viernes, 8 de agosto de 2014

Sobre literatura de Córdoba


La Prosa Lírica

Antes de acceder a los textos de prosa, intentaremos ofrecer una definición genérica a fin de ayudar a posibles ecturas ante la carencia de bibliografía en torno a él.
Guillermo Diaz Plaja define la prosa lírica como: Toda entidad literaria que se proponga alcanzar el clima espiritual y la unidad estética sin atenerse a los procedimientos privativos del verso.
Estos "procedimientos privativos" a los que hace referencia, serían aquellos que se derivan de la métrica y la musicalidad del poema, ya que, de hecho, los recursos estilísticos que utiliza son compartidos por poesía y narrativa. A saber, detallamos: frases suspendidas, imágenes sensoriales (en especial, aquellas que destacan un interés por lo cromático), escenas en movimiento, fijación de lo fugaz, sentido de lo plástico, animismo y espiritualización de lo inanimado, personificaciones.
En Córdoba, la prosa lírica se desarrolla particularmente a partir de la obra de Arturo Capdevila y con un antecedente muy relevante y próximo: el '98 español en su sentimiento de unidad del hombre con la tierra. El modernismo (pensemos en Lugones y sus Romances del Río Seco de 1938) recupera, elabora y desarrolla esta línea.
Otro antecedente es la generación española del '27: El romancero de García Lorca y los personajes de España pintados por los hermanos Machado, rescatando detalles a manera de sinécdoque de la tierra.
Nótese que desde el inicio la prosa aparece en alianza con el testimonio del paisaje de Córdoba. Nacen en unidad prosa y tema. El paisaje de Córdoba es una de las temáticas elegidas con mayor frecuencia por los prosistas, paisaje no sector demarcado de superficie o trozo de naturaleza sino espacio SENTIDO y vivenciado por alguien en determinado momento. Puede ser individual o colectivo, pero la particularidad es que tiene algo de epifanía o de revelación, un centro de referencia donde lo material deja de ser para trascender a otro plano. Por lo tanto, el paisaje se convierte en un medio de plenificación de hombre (plenificación en tanto resulta de la armonía del hombre, el paisaje y la naturaleza).
En tanto plenitud se identifica, el espacio con el paraíso. Si habitar el paraíso conlleva su posesión, la opción negativa se podría relacionar con la idea de la culpa, la caída, la ajenidad, la pérdida. Todo esto genera, en relación a él, los temas de la añoranza, el dolor, la nostalgia y las isotopías relativas al ser/no ser, estar/no estar, pertenecer/no pertenecer. Córdoba ciudad, Córdoba provincia en sus sierras, barriadas, plazas, balcones y almacenes. Los puentes, el Río Primero, sus campanarios e iglesias son rescatados para sus pobladores en el afán de que sean vistos, observados, sentidos. En esta escritura, los autores convocan al amor al terruño y al sentido de pertenencia física y metafísica a un lugar.
Retomando el asunto de la prosa lírica, además de los mencionados textos de Arturo Capdevila , construyeron el género en Córdoba, Juan José Vélez con sus Estampas serranas (1934), Juan F. Caferatta retrotrayéndonos con nostalgias De la Córdoba del ayer(1949), Jorge Vocos Lescano y en El tiempo más hermoso (1959) Francisco Colombo realizando un detalle pormenorizado de la naturaleza en Las cuatro estaciones. Alabanza al paisaje de Córdoba(1987) y Oscar Caeiro, más recientemente, con sus Figuras(1993), todos descubren y ayudan a descubrir el espíritu de Córdoba en su paisaje y sus detalles constitutivos.
Fuera de la temática espacial, merecen leerse textos como los de Eugenia Cabral, De iras y fuegos(1996), la hermosa colección de relatos de Rosalba Campra en Formas de la memoria(1991) y Daniel Salzano en Los días contados(1996), libros que plantean otras temáticas complementarias al ámbito urbano.
La prosa histórica, por otra parte, evocación y testimonio del pasado, es representada por Julio S. Maldonado, escritor de principios de siglo XX, quien escoge motivos, personajes, acontecimientos del pasado pintoresco lejano y perdido en la gran urbe de cemento. Idéntica actitud es posible encontrar en las Memorias de una ciudad chica (1978) de Jorge Orgaz.
Azor Grimaut, otro cronista, propone a sus relatos como guardianes del pasado, por ello, a través de ellos, testimonia formas de vivir la cotidianeidad que existen en Córdoba. Su interés no se focaliza en lo literario, sino que usa la literatura como recurso para dejar su versión sobre los sucesos que pervivirán a través de sus letras. Con mayor acercamiento hacia la historia y documentación sobre los hechos, Efraín U. Bischoff también acuerda en el espíritu cordobés presente en leyendas, sucesos, personajes, protagonistas y anécdotas, recreadas por el autor en numerosos textos.
La prosa ensayística propone textos que tal vez no acerquen directamente a la temática de Córdoba, pero sí, dejan en claro un punto de vista cordobés o muestran lo que al habitante le interesaba, gustaba o preocupaba.
Esta forma literaria también integró las lecturas de los cordobeses. Su máximo exponente ha sido Martín Gil sin descuidar la presencia de Deodoro Roca en su Las obras y los días (1945).
La obra, las obras, de estos escritores, elegidos entre muchos no señalados por razones de espacio, ha ayudado a apuntalar el edificio de nuestra casa cultural y del horizonte cordobés de nuestras vivencias; por ello importa el reconocimiento, tanto de parte de los habitantes locales como de aquellos que desde su condición de extranjería quieren profundizar las miradas sobre esta región. A la hora de proponer una visión de la literatura de Córdoba, es imprescindible no dejarlos al margen. Ellos han sido y están entre los protagonistas del quehacer de la escritura.

 Bibiana Eguia


La Poesía en Córdoba

Acaso alimentada por el ejercicio de una aplicada tradición, la crítica señala con
insistencia el curso de la poesía de Córdoba.
El origen, inequívoco, está en la figura de Luis José de Tejeda (1604-1680),
considerado como "el primer poeta argentino" aún cuando en el siglo XVII no era
nuestro país sino un vasto territorio virreinal sin otra identidad que no fuera la del
trasplante hispánico. Primer poeta argentino de una Argentina todavía no fundada,
desde ese pórtico barroco Tejeda marca un inicio y anuncia un prolongado silencio
de más de siglo y medio en el cual "sobrenadan algunos pocos nombres, ya en
plena alta mar del acaso merecido olvido", al decir del poeta Marcelo Masola en su
Poetas de Córdoba-antología, obra culminada en 1973 y publicada recién en 1995.
Seguramente no será equivocado imaginar en esos años el prolijo ejercicio
perceptivo al que la poesía estaría monacalmente destinada: ejercicios en claustros
y relativos a circunstancias religiosas, familiares o festivas acotadas al espíritu de
intramuros, que no alcanzarían –más allá de su valor arquitectónico- para definir
un cuerpo identificable y propio.
Lejano a aquel pórtico hispánico de Tejeda, recién a fines del siglo XIX, la obra de
Leopoldo Lugones (1984-1938) comenzará a hacerse escuchar definitivamente. Y
ya en las primeras décadas del siglo XX, se sumará a la producción creciente de
Lugones, la poesía de Arturo Capdevila (1889-1967) y, con un alcance discreto –
por su estética más dificultosa y menos concesiva- los poemas vanguardistas de
Alfredo Brandán Caraffa y los de Juan Filloy, polígrafo y prolífico autor nacido en
1894 y fallecido hace pocos meses, en julio del 2000.
Recién hacia mediados de siglo, coincidente con el florecimiento poéticos
producido por la “Generación del 40”, la poesía alcanzará un volumen destacable.
Por esos años se verifican las obras de dos poetas mujeres: María Adela
Domínguez (1907-1963) y Malvina Rosa Quiroga (1900-1982), impregnadas –
aunque con disímiles resultados- del aliento neorromántico de la época. Lo decisivo
será la presencia del poeta entrerriano Alfredo Martínez Howard (1910-1968)
quien, largamente radicado en Córdoba, alcanzará con su puro lirismo uno de los
puntos más altos de la poesía Argentina.
En 1950 se publica uno de los libros fundamentales de la poesía cordobesa: Noche
y día, de Marcelo Masola (1915-1984). Es el primer título de una obra breve pero
profunda y rigurosa que hará de su autor uno de los mayores exponentes de la
lírica de Córdoba.
En la década comprometida entre mediados de los 50 y mediados de los 60, la
ciudad adquiere una fisonomía moderna, fruto del desarrollo industrial y de la
exposición demográfica. Los estudiantes por su parte, siempre importantes en la
cultura de Córdoba como lo demostró la Reforma Universitaria de 1918,
acompañarán a esta nueva ciudad que se sumará -como por transparencia- a
aquella vieja aldea colonial cuyos atributos nunca fueron totalmente opacados. Lo
nuevo no clausura lo anterior; la ciudad que se abre hacia otros aires y
complejizándose da lugar a expresiones variadas. Son los años de Laurel-Hojas de
poesía, cuidada publicación periódica dirigida por el poeta Alberto Días Eagú, en la
que aparecen textos de autores como Lilia Perrén de Velasco, Alejandro Nicotra,
Osvaldo Guevara, Enrique Menoyo, Jorge Vocos Lescano, Rodolfo Godino, José
Alberto Santiago, poetas que tendrán importantes desarrollos y formarán el
conjunto vertebral de la producción lírica cordobesa.
Otro grupo importante es el formado alrededor de “La campana de fuego”,
colección de la Editorial Assandri. Los poetas cercanos no sólo producirán su obra
sino que se manifestarán especialmente interesados en la traducción poética.
Formarán este núcleo de inquietudes intelectuales diversos pensadores y escritores
como Alfredo Terzaga, Carlos Fantini, Agustín Larrauri, Enrique Caracciolo Trejo,
Marcelo Masola.
Son los años de las obras de Enrique Revol, Emilio Sosa López y de los dos libros
publicados en vida por Romilio Ribero (1935-1974), un poeta que integra al paisaje
lírico cordobés elementos de la estética surrealista. Hacia mediados de la década
del 60, comienza a publicar Osvaldo Pol (1935) y aparece Sucesos, libro de Ofelia
Castillo (1936) que de alguna manera hace emerger la ciudad en la poesía de
Córdona, vista desde una perspectiva menos tradicional, más contemporánea a la
sensibilidad existencialista de los jóvenes de entonces.
Un dato importante es la proliferación de grupos literarios, de pequeños cenáculos
informales en los que se hablaba con pasión del poema; uno de ellos es el “Taller
del escritor”, dirigido por el poeta y periodista Francisco Colombo.
Las décadas del 70 y el 80 serán de expansiones y retracciones sin duda
relacionadas con el agitado clima político, ideológico y social. Cada vez será más
importante la producción de poemas redactados por mujeres, las que cada vez
adquirirán mayor madurez, dejando atrás una perspectiva estética propia de
“poetisas” a la que había sido confinadas por una crítica tradicional y rígida, y a la
que muchas de las poetas anteriores habían contribuido. Por entonces, se está
escribiendo una de las obras de mayor riqueza y fuerza expresivas: es la de Glauce
Baldovín (1928-1995), cuya producción comenzará a ser publicada a partir del año
1986.
Hacia los años 90 la industria editorial y el discurso crítico acerca de la poesía
cordobesa, crece. Y este crecimiento hace compañía a lo aportado por los
escritores. Aquí sólo se trata de sugerir las líneas principales, de señalar algunos
de los inevitables protagonistas. Queda la tarea del tiempo y queda la función de
la crítica que, es de esperar, se libere de tradiciones y automatismos y logra ver la
real dimensión de un ámbito importante de la cultura de Córdoba: el ámbito del
poema, el espacio del poeta.

Lic. Julio Castellano.


La Narrativa en Córdoba

Como arte del relato oral, sin duda es azaroso fechar los orígenes de una narrativa de la
que en Córdoba no han quedado testimonios fidedignos, al menos hasta dónde éstos han
sido relevados y estudiados. Sí es posible aventurar la hipótesis de que la rica oralidad
cordobesa actual- que en una de sus variedades, el humor, nos ha dado una fama y una
popularidad que trascienden los límites provinciales-, es el resultado de un proceso de
sedimentación en el que se han acrisolado usos lingüísticos, giros expresivos y prácticas
sociales y culturales cuya fusión ha originado un productos verdaderamente original. En
lo concerniente a las obras conocidas e integradas acabadamente al canon literario, ya
en Luis de Tejeda (1604-1680) en su libro de varios tratados y noticias se combinan los
registros de la poesía, la autobiografía, la exégesis religiosa y ciertas formas de
narratividad en un texto de configuración miscelánea en el que el “pacto
autobiográfico” está signado por la ideología barroca del pecado, la culpa y la
expiación. Así, es posible afirmar que en este libro fundador de las letras argentinas se
hallan los gérmenes de la narración estética, pues en él se incluyen fragmentos en prosa
que contienen tanto meditaciones de asunto teológico o doctrinal como pequeños relatos
que recrean episodios de la historia sagrada de María y Jesús o que refieren sucesos
históricos o anecdóticos contemporáneos al autor, como es el cado de la “Relación de
la fundación del Convento de Religiosas carmelitas descalzas de San Joseph” en la
ciudad de Córdoba.
Antes de la consolidación de una tradición narrativa, hecho característico de mediados
del siglo XX si se exceptúa la obra solitaria de Filloy, el segundo hito de relieve es sin
duda la escritura de ficción de Leopoldo Lugones (1874-1938). Los relatos de Las
fuerzas extrañas (1906), el gran fresco épico de reconstrucción histórica de La guerra
gaucha (1905) y la novela El ángel de la sombra (1926) conforman un tríptico en el que
los mayores méritos literarios en el género corresponden, en nuestro criterio, al
fantástico mítico, metafísico y de anticipación científica que este autor elabora con
destreza formidable en el primero, donde se incluyen cuentos de perfección pocas veces
igualada en nuestras letras.
En forma coetánea a la producción lugoniana -recordemos que Lugones se traslada a
Buenos Aires a los veinticinco años –se desarrolla lentamente en Córdoba capital una
literatura realista y costumbrista de ambientación rural o urbana en cuyo marco se
inscribe, con un giro peculiar, el fenómeno del surgimiento y la decantación de la
crónica como especie genérica típica de la época que, en ciertos escritores, adopta
modalidades expresivas afines a las de la prosa poética.
Como ejercicio de autoafirmación localista, esta variante textual nacida en la matriz
discursiva de la historiografía combina por igual en su formato híbrido elementos
tomados primariamente de esa fuente con otros procedentes del campo literario –como
es el caso del cuadro de costumbres, la autobiografía, el testimonio existencial y
vivencial y, en algunos casos, los procedimientos de ficcionalización-. Esta conjunción
de modalidades genéricas apunta, en su contenido, a la construcción de la memoria
tanto individual como colectiva y en el caso de esta última, se trata del acervo histórico
de una ciudad y una provincia cuya identidad particular se halla en vías de la
consolidación. Autores como Julio Maldonado (La Córdoba de mi infancia), Martín Gil
(Prosa rural), Jorge Orgaz (Memorias de la ciudad chica) y, más tarde, Juan Filloy
(Esto fui) evocan la Córdoba cotidiana de la capital o del interior a través de relatos o
cuadros descriptivos a veces pintorescos que enfatizan la relevancia de la anécdota y el
color local, intentando a pesar en imágenes la inmovilidad transitoria del flujo
interminable de la vida. El lenguaje, en muchos de ellos, recure tanto a formas
hispánicas castizas como a variantes lingüísticas locales que comienzan a ingresar
paulatinamente en el sistema discursivo de la literatura culta. Igualmente y con gran
éxito de público, se despliega por esos años la obra narrativa de Hugo Wast (Gustavo
Martínez Zuviría), con textos como Desierto de piedra, de gran difusión en los medios
consagrados a la enseñanza.
En la década de los treinta, en ediciones de autor de cuidada factura, comienza publicar
u escritor cuyo reconocimiento será errático y tardío y no llegará a valorarlo en su justa
dimensión: Juan Filloy. Proteico, transgresor y multifacético con su propia obra, este
autor –cuyo talento lingüístico como renovador del idioma es comparable sólo al de
Lugones- produce en esta época tres novela que, en opinión de ka crítica, son las que
acuñan de un modo definido y ejemplar el “estilo Filloy”: Estafen (1932), Op Oloop
(1934) y Caterra (1937). A los ocho libros editados en esta década y luego de un
silencio de casi treinta años, Filloy sumará, a partir de los 70, una producción que, en
todos los géneros literario y con una estética que conjuga audazmente los recursos del
modernismo, el ultraísmo, el naturalismo y las corrientes de la vanguardia en una
síntesis única y personal, totalizará cerca de cincuenta volúmenes, de los que se ha
publicado sólo una treintena.
Radicado en Córdoba, su ciudad natal, desde 1988 y luego de una dilatada residencia en
Río Cuarto, en el sur de la provincia, Filloy expone en su trayectoria la doble exclusión
de un autor “de frontera” que aceptó el desafío de escribir “desde el interior del interior”
y lo convalidó con una ética profesional irreprochable. Falleció en Córdoba, el 17 de
julio del 2000, auroleado por el mito de narrador elusivo, extravagante y genial, hecho
que alimentó en torno a él la curiosidad pública pero no le deparó mayormente el éxito
lector.
También en esta década, a los 24 años publica su primer novela (Vigilia, 1934) un
narrador y ensayista nativo de Córdoba y emigrado de ella a temprana edad, Enrique
Anderson Imbert (1910), quien, con el correr del tiempo, descollará como docente y
crítico literario especializado en literatura hispanoamericana, con una brillante
trayectoria en diversas universidades norteamericanas. En la escritura literaria, este
estudioso del cuento en su teoría y en su técnica, registra una copiosa producción cuyos
mejores logros corresponden precisamente a su cuentística en el género fantástico.
Como miembro notable de la promoción literaria del 40, el puntano Polo Godoy Rojo
(1914) desarrollará en nuestra provincia el sector más importante de su producción
narrativa; así, ya en esta década publica sus primeros poemas (Tierras puntanas, 1945)
y de cuentos (El malón, 1947). Godoy Rojo, será un autor laureado en diversas
oportunidades desde los 60 en adelante, época en la que ya reside en forma definitiva en
Córdoba. Las novelas Campo gaucho (1961), Donde la patria no alcanza (1977),
Secreto Concarán (1984) y los Cuentos de Conlara (1979) jalonan con sus tramos
relevantes una obra tan extensa como prestigiosa, y que se halla hoy en plena madurez
creativa.
La década del 50 registra, en lo literario, tres acontecimientos de interés: en primer
lugar, la publicación del primer volumen de cuentos Enrique Luis Revol, Conspiradores
todos (1954), que será seguido por Los intrusos (1967) y la novela Mutaciones bruscas
(1971). Más conocido por su actividad como docente, ensayista y traductor, este
brillante intelectual cordobés cultivó una literatura muy depurada y de múltiples
intertextualidades, abundantes citas y referencias eruditas.
Luego, en 1955, se traslada a Europa para radicarse definitivamente en París otro
escritor cuya celebridad se halla en franco crecimiento: Héctor Bianciotti. Nacido en el
interior de la Provincia, en cercanías de Villa del Rosario, su consolidación como
narrador comienza con la novela Los desiertos dorados (1975) y se afianza con una
decena de títulos de una exquisita factura estética que lo han transformado en uno de los
escritores argentinos más premiados y de mayor trascendencia internacional, a lo que se
añade su meritoria designación como miembro de la Academia Francesa (1996).
Sobre el fin de la década, Daniel Moyano (1930-1992), por ese entonces radicado en
nuestra ciudad, gana el premio Assandri con su libro de cuetos Artista de variedades
que será publicado el siguiente año. Tanto riojano como cordobés por adopción,
Moyano, uno de os referentes máximos de la literatura argentina contemporánea
ofrendará a Córdoba una bellísima novela que recrea u imagen a través de una
admirable topografía poética y simbólica: Un luz muy lejana (1966).
Los 60, como época histórica, marcan la continuidad de la literatura regional en la
figura de Jorge Washington Ábalos. Científico y literato nacido en la Plata, gran
estudioso de la biología, contribuyó a nuestras letras con una obra de notable difusión
popular compuesta, en general, por pequeñas acuarelas descriptivas. En ella s destaca
entre otros textos, Shunko.
En otros campos más acordes a la línea experimental y de vanguardia, surge un
conjunto de autores que manifestarán coherencia y madurez de producción muchos de
ellos hasta entrados nuestros días. El más relevante en el orden nacional e internacional
es Marcos Aguinis (Cruz del Eje,1935) médico, psicoanalista, conferenciante y escritor
de fuste con novelas como La gesta del marrano (1991), quien inicia su carrera literaria
con Refugiados: crónica de un palestino (1969) y gana en 1970 el Premio Planeta por
su novela La cruz invertida.
A estos textos de Aguines, cuyos méritos están avalados por una extensa y consagrada
trayectoria, en preciso sumar las primeras narraciones de un grupo de escritores que
cultivan el realismo mágico o e fantástico y que verán acreditada su labor con
numerosas distinciones: ellos son Pedro Adrián Rivero, cuyas hermosas novelas
ambientadas en lo maravilloso serrano-como Los gallos del diablo de 1995- aparecerán
entre veinte y treinta años después; Rubén Alonso Ortiz, nativo de Paraguay, autor de
intensa y original escritura que publicará su premiado Tres cuentos en 1971 y Sebastián
González, eximio artesano del fantástico literario, de obra inédita en su mayor parte
pero galardonada en diversos certámenes, director de las revistas Mitos y Monólogos en
la década del 70. igualmente, ensaya sus primeras armas en el campo de las letras el
jujeño Raúl Dorra (1937), estudiante y luego docente de literatura en nuestra
Universidad, actual residente en México, que evocará la Córdoba violenta de los 70en
su admirable novela corta Donde amábamos tanto (1994).
Por primera vez de un modo trascendente que redundará en obra y divulgación, irrumpe
en esta época en Córdoba la narrativa escrita por mujeres. A la figura sobresaliente de
Ofelia Castillo y más tarde de Glauce Baldovín en poesía, es necesario adjuntar las de
Laura Deventach, luego consagrada a la literatura infantil, la cuentista correntina Daysi
Mocetti y Tununa Mercado, exiliada en México en 1976, actualmente en Buenos Aires,
que alcanzará notoriedad con textos como Canon de alcoba (1988) y La letra de lo
mínimo (1994). En otros órdenes se destacan el excelente cuentista Juan Croce,
fundador de la revista Comarca y de la serie El taller del escritor, Alberto Boixadós,
docente, investigados y ensayista que incursiona primero en la poesía y más tarde en la
novela con su Siembra de silencio (1978), cuya acción se ubica en las sierras de
Córdoba y, en Río Cuarto, el conocido teorizador de la estética y la preceptiva del
cuento Carlos Mastrángelo, con otras como Barrolimpio y En la orilla del mundo.
En los albores de los 70 surge en nuestra ciudad el grupo literario La Cañada, “uno de
los esfuerzos más sostenidos y orgánicos para consolidar el género narrativo” . En el
marco de una producción orientada, en términos generales, sea hacia el realismo
psicológico costumbrista, sea hacia el fantástico metafísico de inspiración futurista y
científica, algunos de los integrantes del grupo recibieron la consagración de
importantes distinciones: así, el premio Emecé fue otorgado a Maximiliano Mariotti por
Pequeño molino del ocaso (1974), novela de anticipación que describe un mundo
posible amenazador y sombrío en el que los acianos serán eliminados inexorablemente;
a Juan Coletti en 1978 por El jardín de las flores invisibles, texto de género renovador
que configura una secuencia novelada de relatos de acendrado tenor lírico y simbólico,
en los que se plantean diversos temas científicos, esotéricos y metafísicos; y a Renato
Peralta con su novela Cadena de felicidad, evocación de infancia cuya trama se
entrelaza a través de la circulación de carta y mensajes, trabajada en una prosa límpida,
fresca y concisa en la que menudean los toques humorísticos; y, en el caso de Carlos
Gilo, deben mencionarse los variados reconocimientos que obtuvo por El arcángel del
silencio (cuento, 1975) y La sombra del águila (cuento, 1981). Se trata, en todos los
casos, de autores con una obra madura, consistente y estable, que ha crecido y
evolucionado a lo largo del tiempo. Otros integrantes del grupo fueron Víctor
Retamoza, destacado historiador; César Altamirano-cultor del relato humorístico- y José
Aldo Guzmán, doctor en Letras y estudioso de la literatura local, quien publicó en este
período el libro de relatos Barranca (1971).
Igualmente, actuaron en forma esporádica con el grupo o lo integraron Avelino
Scaraffa, Carlos Squire (Un recuerdo para Jean, 1973), Francisco Colombo (v. la
sección “Prosa poética”) y Bienvenido Marcos, médico, periodista y escritor, autor de
Pelusa: relatos de suburbio (1973). Entre as antologías más conocidas de esta
agrupación es menester citar Córdoba narra (1980), Cuentos de la Cañada (1983) y
Alguien narra ala sombra de las tipas (1992).
En esta década, inicia su trabajo de creación literaria con Daimon (1975) el novelista y
diplomático Abel Posse. Si bien este escritor no reside habitualmente en Córdoba, es
preciso hacer notar que posee una actuación relevante en el ámbito nacional e
internacional, hecho que lo hizo acreedor del premio Rómulo Gallegos por su novela en
torno a la temática del descubrimiento y la conquista de América Los perros del paraíso
de 1982.
Otro narrador, médico y poeta hoy residente en Francia, Bernardo Schiavetta, recibe en
1971 el Premio La Nación por tres relatos, entre ellos, “Gregorio Ruedas”, que cuenta
en forma de diario de género fantástico-extraño ciertos hechos sorprendentes ocurridos
en Córdoba a fines de los 60. Finalmente, un tercer emigrado, Luis Guillermo Piazza,
abogado y funcionario de la OEA radicado en México, escribe por esos años dos
novelas cortas, Laa mafia y La siesta, esta última basada en recueros de infancia y
ambientada en las serranías cordobesas.
Los 80 traen consigo una renovación de la escena literaria que se intensificará en los
últimos años del siglo. El advenimiento de la democracia, la paulatina transformación
de las estructuras académicas universitarias, el fin de la censura y la represión generan
un impacto cuya profunda incidencia se advertirá con el correr de la década. Así, en
1982 se publica Hay cenizas en el viento, la compleja novela de avanzada del riojano
Carlos Dámaso Martínez, radicado en nuestra ciudad desde su niñez y hoy en Buenos
Aires, que tiene como trasfondo la época convulsionada del Cordobazo; y comienza a
emerger la temática de la violencia social y política, a manera de una reflexión creciente
y sostenida que se prolongará en el tiempo. Tres años después, se edita Libro de las
equivocaciones del escritor santafesino Guillermo Rodríguez, instalado en nuestro
medio desde pocos años antes, narrador y poeta que produce con esta obra un texto
singular en su factura, original en su tema y perfecto en su lengua.
En este mismo año de 1985 se publica Una hoja seca y otros cuentos de Alejandro
González, hecho que ya anuncia el arribo un inminente de la vanguardia de jóvenes y
talentosos narradores que irrumpirán en los 90, sale a la luz la primera novela El
derrumbe, del abogado y escritor Lucio Yudicello, a manera del primer paso en una
trayectoria que lleva cuatro títulos y gana el premio Casa de las Américas, Fernando
López, narrador y magistrado residente en San Francisco que, por el nivel de taento,
calidad y productividad de su obra constituye hoy un referente obligado del género en
letras cordobeses.
En 1987 se publica la única novela de Carlos Cabrera Álvarez Una pasión inútil que
plantea acabadamente la problemática del género sexual y de la búsqueda existencia de
los seres “diferentes”. Un año antes, Graciela Battagliotti gana el premio Luis de Tejeda
por su De muerte natural, novela intimista centrada en la recreación estética del
discurso de a mujer con sus miedos, angustias y frustraciones y, en la misma línea de
referencia a la temática de lo femenino o, en otros casos, a la ficcionalización de la
historia, comienza a extenderse y proliferar la escritura de las autoras cordobesas,
fenómeno que se acentúa aún más en la década siguiente. A la obra de María Mercedes
Ocón, premiada por su novela Traslasierra, la ciudad de los Césares (1984), es
necesario añadir la de otra pionera en esta dirección. Reyna Carranza, prolífica escritora
enrolada actualmente en la narrativa histórica, cuya producción abarca cuatro títulos que
se extienden desde Cinco hombres (1983), a La hija del caudillo (inédita). En el interior
de la provincia, otra mujer, Azucena Gribaudo, es galardonada por su novela policial
Para hablar de nuestros crímenes (1986), género en el que, en lo sucesivo, vuelve a
incursionar instaurando un estilo en el que no tendrá descendencia hasta la década
siguiente. Por otra parte, es preciso resaltar el accionar en estos años y ya desde fines de
los 70 del grupo de los “Escritores del Alto” con Antonia Izzo y Héctor de Lucio y
luego los “Escritores del Sótano” liderados por Pedro Adrián Rivero.
El último período contemplado en esta antología, los 90, reafirma, expande y otorga un
protagonismo peculiar a esta escritura femenina: luego del extraordinario éxito de
público de la ficción histórica en Como vivido cien veces de Cristina Bajo (1995), le
siguen la encantadora novela Stefano de María Teresa Andruetto, el meduloso trabajado
de Lilia Lardone en Puertas adentro (novela, 1998). Los dedicados relatos de Hélice
Vivanco en sus Cuentos de la provincia y de Susana Sutz en Emboscada (1998), y por
último las muy recientes novelas de Estela Nanni de Smania Los malaventurados y de
Perla Suez Letargo (2000), tratándose, en la mayoría de los casos, de autoras que se han
iniciado en la literatura infantil, género que cuenta en Córdoba con una fértil y dilatada
tradición. En esta época también se amplifica y se generaliza el fenómeno del escritor
letrado, pensador, ensayista y literato que complementa su labor creativa con los
estudios académicos en Humanidades y su trabajo en la docencia, el periodismo, la
clínica psicoanalítica o las tareas de animación y promoción sociocultural. Es el caso de
José Luis Bigi con una novela que recrea tonos y acentos del habla peculiar cordobesa,
Un guacho apellidado Paz (1990); de Gabriel Schapira, joven y talentoso cuentista y
novelista premiado por su Futbolera y otros cuentos de Sergio Campbell, psicólogo
autor de la finísima novela Trazos (1999), ambientada en la ciudad desvastada de los
años del proceso; de Daniel Teobaldi, crítico literatio y promisorio narrador fantástico;
de Diego Tatián, destacado filósofo e investigador, cuentista original en su reciente
Lugar sin pájaros (1998); de Carlos Schilling, poeta y periodista especializado en temas
de literatura y de estética y cultor de la narrativa de experimentación en su Dos
variaciones ; y de Antonio Oviedo, uno de nuestros mejores ensayistas, que en la
década anterior había iniciado una serie de publicaciones en cuento y nouvelle y en
estos años edita el volumen de relatos La sombra de los peces (1996). Es también el
caso, en el orden de lo femenino, de las autoras como Lilia Lardones, María Teresa
Andruetto y Graciela Battagliotti.
En una progresión generacional, tres escritores inauguran o consolidan en esta década
su trayectoria: Nilo Toya, fecundo novelista que trabaja el discurso experimental en sus
novelas Árbol solo y Crónica del hombre desnudo; José Scangarello, también relevante
por su labor como tallerista, formador de escritores y promotor cultural y, Enrique
Aurora, autor tanto de la novela policial Una noche seca y caliente (1994) como de una
abundante producción inédita de reconocida y consagrada calidad. En el ámbito de la
novela autobiográfica o de la autoficción logra también inéditas repercusiones Jorge
Barón Biza, con el Desierto y su semilla (1998) e, igualmente, constituye otro caso
excepcional el pasaje de la escritura dramática a la narrativa en el dramaturgo y director
de teatro José Luis Michelotti, autor de una gran epopeya histórica sobre la inmigración
en Argentina, la novela inédita Che gringo (2000). E 1995 publica su primer libro un
escritor que luego abordará el género del ensayo, Eduardo Rodia (Fotocuentos y otros
textos) y, dos años antes, en 1993, irrumpe igualmente con fuerza otra voz, la de Luis
Carranza Torres con su Los cuentos de fuego. Por último, entre los más jóvenes surgen
Andrés Dapuez en la línea vanguardista y posmoderna (Museo Dapuez, 1997), luego en
el circuito underground y en una orientación afín a estética tanto de Roberto Arlt como
de la beat generation, la obra narrativa del poeta nativo de Ballesteros Iván
Wielikosieleck (Almas mediterráneas, relatos, 1995 y Desarmadero de hombres,
novela, 1997), y en el interior de la provincia (Río Tercero), haciéndose acreedor a
diversos premios por sus cuentos, Sergi Colautto. En lo concerniente a grupos literarios,
el más estable es “El caldero de los cuenteros”, dirigido por la crítica Susana Chas y los
poetas León Vargas y Leonor Mauvesín, que publica su primera antología en 1994. En
cuanto al interior de la provincia, en la zona geocultural de Traslasierra publica su
primer libro Desde traslasierra (1992) José María Castellanos, diestro creador del relato
humorístico regional y de su picaresca serrana.
Si hasta la década del 70 tendencias estéticas podían unificarse en dos grandes alas, por
un lado el realismo regional y urbano con matices oscilantes entre el costumbrismo y la
representación de lo legendario, mágico y mítico y la indagación existencia o
psicológica y, por otro, el-fantástico en todas sus variaciones- lo extraño, metapsíquico,
la ciencia ficción, la anticipación futurista, la alegoría y la parábola de intención
metafísica-, desde hace por lo menos veinte años, la narrativa de Córdoba se ha abierto
a planteos innovadores. Sin desestimar la eficacia estética de los cánones fantástico y
realista que siguen manteniendo su prestigio y sus cultores, o aún inscribiéndose en
ellos o refutándolos, los nuevos escritores han introducido el discurso testimonial que
denuncia problemáticas sociopolíticas (Dalmaso Martínez, López, Campbel, Bigi,
Carranza, Aguinis, Posse, Boixadós, Rodríguez), el policial (Gribaudo, Aurora, López),
las reivindicaciones del género sexual (Cabrera Álvarez) y la experimentación con los
registros discursivos (Oviedo, Shapira, Lardone, Dapuez, Toya, Schilling). Estas
consideraciones –que no pretenden ser una clasificación sino una orientación- son sólo
estimativas, pues de hecho con la irrupción de la posmodernidad los objetos culturales
superponen y entrecruzan sus mecanismos constructivos, dificultándose su
categorización en una estética unívoca, si bien puede afirmarse que en la Córdoba de fin
de siglo prevalece un objetivo común en el que es posible cifrar grandes expectativas: la
preocupación por el lenguaje, la implementación renovadora de técnicas y
procedimientos discursivos, la indignación de afiliaciones, cruces e intertextualidades,
la reflexión sistemática, académica y ensayística, en suma, una vasta enciclopedia plural
que recupera aquello que, en toda literatura, es el motor de la creatividad y el talento; el
ejercicio autocrítico y consciente del propio oficio.

Lic. Patricia Rennella.



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