viernes, 18 de agosto de 2017

Eliseo Monteros

 Nació en la ciudad de Córdoba en 1977. Estudió bibliotecología en la Universidad Nacional de Córdoba y se ha desempeñado en distintas bibliotecas de su ciudad natal. Desde hace varios años se dedica también a escribir. Entre sus obras figuran un Diccionario biográfico de bibliotecarios y bibliotecólogos (2008), los volúmenes de cuentos Antes de volver a empezar (2005) y La última aventura (2014), la novela corta Viaje de vacaciones (2015) y el libro de ensayos Un lector agradecido (2017).
Obtuvo la 5ª. Mención en Narrativa en Certamen Nacional «Arco Iris de Palabras» por el cuento «El hombre que pensaba demasiado» (2002); 3º. Premio (compartido) en la categoría adultos del III Concurso de Microrrelatos «Universos Mínimos», por el microrrelato «La desaparición» (2016). 


                                                                                         Mail: eliseo-monteros@hotmail.com
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Del libro La última aventura

Cuentos. Córdoba: Ediciones del Boulevard, 2014.

Mensajes

Su tía Karina de Santa Fe le envió la fotografía por correo electrónico. De la imagen original, que sin duda mostraba a un grupo de compañeros de trabajo, habían seleccionado la parte en la que aparecía Silvina. Se veía ahí a una mujer de unos veintiocho años, delgada, de cabello y ojos castaños. Una mirada dulce y una sonrisa sincera completaban el cuadro; su mano izquierda estaba apoyada sobre el brazo de una compañera y un chal de tonos suaves cubría su cuello.
Por muy poco apropiado que le pareciera conocer a alguien de esa forma, a Gastón le agradó, en términos generales, lo que vio. Y aunque era un tanto extraño escribirle a una persona de la que sólo conocía una foto y algunas referencias, se dijo que ya estaba metido en el asunto y que, si no lo hacía, siempre tendría la duda sobre qué hubiera pasado de haberle escrito. Cinco días después, cuando terminó de decidirse, le contó que era profesor de literatura y que además escribía, agregando que últimamente tenía algo descuidada esta actividad —que era una forma elegante de decir que se encontraba bloqueado—. Le habló además sobre su segundo libro, publicado algunos meses atrás, y le dijo que esperaba conocer también algo sobre ella.
Ella respondió también cinco días después, cuando él empezaba a creer que no respondería. En un tono muy amable le explicaba que no había podido escribirle antes por falta de tiempo; trabajaba como psicopedagoga y ese año había empezado además la carrera de psicología. Lo felicitaba por el libro y le contaba —lo cual le pareció a él una inesperada muestra de confianza— que había estado pasando por algunos momentos difíciles, pero que era «cuestión de seguir adelante».
Este comienzo, que podía ser considerado como auspicioso, despertó en Gastón cierto entusiasmo, aunque le resultó menos evidente lo que debía escribir en un segundo mensaje. En éste le dijo que él tampoco había estado pasando precisamente por una gran etapa y, ya que ella había sido franca con él, trató de darle aliento. Le envió también algunas fotos.

Por alguna razón, después de aquel primer contacto transcurrió algo más de una semana sin que se comunicaran y Gastón se concentró en sus actividades cotidianas. Se encontraba trabajando en un relato cuando se enteró por su tía de que Silvina se había mostrado extrañada de que no hubiera vuelto a escribirle: «¡No me escribió más!», había dicho en tono de reproche. Comenzó así una nueva etapa de comunicación a través del e-mail. Él se esforzaba en mostrarse tan interesante como se lo permitía su vida un tanto monótona, pero las respuestas llegaban días después o no llegaban.
En ese momento apareció —reapareció— Ingrid, una joven que había conocido tiempo atrás y con la que había tenido encuentros y desencuentros. Ingrid le había atraído en aquella época por su gracia y simpatía, aunque siempre se había alejado de ella por razones misteriosas o injustas. Eso fue también lo que sucedió ahora, porque, cuando estaba considerando otra vez un acercamiento a Ingrid, recibió un nuevo mensaje de Silvina. Le decía en él que había leído su libro y que le había parecido muy bueno.
En otro mail le decía Silvina que, para las vacaciones de julio, tal vez viajaría con una amiga a otra provincia, y que si esa provincia era Córdoba podían verse. Pero poco después explicó que se hallaba enferma, tenía una especie de gripe de la que no podía curarse, y así fue como empezó a dudar de viajar. Cuando llegaron las vacaciones y Gastón comprobó que Silvina no se decidía, pensó que podía ser él quien viajara a Santa Fe. Aunque al comunicárselo no notó demasiado entusiasmo, de todos modos resolvió hacerlo, creyendo que debía agotar todas las posibilidades.
El final del viaje fue un tanto accidentado: a las siete de la mañana se pinchó un neumático del ómnibus en el que viajaba y tuvo que esperar casi dos horas hasta que llegó el vehículo de reemplazo. Esa misma mañana, ya en casa de su tía, llamó por teléfono a Silvina y escuchó por primera vez su voz, que le resultó muy distinta de la que había imaginado, menos dulce y como si fuera de una persona de más edad. Por lo demás, la conversación fue agradable y, a pesar de que Silvina manifestó que seguía enferma, quedaron en que ella iría al día siguiente a la casa de su tía. «¡Sos famoso!», le dijo ella en cierto momento, porque había buscado su nombre en Internet y había visto algunas páginas que hablaban de los libros que había publicado. Aunque el calificativo le pareció exagerado, él no creyó oportuno refutar esa especie de halago.
Al día siguiente Silvina terminó llegando hacia la hora del almuerzo. La conversación giró en torno al trabajo en común de Silvina y Karina —eran compañeras— y, cuando terminaron de almorzar, Gastón y Silvina continuaron charlando algunos minutos, hasta que decidieron salir a caminar. Como ninguno de los dos conocía la zona, fueron casi en línea recta hasta una especie de centro comercial y entraron a un café. Allí continuaron hablando, especialmente sobre algunas cosas que ella ya le 1había mencionado antes: la repentina muerte de su madre, pocos años atrás; el alejamiento de una querida amiga, de la que nunca había vuelto a saber; el fracaso en su último noviazgo, que había terminado porque su novio se había enamorado de otra mujer.
Gastón intentó darle palabras de aliento, pero tuvo la sensación de que sus palabras sonaban huecas, como si ella las escuchara sin que llegaran a su corazón o como si él mismo no sintiera lo que estaba diciendo. Hablaban de estas cosas cuando ella dijo que se sentía incómoda porque los empleados no dejaban de observarlos. A esto contribuía probablemente el hecho de que eran casi los únicos en el café, aunque Gastón, absorto en la conversación, ni siquiera lo había notado.
«¿Vamos?», dijo ella de repente.
Serían algo más de las cinco de la tarde de ese límpido día de julio cuando llegaron a la parada del ómnibus que debía llevarla a su casa. Éste llegó a los pocos minutos y se despidieron cordialmente, prometiendo continuar comunicándose. Por la noche, sin embargo, cuando Gastón repasaba los momentos que había vivido con Silvina en ese día, no podía evitar sentir una persistente intranquilidad, que parecía provenir de la sensación de que ella le había agradado y de la inseguridad acerca de cuán interesada estaría ella en él.

Después de su regreso a Córdoba continuaron comunicándose, generalmente por teléfono, pero muchas veces no la encontraba. A veces lo atendía su padre, que no parecía estar ni a favor ni en contra de la relación, y otras su hermano, que se mostraba directamente hostil. Aún así, cuando la encontraba parecía que las cosas iban bien, porque Silvina siempre se mostraba amable.
Cierto día él volvió a sugerirle que podían verse, en este caso durante un fin de semana largo en el que podía viajar a Santa Fe. Al notar las vacilaciones de ella, Gastón mismo expresó sus dudas por una relación de ese tipo, a la distancia. Ella se quedó callada y de inmediato él se dio cuenta de que había cometido un error; luego quiso atenuar la fuerza de su última frase pero ya no fue posible.
A partir de ese día Silvina se mostró más distante y Gastón se dijo que lo más conveniente era hablar claramente con ella. En la primera ocasión que tuvo, le expresó lo que sentía sobre la relación y la sensación que tenía de que a ella no le interesaba demasiado. Ella respondió que lo que le había sucedido antes era todavía muy reciente, que no estaba preparada. Él le preguntó entonces si pensaba que era cuestión de tiempo, pero ella no quiso asegurarle nada. Pareció claro que Silvina no quería estar de novia, pero después, por algo que insinuó, fue casi evidente que había iniciado una relación con otro. También fue evidente que, aunque él insistiera, ella no cambiaría de opinión.

Con el transcurso de los días llegaron las inevitables reflexiones, los razonamientos, las justificaciones; también, las cuestiones que no tenían explicación. De todo ese cúmulo de meditaciones, lo único que Gastón vio con claridad fue que no debía volver a buscarla más.
Tal vez cambiando de opinión, ella le escribió en otras dos ocasiones: cierta vez para advertirle sobre un mensaje de e-mail que se había enviado en forma automática desde su cuenta y que temía que incluyera un virus y, más adelante, para saludarlo para Navidad. Él respondió en ambos casos, amablemente pero sin entusiasmo.
Cada tanto recibía alguna noticia de Silvina de parte de su tía, pero después las noticias empezaron a hacerse menos frecuentes. Poco a poco fue sumergiéndose en sus actividades, en sus responsabilidades, hasta que ella no fue más que el recuerdo de un intento más, de una mera tentativa.


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Del libro Un lector agradecido

Ensayos. Córdoba: Tinta Libre, 2017.

Dos pequeños enigmas

─¡Qué gran libro podría hacerse, señor Ciro, con lo que se sabe!
─Otro mucho mayor todavía se haría con lo que no se sabe ─respondió Ciro Smith.
Jules Verne, La isla misteriosa (1874-75)

Si tuviéramos que hacer una clasificación de los enigmas o misterios culturales —por llamarlos de alguna forma—, podríamos dividirlos en grandes y pequeños. En la categoría de grandes enigmas podría colocarse, por ejemplo, el origen de los gitanos o el modo en que se construyeron las pirámides de Egipto. Hasta donde sé, sobre estos temas existen distintas especulaciones, pero ninguna certeza.[1] Son misterios tan populares que, por eso mismo, han perdido tal vez cierto interés.
Por otra parte, existe cierto tipo de enigmas que surgen principalmente de la lectura, y con respecto a los cuales bastaría quizá una investigación más o menos minuciosa para que desaparecieran. Sin embargo, por no ser algo que necesitamos resolver de forma acuciante, o por simple pereza, muchas veces se mantienen en nuestra mente en forma de misterios. Recuerdo en este momento dos de esos misterios menores.
El primero de ellos surgió hace ya muchos años. Leía un libro de ensayos de Robert L. Stevenson y, en uno de estos, el autor daba un ejemplo para esclarecer una idea. Decía Stevenson que se le había preguntado a George Meredith, en su lecho de muerte, a quién representaba el protagonista de El egoísta; y que Meredith había respondido: «El egoísta somos todos». Algo me pareció extraño en esa historia, pero no en la historia en sí, sino porque tuve la sospecha de un dato anacrónico.
Busqué la fecha de muerte de Meredith y descubrí, en efecto, que había muerto en 1909, es decir, quince años después que Stevenson. Entonces, ¿cómo podía hablar Stevenson de la muerte de Meredith, si su propia muerte había sido anterior? ¿Es que la expresión «lecho de muerte» tenía otra acepción, distinta a la que se refiere al momento en que fallece una persona? ¿Pensaba Stevenson, al momento de escribir el ensayo, que su colega había muerto ya?
El segundo enigma se relaciona con dos pinturas de Leonardo da Vinci. La dama del armiño (1485-90) es un retrato de la joven Cecilia Gallerani, amante de Ludovico Sforza. Desde un punto de vista compositivo, en este cuadro se observa una rotación de los volúmenes que establece una estructura helicoidal. Este recurso está dado por la oposición entre el tronco y el giro de la cabeza, lo que da al retrato una sensación de movimiento que, a su vez, parece reforzado por la mirada de la joven hacia un punto lejano.
La Belle Ferronière (1490-95), por su parte, fue el nombre que se le dio a otra pintura de Leonardo, si bien algunos críticos niegan al pintor la paternidad de esta obra. Al parecer, el título de la pintura es incorrecto, ya que la mujer retratada sería en realidad Lucrezia Crivelli, amante asimismo de Ludovico Sforza. También en este retrato se observa un efecto rotatorio —aunque menos pronunciado que en La dama del armiño—, determinado por un suave giro de cabeza y una sugestiva mirada que evita la del espectador.
Hasta aquí no parece haber ninguna cuestión enigmática, más allá del nombre erróneo de la segunda pintura. El enigma aparece, sin embargo, cuando volvemos a observar el retrato titulado La dama del armiño. Si nos fijamos con detenimiento en el ángulo superior izquierdo, notaremos una inscripción un poco borrosa en la que puede leerse: "LA BELE FERONIERE. LEONARD DAWINCI"; es decir, el título que se da comúnmente al otro cuadro. La grafía es algo distinta a la de los nombres con los que hoy se conoce tanto a la pintura La Belle Ferronière como al artista, y es posible que la inscripción haya sido agregada por otra persona, pero eso no explica por qué lleva el nombre que en teoría le corresponde a la otra pintura.
Y así termino la exposición de estas cuestiones. Nunca me tomé el trabajo de intentar resolverlas, pero por el mismo hecho de ser misterios susceptibles de resolución, continúan produciéndome cierta curiosidad. Mientras tanto, mantienen su propio encanto en forma de pequeños enigmas.

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[1] Posteriormente a la redacción de este ensayo, descubrí en la web varios artículos en los que se asegura que el misterio de la construcción de las pirámides ha sido esclarecido. Según científicos de la Universidad de Ámsterdam, para transportar los bloques se utilizaba una losa a la que se ataba una cuerda, arrastrándola por zonas en las que se había humedecido la arena para permitir un mejor deslizamiento. De todos modos, el ejemplo sirve para ilustrar el texto.

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