo.
Sin cielo
las ventanas son párpados muertos.
Para sobrevivir
hay que soportar el silencio del refugio.
Resistir
desde el adentro.

III.

Las sombras merodean.
Fieras desencarnadas
se acercan al territorio de los lobos
allí
donde nadie se atreve.
Desde lejos se escuchan los aullidos
antífonas de los rituales de la noche.

IV.

Ya no es un misterio el sexo de los ángeles.
Nadie planta rosales en las plazas.
Hay ruido a muerte.
La Verdad va montada sobre un perro lustroso
y hace estragos.
Las ventanas se cierran a su paso
y las calles sin Dios se quedan solas.
Alguien siente la ausencia
junta las manos
pero ya no recuerda la plegaria.

V.

Un alacrán devora las raíces del árbol.
Entre sus patas crecen ríos de sangre.
Tiemblan las ramas.
La tierra
es una bestia que sale del letargo.
Sacrílego
el final se desploma entre cenizas.

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KAVAFIS

I

Mi vida es la memoria de esas horas.
Vivo
en un reloj de arena.
Lentamente
caigo
con el último grano.
Duele un poco
un poco nada más
después
no.

II

Mis manos han tallado mucha piedra.
Son cicatrices.
A veces necesito acariciarlas
y sentir el horror
en la punta de los dedos.

III
Odié los goces y los amores rutinarios.
Quise abrir los candados
con las uñas.

IV
Ahora que todo es cosa del pasado
sangro
desde las alas lastimadas.
Versos y plumas
la caída del vuelo.

V

Una luz amarilla
y telarañas en el escenario.
La memoria golpea los rincones.
Abandonado entre bambalinas
yace tu cuerpo joven.

NOTA: Los versos en bastardilla han sido
tomados de poemas de Konstantinos Kavafis.

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