domingo, 13 de julio de 2014

María Adela Domínguez

Nació en Córdoba, en el año 1907. En 1935 publica su primera serie poemática que simplemente titula “Diez poemas” y que revela una tímida expansión de cordial ascetismo: “Crecida estoy/ en universo/, intacta posesión de mar y abismo. Curva sinuosa y grave/ me describe/ perfecta luz/ ansiedad de espacio”. La paradoja metafísica, el destino final que se lleva en el alma, la torturante culpa de la ansiedad prisionera, será el motivo constante de La muerte habitada (1941. La desesperanza y el desaliento, no le impiden escribir, sin embargo, el volumen Ritual de ceniza (1944).
“Un injusto y prolongado olvido encubre la atrayente personalidad de María Adela Domínguez”, dijo Marcelo Masola. Hoy ya no cabe discernir sobre su total olvido entre tantos artífices informáticos. Lo que importa es la forma de su destino, como mujer y escritora que afronta el problema misterioso de la vida. No sobrevivió a la tristeza y al otoño de su vida. Murió tempranamente en 1963 en Buenos Aires.

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ANTOLOGÍA DE LA POESÍA MODERNA DE CÓRDOBA DE MARTÍN SOSA

EDICIONES MORENA CÓRDOBA. 1986. Selección

Permanencia de la rosa

Nada absorbe la gracia que gira por tu mundo de señalado espacio,
ni siquiera los pechos sin presencia que mueren junto al mar,
ni siquiera las muertas arenas con sus sueños de viento
que cae por la frente de los ríos.
Su tacto de noche herida por los ángeles
con su pausado milagro incontenido,
¡qué tierno desemboca por las venas!
Qué sien desde la aurora tan dulcemente llega,
con su presencia extraña
y su raro misterio.
¡Ah, tu callada muerte desolada,
tu permanencia intacta sobre el tiempo!
¡Oh, sí; allá estás en una helada orilla de la tarde
deshabitando voces, nutriendo nuestra muerte,
tan perdida en el signo antiguo de la tierra
1 Fuente: Memorial poético de Córdoba. Armando Zárate. Ediciones del Fundador. Córdoba 2000.
y tan viva en el sordo despojo de la carne!
Acaso aún percibas algún lejano pecho
donde crecer contigo, desdichada y perfecta!.

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Elegía al tiempo lejano

Ya nunca volverás, oh tiempo lejano!
llamándome desde las duras arenas,
sumergido en las tardes,
emergiendo desde las hierbas húmedas
desde las sombras espaciadas,
por la ribera tranquila de sus noches, ya extrañas.
Qué pasos más distantes acercarán a mi oído la gracia de tus hojas solitarias,
tu quieta soledad de duna llorando sobre el mar,
ese apasionado recuerdo de las palabras,
suavemente coronadas de aquel ceniciento calor mineral
que inquietaban la ternura,
las ramas taciturnas de un silencioso llanto.
Tus lágrimas recobradas del polvo transitorio del verano
habrán huido entre párpados de eternidad.
¡Oh perdido tiempo fecundo de la gracia!
Ahora sólo defino tu presencia en la superficie de las flores,
cruzando un débil césped,
apenas traicionada por aquella palabra que naciera en tu deshabitado eco
y la espera, tan tierna, que renace en mi sangre,
cada día!

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Las voces

En esta soledad de olvidada memoria,
besando la infatigable raíz de tu voz milenaria
como si cubriera de pronto nuestras carnes
cierta expresión de subterráneo lamento
o volviera el resumen de infinito que guardas en tus párpados.
En esta tarde,
las palabras alcanzan un vocabulario extraño,
aunque nadie acierte a percibir la extensión de su duelo,
a escuchar desde su oscuro recogimiento
su marchitado acento sin reposo.
Y vuelve tangible tu amanecer,
cuando aún eras un signo no descripto por los astros,
aún no señalado por las fechas terrestres
ni renovado por los años.
Corrías impalpable y sólo por la noche alerta de fervores,
acaso sin penetrar la hondura de las despedidas,
el adiós que crece en las miradas postreras
o la furtiva sombra de ecos que dejan las voces,
en tu tierna ceniza, ya perdida.

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Rostro destruido

Otra vez tu memoria arde en el alto cielo
desde mi sangre se alza su esfumada pureza
como si entonces fuera su último destino
prescindir de su nombre
y caer por la carne.
Qué limpio desde el mundo
tu triste rostro surge,
qué descarnada muerte
te llora, cenicienta!
Si yo viera tu sombra huyendo del pecado,
tu desolado olvido
transparente en la sed
de tu invisible noche.
Entonces con tu palabra preferida,
buscaría tu nombre en un maduro río
y acaso por mi sangre, desvelada, inclemente,
la despareja hierba
como un junco de hielo
fuera un alba en tu rostro
gozosa de la muerte!

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Regreso melancólico

Ah, tú, profeta de imagen de alba, acorde
celeste y tallo de azucena!
Yo miro ahora tu traje silencioso,
tu materia habitual, la frágil soledad que de ti asoma,
tu sandalia de mar,
la tibia greda que la lluvia horada en el otoño
sobre el cuerpo ritual de tu ceniza.
Nada dejó tu ausencia, tan sonoro, como esta aislada pena,
aquí, abierta en la dulce memoria, en el fluir secreto de las lágrimas.
Lo digo, sí, este día,
ahora que estás solo y que nadie te espera,
como si transcurrieras en desorden por pálidos abismos.
Tu nombre, melancólico ya,
quiere ser sólo sombra, obscuridad de tiempo,
una vena de olvido, alto musgo de tránsito,
tal vez una verdad de forma sucedida,
una sed de palabras en las cosas!
Cuántos llantos llorados mojarán para siempre tu inestable recinto,
tu distanciada piel, en inmóvil límite,
esa vigilia sobria de tu nocturna huella!
¡Oh, callado nuestro!
En diciembre hablarás sin duda, con tu sueño, tan alto:
descenderás piadoso como una sombra leve a velar nuestra mesa,
posarás silencioso tus manos en el triste mantel
y mirarás de nuevo los familiares rostros.
Mientras tanto, aguarda en tus sedientas tardes,
en esa fecha lenta detenida en tu sangre,
en el letal vacío de tu remoto sueño.

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Huella de tu presencia

Oh tú que me has traído esa presencia cargada de tiempo,
recuerda ahora la prematura sencillez con que posaban
los amplios pájaros en la tarde,
aquellos melancólicos telares del otoño,
flotando ya continuos por las ternuras súbitas del alba.
Piensa aquel valle secreto de tu perdido reino,
todo ese verdor disperso, sin retorno,
tan apacible a veces cuando cubre la niebla los cristales.
Ven a mi lado, si, cenicienta de vida,
santificada como una hoja de desierta memoria,
—acaso aquella que pendía de la leyenda vertical de un árboly
que en ruinas dichosas dejamos en la carne.
Acércate infantil y muda con tu claro misal entre tus manos,
con tu infinita piel y tu caída soledad de lirio.
Acércate y circula por el tierno contorno del aire
en este día de forma triste.
Despójate de todas las vanas palabras,
aquellos ojos perdidos nuestros,
sólo descubrirán ahora el vaporoso traje del rocío,
(acaricia conmigo su húmeda ternura, su delicada huella,
la dulzura nocturna de su llanto)
Algo ha callado de pronto nuestros labios.
Algo mortal y tenebroso cae del calendario sin rosas de
tarde.

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Pórtico al otoño

Bajemos hasta el pálido hastío de las hojas
—es el otoño—.
Por su huella de polvoriento paso, por su roída travesía,
se escucha ahora el tránsito de su signo sin párpados.
Despiertan los cálices de la antigua ceniza, sus tenebrosos cirios.
Despiertan también en las continuas sombras de su reino,
con su arteria final, convaleciente.
Ahora ha de traer su amarilla comarca a las ciudades,
su glicina de lágrimas, su profunda soledad restituida.
Es el otoño que baja con espectral ternura,
su traje silencioso, sus bahías lejanas
y sus áridos brazos.
Es él, con su eterno calendario de envejecidas formas,
el que lívido asciende por un extraño pórtico
entre tristes materias y materiales yertos.
Por sus muros pluviales, la muchedumbre de aletargados jugos
puebla acaso la generosa memoria del verano.
Es el otoño, con sus tristes vertientes enlatadas,
con su faz que finge escuálidos destinos,
con sus horas de mármol congeladas de sórdido silencio.
Son los dioses oscuros de su áspero lecho
ciñendo la cintura carnal de las desiertas ramas,
su alucinado gris sobre los témpanos.

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Día de la noche

Aquí se está llamando a las criaturas,
y de esta agua se hartan, aunque a oscuras.
San Juan de la Cruz

Lentamente el amanecer del silencio,
conquista las despiertas hojas, el secreto de las sombras,
el vaho de mi cuerpo, arrodillado y trémulo
y ese contorno agudo posado sobre el tiempo.
Enciende ahora por la sangre el cálculo final de su perfil desnudo,
el regreso del Día que quisiera ser la gracia de un niño,
con sus bosques, tiernamente perdidos en distraídas fábulas.
Los dedos, ahora unánimes, quieren asir la Noche, sus lejanos sabores,
el mortal movimiento de las cosas, su distraída zona de absoluto presagio.
Ahondemos el circulado mundo de su piel, su cauce de universo tranquilo,
la destruida raíz de su límite, su cántico de enigma venturoso.
Escucha. Todo ha roído su evidencia puramente secreta
el hueco de sus ramas, sus tallos redimidos.
Absorbe con beatitud perenne sus voces habituales,
su voluntad de agónica presencia,
el ritual desamparo de la Noche, su vaporoso cauce sin idioma.
Es la clara corteza de su forma, la que emerge de la bruma terrestre,
la que en las venas signa su sabor silencioso.
Deja ya los cultivos de la oscura simiente,
su flamante ramaje de lejana distancia.
Oye su voz de secretos laúdes, de cauteloso polvo, de vergel eucarístico,
la aventura de pavorosas manos, con su maciza espuma de aroma voluntario.
Escucha, sin embargo, algo gime aun con devota nostalgia, mientras cae su Voz.

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