domingo, 13 de julio de 2014

Romilio Ribero

Nació en Capilla del Monte el 16 de julio de 1933 y murió en Córdoba en 1974. Poeta y pintor autodidacta, su biografía, entre mítica y real se pierde en anécdotas de magia, extravagancia y locura. Su obra, con influencia del realismo mágico o fantástico, ha ganado relevancia por su elevada calidad estética. Su poesía comenzó a rescatarse y redescubrise en los 90, gracias al tesón de su compañera Susana Sumer y a la apuesta editorial de Alción, que ha asumido la publicación paulatina de su obra completa. "Las mujeres, las magias", "Imago mundi" y "Familiares y sortilegios" son algunos de los títulos ya editados Publicaciones: El tema del deslindado (1961), Libro de bodas, plantas y amuletos (1963) y Libro de los misterios (1993).

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EL TEMA DEL DESLINDADO

Ed. Alción, Córdoba 1985.

Relato del pródigo

Encuentro que ya nada puede justificar este destierro.
Tengo que rescatar, no por perdón ni orgullo
aquellas lejanías, donde la luz disputa su límite mortal a mi memoria.
Ahora estoy sin defensa entre estos muros.
Es inútil cantar, no lejano de mí, sin bandera ni signo
Todo está sin historia.
A quién debo llamar en circulares noches extrañísimas,
por tan triste ciudad, ya condenado a padecer sus días.
(...)
Encuentro que ya nada puede justificar este destierro
se hace noche y día sobre esta tierra de nardos victoriosos
alucinado y hondo país de amapolas, de pájaros,
con sus muertos que abismas mi memoria con tan remoto fuego.
Aún sigo como el pródigo perdido que ha grabado su nombre en las arenas.
Y piensa regresar un día, con sus labios nocturnos en el viento.

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Desde la soledad del Sur

Existíamos por las costumbres naturales;
por la continuación de los días entre perfumes heredados del viento:
por palabras que pronunciaban la soledad y la
permanencia de los oscuros otoños;
por las fechas fieles del amor en memoriosas tardes;
por algún nacimiento y algún instante de vivir la muerte
y la plena vigilia de la noche humillado la tierra
acrecentando el canto para el lujo final de los olvidos.
Eran ciertos los hombres de la inaudita patria que sabían
que toda la ternura del mundo es un racimo,
y el amor la sustancia de los cielos,
reino de toda luz.
Aquel mundo de fábula hoy vuelve a mi memoria
con hondo mediodía
cuando rabia del viento en los confusos mundos de
los médanos
tocaban lejanías para salvar maderas de la niebla,
porque allí entonces alguien se bebía el verano que
bajaba en los frutos;
o tocaba campanas desde el fondo del viento
despreocupadamente!
Quien llegó hasta nosotros ha conocido la aridez
del sueño
la inexplicable mutación del cielo donde yacen los
pájaros
las hierbas que crepitan en los densos otoños de
cosechas;
la luz que alza del polvo los enlutados pies de algún
llorante.
Existíamos por el mar que era un niño ordenándolo
todo;
por aquel firmamento que lloraba fragancias entre
los animales;
por círculos de nardos donde un niño guardaba su
memoria,
por el rumor que alzaban las ciudades de grillos y de
abejas.
Sobrellevábamos el grito de la soledad hacia nuestro
propio olvido.
Los dioses del sur que regresan después de las lluvias,
los agostos de crueles remolinos,
los jinetes oscuros que llevaban caballadas sedientas,
los astros regidores de las resurrecciones y las
putrefacciones
reconocían la mansedumbre de nuestros ojos,
la paz eterna del corazón, la justificación de las
derrotas.
Eran ciertas las muertas estaciones, la abierta
eternidad
con confusos desorden de coronas, maderas y velorios,
las puertas que sucumben ante las implacables
lejanías,
el cielo con sus zumos de secretos retornos,
aquel país de arenas, de moluscos, de gaviotas
sedientas
que bajaban a la dulce seguridad de las manos del
niño.
Existíamos como los días de algunos renovados
otoños;
Como los trasparentes nacimientos de algunas
mariposas
tratando de sabernos en la tierra con crepúsculos,
lluvias, laberintos.
Desmedidas fueron las palabras que nos dieron su
adiós en una tarde.
Desde entonces vivimos en las llorosas grietas del
olvido.
Sabemos que el recuerdo es una larga rosa que hace
sombra
a tan marchito cuerpo.

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ANTOLOGÍA DE LA POESÍA MODERNA DE CÓRDOBA

Prólogo, selección y notas de Martín Sosa. Ediciones Morena. Córdoba. 1986

El que memora
A Emilio Sosa López

¡Estará anocheciendo en una patria que amo!
Caerán a esta hora sobre todas las hierbas cansadas de luz
flechas del otoño obstinado en su inacabable perfume.
Irán los ríos creciendo hacia los remotos pueblos.
Volverán por el cielo las bandadas de garzas.
La muerte diaria será una noche de interminables ritos
y de fuegos,
todo dependerá de la cíclica luna
y nacerán los niños desde el fondo celeste de la atmósfera.
Estará cayendo la noche-niña, la noche de los ladridos,
la noche de los perdurables milagros:
se convertirán las mujeres en fabulosas aves que espantan los viajeros,
volverán los carruajes de los muertos cargados de azucenas
y tejerán los astros por el cielo su interminable ruta.
Descenderá la noche hacia los sitios del extraño fuego,
medirá las horas de la soledad en sus dormidas vestiduras;
tendrá por fin esa grandeza oscura de un ritual paraíso.
¡Dirán sus huéspedes las oraciones del día y yo quedaré lejos!
Me habrán olvidado como si no tuviese vida ni muerte.
Como si estuviera no nacido
y jamás hubiese posado mis manos sobre las tristes
puertas del ocaso
y tampoco cantado en despiadadas lluvias que atestiguan mi rostro.
Rezarán por los árboles quemados, por los niños que
cumplen su soledad debajo de rosales memoriosos;
por las madres consumidas por mandato de Dios;
por los caballos que han devorado los perros,
por las ánimas que se levantan del oscuro territorio de
herrumbrados follajes,
por las lluvias que no llegaron y las sequías asoladoras,
por alianzas que traen sus redes de agonía,
por costumbre nomás de saberse olvidado de niños y
heredades,
por todos los que dejaron un lugar vacío en la casa,
un penetrante olor a deshojado ramo
y un nado en las guirnaldas que aún penden en paredes
desoladas.
Estarán ahora llevándose la mano a los sagrarios.
Buscarán en las visiones de su árido día la justificación
de la existencia;
contarán a los niños que hay en el sur un duende que
es nieve de paloma, que canta de calandria,
que escapa en la llanura en forma de celeste remolino
y se guarda en el río o entre los pastizales para cazar la
luz del alba.
Relatarán los últimos acontecimientos de la tierra:
Algunos vieron ya cruzar la primera majada del otoño
sin llevar los jinetes;
otro dirá que la estación no es propicia para el perfume
ni que los enjambres se colmarán para el invierno.
Otro memorará verdes tablones donde descansa el padre
en perpetua estadía;
y el más joven quizás cantará convocando golondrinas
porque en su cuarta luna la mujer guarda leche.
Las niñas esperarán, esperan a la torcaz del cielo,
a los gitanos que desde hace muchos años no llegan
para danzar por los llanos,
para juntar mariposas en el trigo
para ir hasta las playas con sus huecos tambores y sus cantos.
Estará anocheciendo en algún país que eternamente vivo!
Ninguno de sus seres recordará mi voz de solitario.
Pasarán los días con sus renovaciones, sus naufragios de
flores, sus ciclos de fragancias.
He dispuesto mi exilio entre duras ciudades de máscaras,
muertes, soledades,
hospitales, cotidianas flores disecadas.
Me habrán olvidado como si no tuviese vida ni muerte.

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Hablo del abandonado

This is the desert, this the solitude.
Young

¿Qué suave voz aún lo denomina en su mandato de tierra?
¿Qué inviolada quietud lo vive entre las muertes
desvestido por fin de la ciudad inmensa que devoró su rostro,
sin guardar un instante en su memoria
esos días del sur donde la infancia fue de viento victorioso?
Quien le hable quedará retenido en países de sus relatos,
donde suaves muchachas ven regresar las lunas
con las savias secretas, los árboles del loto, la flauta del otoño.
¿Y de dónde te escuchamos hablar que no sea del cielo,
oh! clamante perdido entre los infernales paraísos del hombre?
Nada es posible para la salvación del implacable olvido.
Retornarás a todas las ciudades con el peso del aire;
con los vivos instantes que tus ojos guardaron
en el extraño mundo de tus fábulas;
por ti, comprenderemos que hay un mundo de abuelos
y de niños
que hablan en la mañana con los peces terrosos de los árboles
y recorren llanuras donde la luz no tiene la presencia del fuego
ni en cada aniversario del amor destejen las coronas
que heredaron del cielo.
(Eras el solitario en el jardín terreno donde osamos vivir,
reclamando la ofrenda de nuestra salvación a cada instante.
Pero estamos oscuros entre la inmensa soledad y el ruido,
grises muros, carteles, ciudades sin piedad que nos devoran).
Mas, he vuelto por fin, a sus terrestres límites,
a su país, donde los astros rigen las dádivas del viento;
a sus leyes de amor, a sus misterios,
a sus extraños troncos de arenosas y fabulosas flores
que se alimentan de las nubes
y beben a las tardes caídas del otoño.
(Hablo de ti, oh! abandonado,
en esta hora de víctimas piadosas
porque ya nadie puede recordarnos).
Mis abiertas ventanas ven pasar a los hombres
que olvidaron sus cánticos y palmas;
si levanto las manos no quedarán cubiertas de frutos y
de abejas,
ni en mis ojos retendré los instantes primeros del verano,
con sus garzas que tiemblan en lo azul del crepúsculo.
Sólo puedo callar porque ante mi memoria la ciudad
infinita
crece con sus desgracias, sus muertos, sus domésticos
infiernos.
Me siento deshabitado de amor y de lucha
en este amanecer del desamparo.

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Los amuletos

Este es un lugar, donde nosotras las antiguas mujeres
del viento
guardábamos las piedras coralinas, lavadas con las plantas
del desastre.
Oh, cuando el mar traía riñones de unicornios
con el sólo conjuro de la sal
y el aceite de iguana y el pan de los leprosos
eran los comestibles de nuestras grandes barcas, cuando
íbamos cantando, como ardientes tormentas de flores
al crepúsculo,
viendo llegar la noche por las playas ansiosas con negros
remadores.

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El árbol de las pestes

Cuando el toro en el rumbo del cielo y al Hades baja
Isthar a buscar a Tammuz,
en ciudades del odio, sin las últimas aves de la música,
se van las muchedumbres con sus ramos de secos alelíes,
y olvidan aquel árbol de los lutos, bajo el cual, parejas
como jóvenes dioses, limpian sus cuerpos de la
muerte.
Y regresan, cantando, a las fiestas celestes del otoño.
Cuando el Toro se duerme con su amoroso peso en ostral del viento,
y el mundo inmensamente triste otorga los tributos de
cada año
los que viven debajo del árbol de las pestes
volcados, derramados, dulcísimos,
saben del poseído amor en sus cuerpos oscuros, donde
fue la hermosura la cadena terrestre,
y explican su destierro con esos largos vientos que arrojan
a sus manos los lirios de otro reino,
esas lluvias con telas y sortijas que perfuman harapos
como ardientes amantes, con máscaras de sales.
Y así miran sus rostros: Despojadas cenizas que los soles apartan
y se dicen: Fuimos creados por la tierra bellísima para
tener en los cálidos lechos esa carne del alba,
y pregonar, singulares otoños con estrellas y cánticos.
Pero aquí, desterrados de nuestras ciudades, bajo el árbol
con hojas dichosas como mágicas islas,
siempre miramos esa luna en moradas de sombra,
estos cuerpos cargados de algún pálido polvo de flores
que todo devora,
y oímos majestad victoriosa en ofrenda, al corazón,
como un ala apagándose en oscuro desierto.
Cuando el Toro retorna a su cueva donde solo el misterio lo asiste,
nosotros vamos a la hoguera, con sudarios de rosas y
amuletos,
como al final de un viaje donde crecen los cielos,
sin esperar esa noche de navíos en playas de seda donde
aguardan las arpas y los verdes caballos del hierro.
El árbol de las pestes cautivó nuestros pies en su tronco,
y acuchilla a la sangre en altísimo olor de la vida.
Y así crece en el centro del mundo sin historias de
muerte,
entregado al poniente, con su sombra habitada de deseos,
como una creación de la Hechicera sobre ardientes arenas del verano,
aquietando en sus ojos, buscadores, florales, incansables,
cuerpos para la alianza del amor castigados a fuego.

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