viernes, 11 de agosto de 2017

Martín Pinus

Escritor. Publicista. Docente Universitario.
Ha publicado los libros Adioses, Colillas y Estocadas (Alción Editora - Córdoba, Argentina, 2016); El fin de los ojos (Llanto de mudo ediciones - Córdoba, Argentina, 2015); Una noche sin luz en lo de Malena y otros cuentos peores (Badajoz, España, 2002).
Recibió las importantes distinciones: IV Edición Premios de Cuentos Ilustrados Organizado por la Diputación de Badajoz, España. Primer Premio. Edición del libro (Abril 2001); Concurso Literario de poesía y cuento para autores inéditos 1999. Organizado por la Dirección de Cultura de la Municipalidad de Córdoba, Argentina. (Premio Antología)(Noviembre 1999); Certamen de poesía Hugo Mandón Organizado por la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) Sede Santa Fe. Mención Especial (Noviembre 1999); Certamen Entresiglos Selección de poesías publicadas en la “Antología de Autores Latinoamericanos de Fin de Siglo”, por Pilar Ediçoes (Brasil) y Bianchi Editores (Uruguay) Octubre 1999; Premio “el interior y sus escritores” Selección de poesías publicadas en la Antología “El interior y sus escritores”, en 1999, por la Editorial Nubla, Bs. As., Argentina (Junio 1999) y  premio “Nicolás Guillen” IV Certamen Literario contra la Xenofobia, el Antisemitismo y la Intolerancia. Ayuntamiento Alcalá de Henares, Madrid, España (Diciembre 1998).
Participó de las siguientes antologías: Antología de poesía y cuento, Dirección de Cultura de la Municipalidad de Córdoba, Argentina, 1999;  Antología de autores latinoamericanos de fin de siglo, Pilar Ediçoes (Brasil) y Bianchi Editores (Uruguay), 1999 y  El interior y sus escritores, Editorial Nubla, Bs. As., Argentina.1999.

e-mail: mpinus@hotmail.com
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Del  libro Adioses, colillas y estocadas
Cuentos. Alción Editora - Córdoba, Argentina, 2016.

El cielo como lienzo final
Llegaste hasta la página 73 de El libro de las ilusiones, de Paul Auster. Después la operación, la terapia, los pulmones de mierda y el cajón, que si no me decía el negro Fabián, no me avivaba que una de las manijas me tocaba cargarla a mí.
Tiene un buen final, el libro, te hubiera gustado. Cine mudo. Chaplin. La quimera. Capaz que algún día cuando nadie me vea, te leo en voz alta lo que te faltó, por las dudas. A lo mejor, quién sabe.
Mirá que me gusta escribir a veces, pero la lapicera hoy parece una lombriz y tengo que parar a  cada rato para estrujarme los ojos como si fueran dos trapos.
En el velorio se ocuparon de que no hubiera cruces, cirios ni coronas, quedate tranquilo. Yo estuve un rato y me fui a casa con la excusa de que los chicos habían estado todo el día solos. Qué ganas de salir corriendo atravesando paredes que tenía.
Mucha gente, fue. Y unos personajes que sólo amigos tuyos podían ser. Pantalones manchados, desabotonados, camisas desprendidas, pelos revueltos y miradas perdidas; estuvieron un rato largo frente al cajón modelo París, con gesto serio. Escultores, me dijeron que eran, que habían venido directamente de la clínica o el hospicio donde estaban; si parecía que los hubiera traído Almodóvar en un auto naranja o celeste.
Deberíamos haber puesto Un americano en París, de Gershwin, pero nos acordamos tarde. Mariano llevó el cuadro de la mujer azul y lo puso en el atril, dominando la sala.
Tu hija, la más chica, dice que el sol no brilla igual desde el cinco de mayo, y no es metáfora escolar, si vieras sus ojos grandes con la mirada tibia cuando lo dice, dan ganas de apantallar el sol para que recupere las chispas. Yo a veces la trato mal, pero es para que no se embarre, si vos harías lo mismo.
Luciano está bien, Mariano no sé y a Paula le cuesta un poco más que un poco. La Teté es de roble. Antes de que las llamas morfaran el cajón, te aplaudimos, viejo, de pie, y yo apenas podía lograr que una mano tocara la otra y se me saltaban las lágrimas con una bronca bárbara, como cuando quise escribir el primer borrador de esta despedida.
Llevamos las cenizas a los gigantes y con sólo trepar cien metros de montaña me alcanzó para comprender por qué siempre te sentiste parte de esa maravilla, si dan ganas de ser piedra para vivir esa paz, para alcanzar ese grado de conciencia, ese silencio blanco.
Estiramos el ritual hasta que el agotamiento de las conversaciones y de la comida nos indicó que era hora de pegar la vuelta para buscar el mejor lugar para cerrar el círculo.
Lo encontramos después de unas cuantas curvas, bastante antes del cerro blanco. Se veía todo el valle agreste al frente, las montañas al fondo, el azul arriba. Empezaba a hacer frío. Habíamos quedado divididos en tres grupos cuando Mariano vació la caja, las cenizas se confundieron con las piedras y de la nada apareció ese cóndor gigante, planeando lentamente sobre nuestras cabezas. Adelante estaban Mariano, el Ale Rojas, Bernarda y Paula. Un poco más atrás estaban Ulises y Pericles en mis brazos y la negra Monti a un costado, y más alejados estaban Teté, Delia, Vicky, Martina, Lucía, Luis y Fabián; y empezaste a girar en círculos con esas tremendas alas de puntas salpicadas en blanco, despidiéndote majestuoso, confirmando con tu último dibujo allá arriba, acá adentro, lo que sospeché toda la vida: la poesía existe.


Oscar

Cuando me avisaron me dieron ganas de verte. Me gusta ver los muertos, no lo tomes a mal, si me hubieras conocido bien, sabrías que me gustan los velorios, siempre me gustaron y no por morboso, llamale interés antropológico si querés, estudio del hombre y sus circunstancias.
Pero no pude, esta vez tampoco pude.
Yo que odio llegar tarde a cualquier lado, que a la cremación de mi papá no llegué ni para apretar el botón de la cinta transportadora que lleva el cajón hacia el horno, para tu velorio ni tarde pude llegar, no me diste ni siquiera la oportunidad de verte.
Eso no se le hace a un hijo, por más que sea un hijo ganado de rebote, como las sorpresitas que vienen de regalo en los huevos kinder. Un hijo kinder podríamos decir, inaugurando una nueva categoría. Digo, yo no les haría eso a mis hijos.
¿Qué clase de vergüenza puede conservar uno después de muerto?
¿Se puede tener vergüenza de morir?
¿Es la vergüenza coqueta de ocultar un cuerpo arruinado, o la vergüenza de todo lo que evoca ese cuerpo en los que lo ven por última vez?
¿Por qué no un velorio? ¿Por vergüenza final? Yo, que tengo muchos velorios encima, te puedo decir que la imagen final no cuenta, todos los familiares e invitados llegan frente al cajón con una idea acabada de lo que hay dentro.
Hace más de diez años que no te veía, ¿qué te costaba, a vos que tantos gustos me diste cuando era chico, darme con un gustito final?
Porque mientras duró la cosa, algunos gustos me diste, a eso no lo podemos negar. De lo que no estoy seguro ahora es si no eran también gustos de rebote.
Teníamos esa casa gigantesca en comparación a la casa de donde nosotros veníamos. Tres pisos contra uno, cuando uno es un chico es un gusto: más lugares para esconderse, habitación propia, todo tipo de recovecos. Me llevabas a la cancha, donde te emocionabas con la imagen del Che en rojo y blanco sobre las banderas atadas a los alambrados, me llevabas mandarinas, comprabas coca, y no me exigías que mirara el partido todo el tiempo. Y también estuvieron algunas buenas vacaciones en tu casa del dique, donde con los chicos llenábamos tachos completos con piñas, pescábamos
pejerreyes, explorábamos, y encontrábamos en la costa del lago cosas tan maravillosas como tanza y anzuelos viejos y herrumbrados. Todavía tengo por ahí una foto donde estamos los cuatro jugando al fútbol con la tranquera como arco. Y tengo también ese olor, el olor de la heladera a nafta, querosén o lo que fuera, qué voy a saber qué era a esa edad, y las pileteadas en el tanque australiano, cuando no se soportaba el calor. ¿Cuántos veranos fuimos? ¿Dos, tres, cuatro? Algunas cosas buenas me dejaste. De esas cosas que les gustan a los chicos, vos sabés. Como cuando me tomabas por debajo de los brazos y me usabas de elemento contundente para pegarles a mis hermanos, eran divertidas esas cosas.
Pero también estaba lo otro, claro, no nos podemos olvidar de eso.
Desde obligarnos a dormir la siesta, a no hacer ruido, a acostarnos temprano, hasta las peleas con mamá. Porque de que te gustaba el whisky, los burros, las minas y las apuestas me enteré mucho después. Pero las peleas, los insultos y los golpes a mi mamá los viví.
La memoria, que siempre cuidó mi salud mental, se encargó de esconder muy bien la mayor cantidad de sucesos posible, pero con algunos no pudo. Es que con algunos no se puede.
Ingrata y cretina son dos insultos que me quedaron de aquella época. Cada vez que las escucho ahora, me suenan a palabras setentistas, de la infancia, e inevitablemente las asocio a vos, a mi mamá y a gritos. Mamá ingrata, mamá cretina. Qué culpa tienen las pobres palabras después de todo, de que vos las hayas elegido.
De la vez que mi hermano tuvo que intervenir para que no la mataras a trompadas también me acuerdo más o menos bien. Y de la vez que la empujaste por la escalera también, porque la recibí yo abajo, cuando me topé por primera vez con mis siete, nueve, diez años, con el cuerpo de una persona desmayada. Fue muy extraño, no sabía si estaba dormida, viva o muerta, la situación, el tiempo, los movimientos, todo tenía el color de un ensueño, de un trance.
Después me enteré que tu primera mujer se había suicidado tomando veneno para ratas, porque de esas cosas no se entera uno cuando es chico.
Hace poco también, y de casualidad, me encontré con algunas de mis libretas de la escuela primaria. Libretas y cuadernos de comunicados de tapas celestes. Y vi que todas las notas aparecían firmadas por mi mamá o por mi hermano mayor. Y pensé, por pensar nomás, que si ni siquiera para hacerse cargo de eso sirve un padrastro, entonces para qué.
Pongamos las cosas en claro: lo que le hayas hecho a ella es culpa tuya y de ella, ustedes se eligieron; ahora lo que no comprendo es cómo puede uno borrarse completamente de la vida de un niño.
A ver, a mi papá original lo seguí viendo, desde mis tres años, por lo menos los fines de semana, hasta que murió.
A vos, padre adquirido, te viví, te escuché y te saludé todos los días desde los tres como hasta los nueves, diez, once años, no sé, y después, cuando se pudrió todo, la nada absoluta, ni una carta, ni una llamada de compromiso para un cumpleaños, nada de nada. Ya pedirte que me hubieras saludado para el nacimiento de mis hijos, o que hubieras intentado conocerlos, hasta a mí me parece demasiado.
Los que tenemos hermanos de distintos padres, sabemos que la convivencia es fundamental para la creación de una relación de afecto real. Si eso les pasa a los hermanos, a los hijos, suponía yo que lo mismo les pasaría a los padres, pero tu caso termina con mi teoría, porque si es por convivir, conviví más tiempo con vos que con mi papá original, y, alejado de los dos, cada uno a su tiempo, recibí mucho menos de tu parte que de la de él.
Y si te digo que me dieron ganas de verte, aunque fuera ahora, cuando me enteré, es porque sea como sea en esos años te convertiste en algo para mí. Pero no, ni así, ni en el velorio quisiste que te viera yo ni nadie. Voy a terminar pensando que en realidad nunca me quisiste, je.
Porque en el fondo me moviliza, como niño grande crecido a su pesar, como un aspirante a aquel niño del tambor, el derecho irrefutable que tienen los niños a ser queridos. Pero tampoco puedo ignorar que si bien parte del aprecio se construye, no se puede obligar a nadie a querer a nadie y a pesar de mi egocentrismo actual, también cabe la posibilidad de que yo no haya sido un niño querible, simpático, talentoso o lleno de virtudes, o –porque también existe la afinidad– de que nuestras personalidad no hayan sido compatibles, y hasta la posibilidad de que directamente no te llevaras bien con los niños, ni propios ni ajenos.
Pero  en realidad no importa, de verdad no importa tanto eso a esta altura. Hoy me importa la despedida.
A veces sólo con la comparación se gana claridad.
Cuando murió mi suegro, con quien me unía una relación de admiración y respeto fraternal, en la ceremonia de arrojar sus cenizas a la ladera de una montaña se nos apareció un águila que nos sobrevoló como la mejor alegoría poética que nadie hubiera podido pintar sobre una despedida.
Mi papá original, después de morir, vino a despedirse de mí en un sueño de manera franca y real: se apareció en un espacio blanco indefinible, los dos estábamos ahí, caminó hacia mí envuelto en un profundo silencio, me abrazó como nunca lo había hecho en vida y siguió viaje.
Vos, ni eso pudiste. O ni eso quisiste. Ni siquiera un mísero velorio, Oscar. Ni siquiera te fuiste en serio.


Un cenicero de bronce

A veces me ataca una imagen. Un cenicero de bronce repleto de colillas de cigarrillos Parliament retorcidas, con marcas de lápiz labial fucsia. Eso es casi una figura materna para mí. Noches enteras jugando a la canasta los dos.
Yo era casi un adolescente. Debo haber tenido trece o catorce años, a lo sumo quince. Y el cenicero se vaciaba y se volvía a llenar de puchos. Sonó el teléfono. Atendió mi madre. Era para mí. Miré extrañado. Ella también. Casi nunca recibía llamadas en la semana y menos un fin de semana. Siempre quise que me llamaran o que me visitaran, pero debo admitir que no era muy popular. Era una noche de sábado. Atendí. Un amigo de la secundaria. Me preguntó qué estaba haciendo y qué pensaba hacer. No eran cosas que yo me preguntara habitualmente. Nada, contesté. Me invitaba a salir. Con dos amigas. El chico no era exactamente un amigo. Era un gordito con unos anteojos tremendos, con un nombre muy extraño que no puedo descifrar. A veces mis recuerdos son como esas colillas, retorcidos en distintos rincones de mi cerebro. Me decía que fuera a su casa y que de ahí saldríamos para algún lado, que le prestaban el auto y todo. Éramos compañeros, pero no compartíamos banco ni muchas horas juntos. Conocía su casa, era enorme, con un gran parque y pileta y quedaba en el otro costado de la ciudad. Dudé. Por un momento no supe qué contestar. Yo nunca había salido con él. En realidad nunca salía con amigos. Ni con chicas, todavía. Lo hice esperar en el teléfono mientras me daba vuelta para preguntarle a mi madre. No sé si tuve la precaución de tapar el tubo con la mano para que no se escuchara mi voz mientras preguntaba. Mi madre me miró sorprendida. Me preguntó quién era el chico, no se acordaba de él. Le expliqué. Me preguntó hacia dónde iríamos. Le dije que no sabía, que por ahí. Insistió en conocer el destino. El gordito esperaba del otro lado del teléfono y todo se extendía demasiado. Me volví hacia el teléfono y le pedí precisiones. Un bar cerca de su casa, me dijo. Vamos a ir a una lomitería, le dije a mi madre. Bueno, me dijo, está bien. Estaba tan sorprendida de la situación como yo. Aunque no estoy seguro de que haya sido exactamente eso lo que transmitía su expresión. Nadie aprieta así las mandíbulas por una sorpresa. Le confirmé mi “sí” al gordito. Te esperamos, me dijo. Fui a mi habitación a vestirme más apropiadamente para la ocasión. Probé distintas camisas, pantalones y zapatos. Terminé poniéndome una camisa de mi hermano mayor. No sé por qué uno cree que poniéndose las cosas de los hermanos mayores se vuelve como cree que son ellos, más grandes y seguros. Como los que comían el corazón de sus víctimas para adquirir sus fuerzas. Mientras estaba frente al espejo, volvió a sonar el teléfono. Subí corriendo a atender. Mi madre jugaba un solitario, mirando algo en la televisión. Era nuevamente el gordito. Creo que el nombre empezaba con O. No vamos a poder salir, me dijo, se suspende. No supe qué contestar. Me dio alguna fundamentación vaga, que las chicas no podían o que él se tenía que quedar a cuidar a su hermanita. No importa, dije, no hay problema. Nos despedimos. Un instante antes de colgar, me pareció escuchar risas detrás de su voz.


Coco

Tiene cerca de sesenta años. Le dicen Coco. Nadie sabe cuál es su nombre de verdad. No está ni estuvo casado. No tiene hijos. No tiene pareja. Vive con su madre octogenaria en una casa olvidada de un barrio periférico. Pasa todo el día, todos los días, encerrado en su habitación. Encerrado significa encerrado, con la puerta bajo llave y la ventana que da al patio con los postigos cerrados. Su compañía entre esas cuatro paredes son algunas telarañas grandes y pesadas en las esquinas del techo y las extrañas formas que van tomando las manchas de humedad. No tiene televisor, radio, libros ni revistas. Cada mediodía la madre golpea la puerta de la habitación y le acerca la comida. Coco la acepta y vuelve a cerrar la puerta. Por nada del mundo come arvejas. Durante un tiempo trabajó en la fábrica Fiat, hasta que lo despidieron. Con eso le compraba juguetes a sus sobrinos, autitos, pistas de carrera. Es tartamudo. La piel, tan lejos del sol como Coco del amor, es blanco lechosa. Versión posmoderna masculina de una blancanieves suburbana. Su estatura es normal, promedio, pero parece más alto a causa de su flacura. Es del tipo de los delgados con vientre prominente. Uno de sus ojos es notablemente más pequeño que el otro.
La estrechez o la eternidad de sus días (imposible conocer su interpretación de las horas) se quiebra cada domingo. Coco tiene una actividad, casi un ritual.
Cada domingo, después de desayunar, va al club del barrio. Atraviesa con pereza las cinco cuadras. Sus pasos son largos, pero los movimientos son lentos. Es como si caminara bajo el agua; cuando gira la cabeza, cuando levanta un brazo, cuando apoya un pie, el tiempo se retuerce inquieto. Lleva ropa de los años setenta, camisa de cuello ancho, pantalones angostos, ajustados, un rosario de plástico al cuello. El club es un galpón inmenso, un tinglado, con piso de tierra y mesas y sillas de plástico desperdigadas sin orden. En las paredes hay afiches amarillentos de los cuadros de fútbol locales, de distintas épocas. Al mediodía venden empanadas. Coco llega y sus compañeros de domingo están ocupando una de las mesas, jugando al truco. Podrían estar afuera, en el patio ensombrecido por enormes paraísos, jugando a las bochas; son las dos únicas actividades que dan vida al club el fin de semana. Algunos niños corretean pateando una pelota de plástico a rayas celestes y amarillas, levantando polvo. Por los parlantes destartalados suena a los gritos la voz de un locutor de radio que no se enteró de que lo que tiene enfrente es un micrófono. Coco acerca una silla más a la mesa, saluda y pide un vaso de vino tinto. Apuesto a que a todos nos gustaría ocupar cinco o diez minutos una de esas sillas para saber de qué habla cuando habla, tartamudeando su letargo.


Frustraciones

Roberto Carlos Ultrero, muerto ya hace diez años de un fulminante cáncer de próstata, soñó que un hombre lo tiraba al piso y, con una cuarenta y cinco presionándole la sien, le pedía toda la plata que tuviera encima.
–          Matame –le dijo Roberto–; de todos modos ya estoy muerto y no se puede morir dos veces, así que no creo que pase nada.
El hombre se rió nervioso y presionó aún más el arma sobre la sien de Roberto.
–          Dale nene, dispará o sacame el fierro este de la cabeza, que me hace doler, dijo Roberto.
–          ¿Y cómo te duele si ya estás muerto?, le preguntó el hombre.
–          Me duele porque esto es un sueño, y un sueño puede ser tan real como cualquier recuerdo.
El tipo se limpió la traspiración de la frente con la manga de la camisa y como no entendió muy bien lo que dijo Roberto, amartilló el arma.
–          Dame la plata que tengas encima –repitió.
Roberto, por toda respuesta, resopló como los caballos y en un descuido del hombre, tomó la mano que tenía el arma y comenzaron a forcejear por su posesión. Rodaron por el piso varias veces, se mordieron brazos y orejas y sonó un disparo.
La bala se hundió en el pecho del hombre, que murió en el acto.
Tres noches después, el hombre soñó que nacía, y se despertó sobresaltado.
Lloró desesperadamente, hasta que una enfermera lo vistió y lo calmó. Instantes más tarde, lo colocaron sobre el regazo de su madre, quien por primera vez le dio el pecho. Por lo menos era la primera vez desde que tenía memoria que recordaba que alguien le diera el pecho. Después de atragantarse con leche calentita y llena de todas las proteínas necesarias, se durmió profundamente. Soñó nada, porque con sólo unos minutos de vida, carecía de la materia inconsciente necesaria y de recuerdos de situaciones vistas o pensadas o vividas para soñar. Quizás sólo pudo soñar con el momento del parto o con las manos de la enfermera o con la teta de su madre, pero ni eso soñó, quizá por inexperiencia. Entonces su madre, enternecida, le prestó un sueño. Y el hombre, recién vivido, soñó que la casa de la madre de su madre se llenaba de agua hasta la altura de las mesas, y un perro entraba nadando estilo crol, con distinguidas brazadas. Y una mujer desconocida le alcanzaba una toalla, que al tocar el agua la absorbió toda, transformándose en una gran burbuja de agua que se fue rodando hacia arriba, hacia el cielo, hasta transformarse en luna. Hasta el día de hoy, el miedo más secreto del hombre es que a alguna persona un día se le ocurra estrujar la luna y la humanidad entera muera en la más feroz inundación. Por eso trabaja secretamente con un grupo de gente que se junta los miércoles a poner mano en la confección de una toalla de enormes proporciones. Ya llevan fabricada una superficie como para cubrir a medio Brasil. Para esto tuvieron que desarrollar un ingenioso sistema de ocultamiento toallar. Una de las personas del grupo, con conocimientos de ingeniería, compró palas para la mitad de los integrantes; mientras una mitad cose toallas, la otra mitad cava una superficie tubular, por donde luego van empujando, enrollada, la gran toalla. La tierra que han ido sacando del túnel, ha sido soltada de a poco, a lo distraído, en distintos lugares de la ciudad, que hoy se ha convertido en una formación montañosa en la que la gente común prefiere no vivir por el escaso lugar que ha quedado en las calles para manejarse en sus automóviles particulares. Uno de los últimos en irse de la ciudad fue el diario La Bella Margutta, que en su última edición, en la página destinada a policiales, cronicaba la sorprendente muerte de un hombre a causa de un acceso de tos mientras dormía. Alicio Contreras había estado soñando que comía pescado y se atragantaba con una espina, de la que desgraciadamente no se pudo desprender por más que tosiera y tosiera. A los diez días de muerto, Alicio cruzó su sueño con el sueño de un japonés que en ese instante estaba soñando también con una pelota de vidrio; esto los unió para siempre en ese terreno. Días más tarde, Alicio y el japonés cruzaron sus sueños con el sueño del hombre que en ese momento soñaba con jabones de lavanda. Esto los unió, y mientras soñaban que los jabones aprendían a hablar inglés sin inconvenientes, fueron interceptados por Roberto, que venía de declarar a la policía que un hombre lo había querido matar otra vez para sacarle toda la plata que tenía encima. Cuando Roberto vio al hombre lo sintió conocido, como de alguna vida o muerte anterior, pero por timidez no se lo dijo. La policía había tomado por loco a Roberto, queriéndolo dejar detenido porque ninguna de las partes que presentaba su relato contenía una lógica formal y eso atentaba contra cualquier mente organizada u organización mentada. Roberto maniató a los policías con dos ristras de ajo y se fue riendo hasta la esquina de Rocha y Dardo, donde estaban el hombre y el japonés. Fue entonces cuando el japonés se decidió por fin a contarles a sus amigos sus planes de ser el conquistador del universo del pasado. La fórmula era muy simple: sólo tenía que conseguir soñar que alguna vez había conquistado el universo, y despertarse. Al despertarse y poder contar que había soñado eso, ese sueño alcanzaría carácter de un recuerdo, como cuando uno puede contar a alguien cualquier cosa que recuerde de su pasado. Al quedar empatado sueño con recuerdo, y al ser los dos partes del pasado y no estar registrados más que en el inconsciente del japonés, nadie podría decir que eso no era real.
Dispuesto a cumplir sus maléficos fines, el japonés se acostó en una cama marinera y se durmió en el acto.
Pero por error soñó que estaba despierto, en el patio de la escuela primaria a la que había asistido desde los seis hasta los doce años; la escuela estaba completamente vacía y él estaba en el centro del patio, intentando armar un rompecabezas con la figura de una casa típica en un paisaje de los Alpes Suizos.
Ya había armado el marco, que era todo cielo arriba y todo verde abajo, con segmentos de árboles a los costados. La parte del cielo ocupaba una superficie importante y no tenía nubes, por lo que le demandó demasiado tiempo, ya que la única diferencia entre las decenas de pedacitos celestes que había era el contorno de las fichas. Una vez completo el cielo, se dedicó a la casa, protagonista del rompecabezas, plagada de detalles, todos parecidos y distintos. Terminó de armar la casa y maravillado por la exquisitez de la decoración, aprovechando que la puerta estaba abierta, entró en ella para fisgonear su interior; con tan mala suerte que mientras él estaba ya por la cocina, contemplando ollas de bronce y cucharas de madera, un niño, que había estado observándolo escondido todo el tiempo detrás de una columna del patio de la escuela, fue hacia el rompecabezas y con esa malicia angelical que tienen algunos niños, lo desarmó, se metió todas las piezas en un bolsillo y emprendió el camino de vuelta a su casa, arrojando las piezas una por una a la calle, en distintas direcciones, mientras una sonrisa de hielo le torcía los labios.


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